domingo 2 de mayo de 2010  
 
El regreso de la ballena gris
 
El famoso cronista mexicano Juan Villoro relata aquí su viaje inolvidable a la costa Pacífico de su país, para conocer el sitio donde se reúnen todos los años las ballenas grises.  

Juan Villoro, desde Baja California, México Fotos: Javier Honojosa 

¿Puede una especie perdonar a sus depredadores?

Cada invierno,  de diciembre a abril, las ballenas grises regresan para tener sus crías a su lugar de origen: la laguna Ojo de Liebre, en Baja California, México.

El nombre del sitio proviene de los balleneros que cazaban con arpón. La sangre manaba en tal forma que las aguas se teñían de rojo, como el ojo de una liebre.

El poblado más cercano es Guerrero Negro. Como tantos sitios del desierto, éste se fundó por accidente: en 1858 el barco pirata Black Warrior encalló ahí y se convirtió en la primera "construcción" en esa orilla de pioneros.

En la costa se mezclan siete corrientes marinas. No sólo los tripulantes del Black Warrior han perdido ahí la orientación. El Hotel Malarrimo, el más conocido de Guerrero Negro, es un estupendo museo de los naufragios. Del techo de madera penden torpedos, brújulas, radios, redes, baúles, fósiles, uniformes de la segunda guerra mundial, equipos de hockey, focos de hace cien años e indescifrables trozos de metal.

La excelente comida de mar del Malarrimo recuerda que los mariscos más sabrosos viven donde las aguas combaten entre sí.

Guerrero Negro depende de la pesca, la salina más grande del mundo y el turismo invernal que generan las ballenas. Su aspecto es el de un desolado pueblo del far west al que no llegó misionero alguno y donde ahora prosperan 17 iglesias de diversas denominaciones (adventistas, evangelistas, testigos de Jehová). Las calles carecen de nombre y todas parece llevar a la Avenida Benito Juárez.

La península de Baja California encandila la imaginación de Estados Unidos. Es el dorado apéndice que nos dejó el imperio cuando se quedó con la mitad del territorio en el siglo 19. Hoy el 90 por ciento del turismo viene del norte. Los nuevos vaqueros no llegan a caballo sino en casas rodantes atiborradas de conservas.

Baja California también es una tierra prometida para el país del sushi (casi toda la sal y buena parte de las langostas y los mariscos van a dar a los restaurantes de Japón). A orillas de la carretera número 1 de México, que atraviesa toda la península, es posible encontrar conchas blancas que han sido agujereadas para hacer fichas de go, principal juego de mesa de Japón. También las cactáceas son muy apreciadas allí. Algunas son arrancadas de raíz para ser llevadas a invernaderos al otro lado del Pacífico. La conquista nipona de la región tiene un último horizonte. Ante la falta de espacio en la isla, se especula con una fantasía digna del manga o de Doraemon: Baja California como asilo de japoneses.

Viajé al santuario de las ballenas en compañía de mi familia y del fotógrafo Javier Hinojosa. Nuestro anfitrión era Ramón Castellanos, descendiente de republicanos españoles que tocó en el grupo de rock Molotov y cambió su exitoso estruendo por la militancia ecologista en Baja California Sur. Miembro de la ONG Espacios Naturales, Castellanos supervisa la población de las ballenas. Su día comienza con un desayuno espartano: una taza de exprés, el único combustible que necesita para despegar en su ultraligero y contar ballenas desde la altura, impulsado por el viento. Su vista se ha adiestrado en tal forma que distingue cetáceos por los dibujos de la espuma. El día en que llegamos había contado 600 ejemplares en Ojo de Liebre -el área de maternidad- y unos dos mil en la periferia.

En el mundo hay cerca de 20 mil ballenas grises, todas nacidas en México. La hembra mide 16 metros y el macho 15. Aunque se trata de nuestra más contundente paisana, su existencia no es muy conocida. No es fácil llegar desde el centro del país a Guerrero Negro. El viajero debe volar a Hermosillo, Sonora, y luego tomar una avioneta rumbo al desierto de El Vizcaíno, llamado así por Sebastián Vizcaíno, expedicionario extremeño que en el siglo 16 recorrió esas tierras con unos cincuenta acompañantes de los que sólo cinco conservaron la vida, y trazó mapas que se seguían usando en el siglo 18.

La avioneta Cessna de diez plazas tiene una puerta que debe ser cerrada por dentro por el último pasajero. Me tocó la tarea y me sentí como astronauta del Apolo 13, en una misión de resultado incierto. El extraordinario atardecer me reconcilió con la avioneta. Una luz ambarina bañaba el desierto y el Mar de Cortés se recortaba como un espejo color lapislázuli.

Éste es uno de los desiertos más secos del mundo. La aridez produce un aire de insólita transparencia. No es casual que los primeros habitantes de la zona fueran pintores. Las cuevas de la región ostentan pinturas rupestres con imágenes de venados y hombres que acaso fuesen semidioses, pues tenían seis dedos.

En el desierto de El Vizcaíno la mirada puede tener una profundidad de campo de 50 kilómetros. Para los ojos adiestrados de Ramón Castellanos, una lejana polvareda significa el paso de un berrendo, antílope endémico de la zona del que hace unos años sólo quedaban unos cien ejemplares.

Para salvar la especie, se necesitaba capturar una cría que se acostumbrara a vivir en un corral y pudiera ser preñada. Durante tres meses, Castellanos acampó en el desierto en busca de una berrenda que estuviera a punto de dar a luz. "Después de eso, puedo sobrevivir con una gorra, una navaja y unas cerillas", comenta con orgullo. Una vez capturada la cría, se inició la recuperación de la especie.

