Universo paralelo

Por Roberto Merino 

Con doce años de retraso vi, por consejo de un amigo, la película "Funny games", de Michael Haneke. No necesito decir que se trata de una cuestión angustiante, una de esas películas en que lo intolerable de la historia es directamente proporcional a su atractivo. Cada una de sus secuencias nos muestra aquello que no queremos ver ni imaginarnos: la cara vacía e indeterminada del mal. El hecho de que esta deplorable entidad se instale en la vida cotidiana de las víctimas -en el flujo de la normalidad- no hace más que realzar su carácter siniestro.

Las películas de psicópatas, aun las malas, siempre resultan fascinantes en algún grado. No hay posibilidad, en estos casos, de que los villanos generen en el espectador alguna clase de empatía. A veces los directores hacen esfuerzos por mostrar el lado humano y los motivos profundos del pillastre, del gánster o del asesino circunstancial, pero con los psicópatas no hay lugar para manejos de esa naturaleza. El abismo mental que representan es aberrante. Yo creo que los psicópatas son, atávicamente, nuestros enemigos naturales, nuestros depredadores. Al verlos actuar en obras ficticias -Dios nos libre de enfrentarlos en la realidad misma- encendemos todas las alertas instintivas.

"Funny games" debe ser una de las cumbres ejemplares del género, pero fracasa en un punto: las escenas en las que uno de los perversos habla a la cámara o aquella en que el mismo tipo, usando un control remoto de televisor, retrocede la propia historia y propicia un desenlace alternativo. Ignoro por qué Haneke se habrá visto impulsado a introducir estos recursos innecesarios. No sé si habrá querido revelarnos que lo que estamos viendo es sólo ficción o bien si su intención era proyectar el plano de los acontecimientos sobre nuestra realidad para provocarnos escalofríos adicionales.

Henry James detestaba el recurso narrativo de mostrar el estatus formal del relato para desarmar la representación. En obras como las suyas, que podríamos llamar "serias" -tal como lo es "Funny games"- no sirve para nada la perogrullada de indicarle al destinatario que lo que está ante sus ojos no es la realidad, sino un libro o una película.

Algo muy distinto sucede con la comedia: en ella las salidas del formato de la representación no sólo no molestan, sino que muchas veces potencian la hilaridad. Es el caso, por ejemplo, de la magnífica serie "The office", donde esperamos favorablemente las miradas de fallida complicidad que nos dirige Ricky Gervais o Steve Carrell (o Lucho Gnecco, se debería agregar, recordando la injustamente poco atendida versión chilena).

"Funny games" ostenta también formas más sutiles de "auto-reflexividad", como la secuencia en que ambos psicópatas conversan informalmente sobre la existencia un "universo paralelo". Claro, ése es precisamente el espacio en que ellos viven: un universo propio -hecho a la medida de sus rituales de subyugación- que superponen al del resto de los mortales.

 


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