Domingo 30 de marzo de 2008
Santiago-Buenos Aires, tres días viajando en bus con una de las barras más peligrosas de Chile:
72 horas viviendo al límite con la "Garra Blanca"

Álvaro Farías R.
Desde el bus de la Garra Blanca

La barra se rompe la garganta en el último piso de la empinada Bombonera, y abajo los jugadores ni nos escuchan. Se ven tan pequeños, que parece absurdo todo el sacrificio de unos mil chilenos -que viven con poco más del sueldo mínimo- para viajar. Cantan y apenas se oyen. Penoso.

-Vamos rucio, avíspate, si tenís que hacerlo con el corazón, nos vinimos en el bus del aguante -me dice el "Pesadilla", al recordar todo lo que sufrimos por llegar al bendito estadio.

"Pesadilla" es el líder de mi bus, y según dicen, está rehabilitado. Tiene cara de no saber muy bien lo que hace, pero trata de sacar el viaje adelante. A diferencia de él, algunos no están rehabilitados y con mucha suerte llegarán. Con papeles manchados y sin dinero, cualquier cosa puede pasar.

Son más de tres mil kilómetros que hay que recorrer.

Todo por ver al Colo frente a Boca Juniors. El jueves.

A juntar plata: 1 millón 900 mil pesos

Todos ya se fueron y nosotros estamos ahí: tirados en la puerta del Estadio Monumental, pidiéndoles dinero a los jugadores y al cuerpo técnico para juntar el millón novecientos mil pesos que hay que pagar al dueño del bus que nos llevará a Buenos Aires. Casi todos se ponen.

Como soy nuevo y no aboné antes, me quedé en el bus de los rezagados, los más desordenados y pobres de la Garra Blanca. Los que nunca se sabe si llegarán, pero que, según dicen, están dispuestos a dar la vida por el "eterno campeón". Se supone que a las ocho de la mañana partiríamos, pero ya son las tres de la tarde y todavía estamos ahí, "macheteando".

El primer desafío es conseguir un chofer que se atreva a trabajar para nosotros. Para eso, el experto es "Nelson Mauri", un garrero con pinta de modelo maltratado por la vida, quien conoce a los valientes pilotos. Pero como nada es simple en la vida del garrero, el bus no tiene permiso para viajar fuera de Chile con pasajeros. Así, hay que juntar $40 mil para "acelerar" el proceso, que requiere cinco días en la municipalidad correspondiente.

Ya tenemos un millón, y entre cincuenta personas que quedamos en las afueras del estadio recaudamos los novecientos mil pesos que faltan. "Pesadilla" anda con el dinero en una bolsa de plástico. Les muestra la bolsa a todos los que se le cruzan y asegura que no escapará a comprar pasta base. Pero de todas formas, seguimos atentos cada movimiento.

Finalmente no juntamos la cantidad necesaria, pero "Pesadilla" convence al chofer de que en Buenos Aires, cuando esté toda la barra en el Obelisco, tendrán los quinientos mil pesos que faltan.

Hay que subirse al bus hasta por las ventanas antes de que el chofer se arrepienta. Partimos cinco horas después que la caravana de cuatro buses liderada por el "Kunta", el garrero que hace unos años quedó parapléjico luego de una riña con hinchas de la Universidad de Chile en plena carretera.

Todos abajo, manos en la pared

El bus no lleva ni dos kilómetros andando cuando en un semáforo a todos les da sed. Así que se bajan. Según se jactan, estamos a pasos de un sector llamado el "14 de la fama": el indicado para ir a comprar droga.

Sin polera y gritando por el equipo, un grupo se pierde de vista. Pasan cinco minutos y vuelven corriendo, tan rápido como si quedase sólo una entrada para ver el partido de sus vidas. El bus echa a andar el motor rápidamente, se mueve la mitad de la rueda y aparece una patrulla de carabineros. Al instante, una señora corre moviendo los brazos, desesperada, indicando nuestro bus, ¡mi bus!, el bus del aguante. Se encienden las balizas y, en una imagen que ya se quisieran en un comercial de Carabineros, en diez segundos llega un retén móvil con tres patrullas más. Increíble.

