Más nuevo que las arañas

Los premios, los jurados, las ediciones internacionales de los que ha gozado mi generación demuestran que los modernos no hemos sido ni querido ser incómodos.  

 

Leo con sorpresa Las arañas y las abejas, de Marc Fumaroli. El tema de este ensayo no podría en apariencia ser menos actual. Se trata de la querella entre los antiguos y los modernos que dividió al mundo literario francés desde mediados del siglo XVII hasta comienzos del XVIII. Nos explica el profesor Fumaroli cómo los antiguos se refugiaban en Homero o en Sófocles para luchar contra la poesía cortesana y galante de su época. Fumaroli sostiene que curiosamente eran los antiguos y no los modernos los que abogaban por la libertad estética y la rebeldía (muy sutil) contra el poder absoluto.

¿Algo de eso no pasa en la literatura latinoamericana de hoy? ¿No volvemos a Borges, Parra o Rulfo, para salvarnos del convencionalismo profundo de nuestros contemporáneos? ¿Los partidarios del hoy, los enemigos del boom, los vanguardistas de provincia, no son la versión siglo XXI de los modernos, galantes y funcionariles del siglo XVII? ¿No son parte de la misma resignación el vanguardista que quiere ser periférico y hablarle sólo a sus amigos y el best seller que cree que cualquier salto temporal o aventura estilística es cosa del pasado, que ahora hay que escribir simple pero aburrido, como escriben los españoles?

Los premios, los jurados, las ediciones internacionales de los que ha gozado mi generación -la de los nacidos después de 1960- demuestran que los modernos no hemos sido, ni querido ser incómodos. La soledad de Rulfo, de Carpentier, de Lezama o del joven Donoso no es lo nuestro. Su libertad, su ambición, tampoco. Como en el siglo XVII, lo más fresco, lo más rompedor, lo más universal, lo más intransigente de nuestra literatura está en el pasado, un pasado del que a lo más postulamos a ser las versiones digeribles, corregidas y aumentadas al ritmo de nuestro escepticismo bien pensante.

Lo explica mejor que nadie Jorge Volpi Escalante en un capítulo de su Insomnio de Bolívar . Se pregunta Volpi qué tienen en común los escritores que escriben en Latinoamérica hoy. Concluye con alegría que nada. Mi respuesta es menos pesimista y menos feliz: la nueva literatura latinoamericana, la mía como la de Volpi, la de mis amigos y mis enemigos tiene en común la mediocridad. Bisama, Thays, Paz Soldán, Zambra, Alarcón, Garcés, Rodrigo Blanco, Guadalupe Nettel, algunos tienen mucho talento, algunos tienen libros notables, otros son profesores universitarios, nerds , todos son serios, consistentes, buena gente, pero ninguno (o casi) piensa que podría ser Tolstoi o García Márquez, es decir, escribir un libro que no sea sólo su libro, sino el de un mundo. Ninguno, me incluyo en primer lugar, postula a algo más que ser personal. Todos resumimos nuestros intentos a tener nuestra propia estética, sin postular a tener nuestra propia ética. ¿Bolaño se salva? En 2666 por supuesto. ¿Pero no hay mayor ejemplo de cinismo literario que Los detectives salvajes , esta novela calculada hasta el milímetro, hasta el descuido, tan efectista y efectiva por momentos, como una película de Alejandro González Irriartu?

Volpi es el que mejor supo expresar la ideología profunda de esa nueva literatura latinoamericana, esa de la que celebra en su ensayo, la desaparición. En una prosa de tinterillo, el mexicano está obsesionado con mostrar lo ridículos y peligrosos que son los que quieren repensar el mundo. La psiquiatría, la física cuántica, el comunismo, todo es parte de un gran complot contra el sentido común. Apocalíptico pero integrado, nihilista pero funcional, cuando pensar es un peligro, cuando transformar el mundo es imposible, da lo mismo, a la hora de hablar de libros, la prosa, el estilo, la estructura, sólo importa el tema escogido, las influencias declaradas, los premios conseguidos, los congresos literarios donde se ganan complicidades mutuas y amnistía literaria. Cuando es peligroso ser, sólo existe la ambición de parecer.

¿Podría ser de otra forma? La literatura no puede separarse del momento moral que la engendra. A Vargas Llosa, Edwards y García Márquez los educaron para ser presidentes de la república. A sus nietos los educaron para irse a Estados Unidos a terminar luego un postgrado. Los del boom podían darse de leer a Borges y el Che Guevara como si fueran parte de lo mismo. Fueron modernos, lo siguen siendo. Los contemporáneos ya no podemos serlo tanto. Los socialistas de salón que educaron a Chávez en el marxismo, viven ahora perseguidos por él. Ir a visitar las barriadas, descubrir el mundo detrás del jardín de la casa, como solían hacerlo los del boom cuando jóvenes, significa hoy en México D.F., Bogotá o Caracas, morir baleado y acuchillado por extraños que hablan el mismo idioma que tú.

El ensayo de Fumaroli empieza y termina con una metáfora de Swift. Distingue el irlandés entre dos tipos de escritores, la abeja que se alimenta de distintas flores y poliniza y fertiliza así el campo, de la araña que saca de su propio vientre el hilo que teje para devorar a otros y no dejar nada detrás suyo. La abeja son los partidarios de los antiguos; la araña, los modernos. Fatalmente arañas porque ya habían pisoteado las flores, mi generación -en política, en literatura, en periodismo- se ha especializado en tejer redes. ¿Para atrapar qué? Sospecho que a nosotros mismos.

 


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