Dublinesca Su última novela:
Vila-Matas y el funeral de la edición literaria

Desde Barcelona, el autor español revela las fuentes joyceanas de su más reciente novela, la primera que publica tras su partida de Anagrama, y cuyo protagonista es un editor retirado.  

Pedro Pablo Guerrero 

Samuel Riba es un editor ya maduro, embargado por un sentimiento de culpa hacia sus padres y casado con una mujer a punto de convertirse al budismo. Acosado por el insomnio y el temor a recaer en la dipsomanía, Riba pasa horas navegando en internet. Su vida social, alguna vez llena de invitaciones a congresos, lanzamientos y juergas, se ve reducida a su mínima expresión luego de que decidiera bajar la cortina del sello, a la espera de vender su patrimonio a una editorial extranjera. Desde entonces madura en Riba la sospecha de que ha desperdiciado su vida buscando al escritor genial que nunca encontró, a pesar de que su catálogo causa admiración general: de Paul Auster a Jean Echenoz.

-¿Por qué le interesó la figura de un editor literario? ¿Alguna vez quiso serlo?

-Me decanté finalmente por colocar de protagonista a un editor porque me di cuenta de que se han escrito muy pocas novelas valiosas con un editor como personaje de ficción. Y no, nunca se me ocurrió ser editor. Aunque en la novela me he divertido mucho creándole a Riba el catálogo -sumamente exigente- de su editorial. Tan exigente, que se arruina.

-Riba se ve a sí mismo como el "último editor". Jorge Herralde se considera un mohicano. ¿Habría podido escribir este libro sin conocer a Herralde?

-No habría podido crear a Riba sin conocerme bastante bien a mí mismo. Aunque la verdad es que, al inventar ese personaje afín a mi personalidad, he descubierto, una vez más, que soy un completo desconocido para mí mismo. Y es curioso, pero a Riba le pasa lo mismo que a mí, aunque su caso sea distinto y sólo se pueda dar en un editor: los libros que publicó Riba y de los que está tan ufano han sepultado su verdadera personalidad; se desconoce a sí mismo por culpa de ellos. Va en busca de saber quién es; habla mucho de esto la novela y también de la sombra que persigue a Riba, tal vez su genio personal, aquel al que tal vez quisiera reencontrar.

-¿Hubiera podido editar "Dublinesca" en Anagrama? ¿Cómo es su relación actual con Herralde?

-En una relación de tantos años -hablo de mi relación con Anagrama- puede acabar habiendo incidencias y ha terminado por haberlas, y ahora la verdad es que siento que estoy mejor fuera. Pero no entra en mis planes comentar cuestiones de orden personal. Sólo decir que obviamente Anagrama ha sido muy importante para mí y es sin duda una gran editorial, de personalísimo y brillante catálogo.

-Supongo que estaba consciente de que este libro iba a ser leído como una novela en clave, inevitablemente.

-Imagino que algún crítico ya se habrá dado cuenta. La novela no ha de ser leída con una clave única porque eso la reduce. Es hora ya de darse cuenta de que el verdadero Vila-Matas no puede ser encontrado de una forma cierta, ya que como escritor he modelado mi yo no como una esencia estable, segura de sí misma, sino como una búsqueda conflictiva e inconcluyente de una verdad esquiva.

-¿Cuál fue el punto de partida de la novela?

-Si hubo alguna idea inicial, ésta pudo llegarme en forma de reto. ¿Por qué no acercarme al realismo? A un tipo de realismo que siempre me interesó, aquel que acepta escribir sobre la vida gris y trata de llevarla al papel de un modo digamos que extraordinario. ¿No es lo que hizo Flaubert? Lo que él vino a decir fue que el tema podía ser corriente, bajo, degradante, pero el arte lo remediaría todo. Creo que ese desafío está en Dublinesca , donde me planteo nuevas direcciones en las que escribir.

-La idea de que la literatura se identifica con una prostituta nace, ha dicho, de un poema de Philip Larkin. ¿En qué sentido?