Nos bajan a todos del bus. Manos a la pared, y sin saberlo, me acabo de bautizar de garrero. "Buscan al Feto", me dice el "Almeja", un barrista de 28 años que parece tener 50 o más. Nos tienen mirando la pared, con la cabeza abajo y piernas abiertas en plena calle.

El "Feto", por su cara de ser humano en gestación, se había cambiado de ropa en el bus. Ahora nos ponen en el suelo. Ahí me entero de que se robó una cerveza y dos paquetes de cigarrillos. También unas monedas. La señora lo identifica, lo suben al retén móvil, se lo llevan, sus amigos se ponen tristes, pero ni siquiera se cuestionan quedarse en Santiago y se apropian de su mochila.

Así termina la primera "parada", pero todavía queda más de la mitad del recorrido.

El bus convertido en ring

Para un barrista, cada viaje es como una medalla de honor. Mientras más tengas a cuesta y más lejos hayas ido, más respeto tendrás en la barra. El "Mota" es un moreno de un metro y 55 centímetros de estatura y ha viajado por todo Chile. Es tranquilo, no anda buscando pelea, se sabe las canciones, parece garrero malo, pero es inofensivo. Junto con unos diez que van en el bus, tratan de mantener todo en orden. De hecho, la mayoría quiere llegar rápido, hacer barra a su equipo y volver tranquilo.

Después del episodio con la policía, todo el bus queda en silencio un buen rato. Hasta que en la parte de adelante dos se ponen a pelear por quién ha viajado más. El bus se transforma en un ring.

-¿Cómo que nunca me veís en el estadio, sapo...? -le dice al "Rucio" el "Talibán", un flaco que usa la tenida de entrenamiento de Colo Colo.

Y se largan a pelear. Empujones y combos van por todos lados. Como estamos de viaje al extranjero, al parecer nadie va con cuchillas, por suerte. "Pesadilla" agarra al "Talibán". El "Rucio" se va para atrás. Todo el mundo grita y el chofer maneja. El "Talibán" quiere solucionar, en su lenguaje, la situación. Tira combos para atrás, sobrepasa al "Pesadilla". Salta y gatea por los asientos para llegar a su víctima. Pasa por arriba mío y me llega una patada. Agarra al "Rucio", que mide más que él, lo empuja y dice que en Argentina van a arreglar cuentas.

Aduana a la vista

Todavía no cruzamos la frontera y se viene la prueba de fuego para muchos.

Paramos unos kilómetros antes del control. Hay que "limpiar" el bus. Todos se toman y fuman lo que necesita su mente. Nada de drogas ilícitas hasta llegar a la capital che.

Creo ser uno de los pocos con la seguridad de poder cruzar la frontera sin problemas.

El "Chamelo" pasa con suerte los 18 años y tiene a cuestas un largo prontuario. De hecho, dice que no se sabe el nombre, y le advierte al chofer que tiene que parar antes del control para que él se baje y pueda cruzar la frontera caminando. El chofer detiene su máquina, el "Chamelo" se baja y no lo vemos hasta que lo tienen detenido en una oficina de Investigaciones. Nadie sabe su nombre, así que lo toman y lo meten a una patrulla que tarda menos de cinco minutos en llegar. Otro hombre que cae.

Mientras esperamos el timbre para la salida de Chile, el "Dinamita", que es de Curacaví y que tiene tatuada la insignia colocolina en el pecho, cruza los dedos para que no le aparezca un cargo pendiente. "Es que un loco me asaltó y me defendí no más; en mi pobla si no eres choro, te roban todos los días" cuenta mientras llega a transpirar de asustado. Pero pasa.

Cae otro. Tenía una orden de arraigo pendiente desde 2001. Y todos los demás se salvan. Incluso, uno de los "Suicidas" que acababa de salir de la cárcel por una condena de 15 años. Según la policía, del total de buses devolvieron a Santiago a diez barristas.

Tan cerca, pero tan lejos

El paro de campesinos en Argentina retrasa el viaje en por lo menos seis horas. En el pueblo de La Carlota, el bus tiene su primer encuentro con ellos.