Ramón quiso que conociéramos el producto más estable del territorio: la sal. Entendimos por qué había exigido que lleváramos gafas de sol. La ascensión de la montaña blanca producía una luminosidad cegadora. Como buenos colonizados, nos divirtió pisarle la sal a los japoneses.

Sin quitarnos las gafas, fuimos a un salar solidificado. Semejaba un hielo que el sol nunca derrite. El sonido viaja ahí de modo extraño. Es peligroso revelar un secreto porque los susurros se oyen con nitidez a un kilómetro a la redonda.

Para los bird watchers, Baja California Sur es el paraíso de las aves especializadas en la pesca. El halcón peregrino y el águila pescadora planean en el cielo sin nubes y hacen escalas en los postes de telégrafo. Cuando detectan un pez apetecible, se lanzan en una rauda diagonal y ascienden con su merienda al cielo. Los pájaros ostreros se zambullen para sacar ostras, remontan el vuelo y sueltan sus presas sobre las rocas para que se rompan y así comer el contenido. Las gaviotas aguardan los partos de las lobas de mar para comerse la placenta que queda sobre la arena. Desierto adentro, son los cuervos los que esperan las placentas de las berrendas. Para sobreponerse a los vientos cruzados, ejercitan una destreza única: vuelan en reversa.

Durante una semana recorrimos el territorio más despoblado de México. Acampamos en el desierto y en una cala de conchas fosilizadas. El excursionismo desmonta los privilegios de la civilización para recuperarlos de otro modo: parece imposible dormir sobre un suelo de fósiles, ante el ruidoso oleaje y el vapor salado del mar, pero de pronto lo extraño se vuelve cómodo y duermes espléndidamente.

En ningún otro sitio del país el ojo desnudo puede ver tantas estrellas. En las noches del desierto, la bóveda celeste parece a punto de venirse abajo, vencida por el peso de las luces.

Cada dos días regresábamos a nuestro centro de operaciones, el Hotel Malarrimo, para recoger alimentos, cambiar la camioneta y dar de comer al perro de Ramón, llamado Elviz, no en honor del Rey, sino del desierto de Elvizcaíno.

Finalmente, subimos a una lancha con gruesos chalecos salvavidas (ideales para sentirte como un muñeco de Playmobil) y enfilamos hacia la laguna Ojo de Liebre. El embarcadero actual se encuentra en la orilla opuesta al largo muelle de madera construido por balleneros ingleses en el siglo 19.

¿En verdad veríamos a la especie que volvía de Alaska a su lugar de origen? Apagamos el motor y la lancha cabeceó sobre las aguas. De pronto oímos un soplo, desviamos la vista a la derecha y vimos un surtidor de aire tornasolado; abajo estaba la ballena. Se sumergió y pasó bajo la lancha.

Según los lugareños, las ballenas detectan el carácter de las personas. Cuentan historias de una señora detestable abofeteada por un cetáceo y de la paciencia que tienen con los niños.

No teníamos por qué desconfiar de esta teoría. La inteligencia de los animales de la laguna está más que probada: para dormir una siesta en alta mar, el lobo marino saca una de sus aletas y simula que es un tiburón.

Si las ballenas eran psicólogas, ¿aceptarían acercarse? El silencio en que las aguardábamos invitaba a hacer un examen de conciencia. "Eres el macho alfa de la camada", me dijo mi hija de 8 años. Confié en las virtudes de mi mujer y de mis hijos.

Supuse que veríamos de lejos el lustroso lomo de un animal o, en el mejor de los casos, su aerodinámica aleta trasera, pero al cabo de unos minutos fuimos rodeados por cetáceos. Vimos las conchas incrustadas en su piel y los reflejos del arco iris en sus ojos. Un ejemplar saltó con poderío a tres metros de nosotros y repitió varias veces la operación, consciente de ofrecer un espectáculo.

Luego, una madre llegó con su cría. Durante quince minutos nos estudiaron a prudente distancia, y siguieron su camino. Proferimos sonidos raros para que se aproximaran y tratamos de imitar el canto de las ballenas. El conductor de la lancha, que el resto del año trabaja como pescador, estaba ante otra tripulación de locos que hacían ruidos. Encandilados por esos seres del principio de los tiempos, volvíamos a una perplejidad anterior al lenguaje.

Cada ballena tenía la fuerza suficiente para destruir nuestra embarcación de un coletazo. Pero su lección consistía en no ser como nosotros, en estas aguas que apenas hace un siglo fueron un campo de masacre.

Una ballena se aproximó con sorprendente celeridad y se detuvo al borde de la lancha. Sacó una aleta y la puso frente a la mano de mi esposa. "¡La toqué!", Margarita gritó, exultante. Fue la única frase inteligible en tres horas de asombro.

La ballena gris ha perdonado a sus depredadores.

 

 Ojo con...

Desde el D.F. hay que volar a hasta Hermosillo y desde ahí a Guerrero Negro con Aeroservicios Guerrero (www.aereoserviciosguerrero.com.mx)

Malarrimo, un hotel de ambiente familiar, ofrece uno de los mejores tures de ballenas de la zona. Dobles desde 36 dólares (www.malarrimo.com).
Los Caracoles es un hotel recién inaugurado, con cinco tipos de habitaciones. Dobles desde 43 dólares (www.hotelloscaracoles.com.mx)

Más información www.guerreronegro.org

Juan Villoro, desde Baja California, México Fotos: Javier Honojosa.

   
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