-El poema de Larkin cuenta el funeral de una vieja prostituta de Dublín. No acuden hombres, solo las colegas de su oficio. Comienza así: "Por callejuelas de estuco/ donde la luz es de peltre/ y en las tiendas la bruma...". Encontré ese poema cuando llevaba ya meses escribiendo sobre un editor literario que se proponía celebrar en Dublín un funeral por la era Gutenberg. Era un guiño a la larga escena del entierro del borrachín Paddy Dignam en el sexto capítulo del Ulises de Joyce. Al descubrir ese poema del británico Larkin me pareció que eran dos casualidades en una -el funeral y Dublín- y que eso no debía dejarlo pasar. Entonces decidí que el título de mi novela sería el de aquel poema, "Dublinesque". Y para que todo encajara mejor me dije que la literatura era en el fondo una vieja puta. Cuando me preguntan en qué sentido, dejo que cada cual imagine lo que quiera. Dublinesca está abierta a múltiples interpretaciones. Aunque es muy férrea su construcción, no es una novela inflexible, de ideas fijas, tiránica, sino todo lo contrario.

-¿Tuvo un sueño como el que se repite a través de "Dublinesca"?

-Sí, fue un sueño impresionante que tuve hace tres años en el hospital, a los pocos días de haber sido internado a causa de un colapso provocado por la mala vida que llevaba. Fue un sueño de una gran intensidad. En él, me encontraba en Dublín, ciudad en la que no había estado nunca, pero que aparecía nítidamente reflejada. Era todo muy dramático. Había vuelto a beber y estaba en el suelo, en la puerta de un pub llamado Coxwold, llorando de una forma emocionante. Abrazado a mi mujer, también en el suelo, lamentando haber regresado al alcohol. Me ha resultado imposible trasladar la plena intensidad de aquel sueño a la escritura, pero algo de su fuerza inconmensurable, sí he conseguido transmitirlo. La intensidad venía de que en el sueño, en el abrazo con mi mujer, estaba concentrada, con gran densidad, una idea de "renacimiento", como si tocara la vida por primera vez.

-Yeats, Sterne, Joyce, Beckett, sobre todo O'Brien, ¿cómo llega a estos autores irlandeses? ¿Fue un encuentro gradual o una fulminante conversión?

-Sterne ha sido clave en mi obra, véase mi Historia abreviada de la literatura portátil . Es mi autor talismán. Joyce no deja de maravillarme y son infinitas las posibilidades de lectura que ofrecen sus tres obras capitales. O'Brien es un genio. Beckett ha sido, desde que tengo veinte años, un escritor fundamental, me confirmó que se podía escribir, narrar, de una forma diferente a la que nos decían que era la forma en la que había que contar las cosas... Escribir me sirve para comprender mejor lo que han hecho otros. Dicho de otra forma: cuanto más avanzo en lo que escribo - Dublinesca me parece, en este sentido, un paso hacia adelante muy importante- más comprendo -es decir, mejor leo- lo que han tratado de hacer los otros; los grandes escritores irlandeses, por ejemplo, a los que leído o releído mientras escribía Dublinesca .

-El "salto inglés" que propone el libro, ¿es un escape de la tradición castiza de la novela española?

-Imagino que, visto desde Chile, soy un escritor español. Lo comprendo. Pero hace mucho tiempo que he dejado de ser un escritor al que se pueda adherir una nacionalidad. En eso sí que soy huidizo. El "salto inglés" equivale en la novela a dejar atrás algunas culturas -la catalana, la española, la francesa- que me resultaban demasiado familiares. Saltar a otro lado para adentrarme en nuevas culturas, mucho menos conocidas por mí. La irlandesa, por cierto, es -como Dublín mismo- un pozo de sorpresas fantásticas. En toda mi historia, Nueva York está al fondo. Nueva York es la felicidad. Y Londres un territorio de fantasmas.

-Interesante el juego de palabras entre Bloomsday y Doomsday (Día del Juicio Final). ¿De dónde viene la atmósfera apocalíptica del libro?