Todos abajo y los campesinos invitan a todos los del bus a un asado mientras los tienen retenidos por la protesta. La mejor carne argentina, bebidas, vino, cerveza. Gratis y estirando las piernas. El "Rana" se toma fotos con todos los dirigentes del sector que protestan por las medidas de Cristina Kirchner, que afectan a un 40% de su producción. Otros aprovechan de enterarse del problema, otros sólo comen y otros sólo toman. De pronto, del bus se baja una mujer de la litera del chofer y nadie entiende nada. Ni cuando se subió, ni qué está haciendo ahí. Sólo el chofer sabe, y no admite preguntas. Es su máquina y puede hacer lo que se le antoje.

Luego del asado en La Carlota, para recuperar el tiempo perdido, el chofer decide no parar en 400 kilómetros. Justo, pero justo cuando un cartel informativo de la carretera marca que faltan sólo 20 kilómetros para Buenos Aires, se pinchan los neumáticos. El odómetro marca 120 y el pinchazo puede terminar en accidente. Tardan una media hora en cambiar la llanta absolutamente quemada.

-Esto es Colo Colo, un sentimiento inexplicable, pura pasión, mi vida, todo es este equipo que no lo dejo nunca -asegura un garrero que confiesa haber asaltado a alguien para conseguir la mitad del dinero para el pasaje y que no tiene ni un peso para el ticket.

Supuestamente, a la entrada nos estará esperando la barra de Chacaritas -la barra que, según la policía porteña, es la más peligrosa, agresiva y con más asesinatos en Argentina- para protegernos por si aparecen los de Boca.

Al final, la barra de Chacaritas nunca llega, y el chofer tiene la mala idea de entrar a la ciudad justo por donde está el estadio de River Plate. Es tanta la estupidez de la maniobra, que el respeto por él se acaba en ese mismo instante. Tanto, que amenaza inmediatamente con devolverse a Chile si no se le tiene el dinero adeudado en la noche.

Buenos Aires, querido

Uno de los líderes de la barra, "Pancho Malo", demuestra su nula influencia al no lograr que bajen en algo los precios. Cada peso duele y cuesta. Cada gol, una puñalada. Mientras se siente temblar La Bombonera, porque todo el estadio está saltando y el triunfo xeneize es inminente, los garreros de corazón, como se hacen llamar, no paran de gritar.

De poco sirve tanto sacrificio, si el equipo no gana. Las voces ya no dan más. Cuatro tantos contra tres.

-Yo, la plata no la uso para comer. Unas chelas y ver a mi equipo es lo único que me da alegría, lo único que me mantiene en el mundo -relata extasiado mientras me pide algunas monedas para la entrada.

Como nadie llega a buscar al "bus del aguante", los garreros tienen que buscar alojamiento o dormir en alguna plaza.

La mayoría duerme en la calle y los más afortunados encuentran piezas de tres por tres metros, a diez pesos argentinos, llenas de insectos, en las que se meten hasta seis garreros.

Para colmo, una vez en el Obelisco, "Pesadilla" informa que los otros buses todavía no llegan. El bus de los sufridos, y por el que nadie daba un cinco, había triunfado. Ya no importaba el resultado. Sin dinero, habían salido últimos y llegado primero.

Pura garra, puro aguante.

Con papeles manchados y sin dinero, cualquier cosa puede pasar. Son más de tres mil kilómetros que hay recorrer.

Juntan plata a las puertas del Monumental. Jugadores y técnicos "se ponen".

Necesitan $ 1 millón 900 mil para pagar el bus.

Nos bajan a todos. Manos a la pared. Después, al suelo. Sin saberlo, me acabo de bautizar de garrero. Buscan al "Feto".

Paramos unos kilómetros antes del control aduanero. Hay que "limpiar" el bus. Todos se toman y fuman lo que necesita su mente. Nada de drogas ilícitas hasta llegar a la capital che.

Según la policía, del total de buses contratados devolvieron a Santiago a diez barristas.

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Más apretados que en Transantiago Muchos tuvieron que entrar por las ventanas para no quedarse abajo del bus. La efervescencia y el fanatismo de los hinchas causó insólitas peleas al interior, donde todos recibieron más de un golpe propinado por
Más apretados que en Transantiago Muchos tuvieron que entrar por las ventanas para no quedarse abajo del bus. La efervescencia y el fanatismo de los hinchas causó insólitas peleas al interior, donde todos recibieron más de un golpe propinado por "El Rucio" o "El Talibán".
Foto:Alvaro Farías

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