-El narrador, que no es el autor ni el editor protagonista, toma tanta distancia con el Apocalipsis, con la caída del imperio Gutenberg que escribe una novela totalmente paródica acerca del fin del mundo. Todo Dublinesca es una parodia, marcadamente cervantina, de la gran crisis final. Me parece que es característico de la imaginación humana encontrarse siempre al final de una época. Desde que tengo uso de razón que oigo decir que nos hallamos en un período de máxima crisis, en una transición catastrófica hacia una nueva cultura. Pero lo apocalíptico ha estado siempre. Lo encontramos en la Biblia , en la Eneida ... Está en todas las civilizaciones. En mi novela, Riba entiende que en nuestro tiempo lo apocalíptico ya sólo puede ser tratado sin excesiva seriedad.

-¿Se puede negar la muerte de la novela parapetándose en su fragilidad?

-Leerme puede acabar resultando lo más parecido que pueda uno imaginar a una gran fiesta final en la que se hunde todo, pero el hundimiento es feliz, divertido, roza las sombras de la genialidad perdida. Porque yo sospecho que cuando llegue el final de verdad, el pobre Final (al Pobre Final le imagino como un personaje con mayúsculas, serio y torpe) se sorprenderá al hallar a sus víctimas -mis lectores- en plena catarsis de risa y felicidad. El pobre Señor Final dudará entonces de llevar a cabo el hachazo mortal. Y ese momento de duda le dejará al pobre Señor Final muy seriamente en ridículo. Por la grieta que abrirá ese momento de gran duda se escapará -libre por fin- mi obra.

 Entre la novela gótica y los nuevos editores independientes

-¿Como autor, suscribe la opinión de Riba respecto de que la novela gótica (Stephenie Meyer y compañía) mató a la edición literaria?

-No, comparto sólo algunas cosas con Riba. A él, por ejemplo, le fascina Catherine Deneuve. A mí francamente no me fascina nada. Lo que sí es cierto es que a Riba negarse a publicar novelas góticas y best sellers suecos le ha dejado arruinado.

-¿Le "llega al alma la desaparición de los autores literarios"? ¿Murieron los últimos que quedaban o dejaron de serlo quienes siguen vivos?

-Todo mi libro es enormemente optimista, a pesar de que lo recorre la tristeza, la melancolía y a pesar de que llueve a lo largo de toda la novela provocando un efecto apocalíptico (por cierto, llueve en Barcelona desde hace tres meses con una insistencia anormal, como si la lluvia hubiera querido anunciar la salida de mi novela). ¿Si han muerto todos los grandes escritores? Verá, creo que no, en absoluto. Los más elegíacos, acaso los más lúcidos, consideran que vivimos ya inmersos en un paisaje moral y cultural en estado de derribo, en un crepúsculo del lenguaje, en una cultura posliteraria: lo que ocurrió, ocurrió antes. Pero yo pienso que el pesimismo, en la mayoría de sus formas, es casi tan vacío como el optimismo.

-¿La opinión que tiene Riba sobre los nuevos editores independientes es tan severa como la que tiene usted?

-No, qué va. Los nuevos editores -hablo de los españoles y de los franceses en concreto, porque son los que mejor conozco- son muy interesantes, ya que desmienten día a día que haya un declive de lo literario. Con muy poco dinero inicial, están naciendo iniciativas editoriales muy buenas. Su vitalidad es una señal de que hay un futuro brillante para un tipo de literatura que no es basura precisamente.

-¿El drama es que el editor se sienta fracasado por no encontrar al genio que buscó toda la vida o que no haya sabido reconocerlo cuando lo tuvo frente a sus narices? Pienso en Kafka y "Ante la ley".

-Recuerdo que ante la proximidad de su final, Kafka comprendió, mucho mejor que los médicos, las consecuencias de su enfermedad. El conocimiento sereno, desprovisto de todo sentimentalismo que el paciente Kafka tenía de su fatal enfermedad, es un tema perfecto para una novela moderna, la más moderna de todas. En cuanto al genio que busca el editor Riba, está claro que ese genio no es otro que él mismo. Pero se puede discrepar de esto, Dublinesca está escrita para discrepar todo lo que uno quiera.



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Foto:Francisco Javier Olea

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