viernes 28 de mayo de 2010  
 
Por qué a mí sí me gustó el final de "Lost"
 
Hay razones para estar desilusionados: el final no resolvió todos los misterios. Pero medir los seis años de esta serie por lo que sucedió esta semana en pantalla es centrarse en el destino y no en el viaje.  

 

El domingo pasado me senté en el bar California Cantina, para ver junto a doscientas personas y con un vodka en la mano, la señal puertorriqueña del canal norteamericano ABC (mejor ni preguntar cómo funcionó eso), y disfrutar en vivo del final de "Lost".

Lloré por lo menos tres veces. El público gritó, suspiró y aplaudió. Me topé a una rubia veinteañera en el baño que me contó que vino con su papá, de 60 años. Saludé en la barra a un amigo que había ido solo, y me twitee con otro que estaba frente a la pantalla gigante, donde no alcancé a encontrar puesto. Varias veces me junté a ver "Lost" con amigos, incluso proyectando la serie para verla gigante, pero esta era la primera vez que lo hacía con extraños; un centenar de personas que, igual que yo, habían invertido tiempo, cabeza y mucho corazón por seis años, en una decena de náufragos varados en una isla extraña.

Al día siguiente resultó que todos lo odiaban. La crítica estaba dividida, pero buscando en blogs y leyendo los comentarios de lectores de esos mismos artículos, había igual cantidad de fanáticos dolidos como fanáticos profundamente conmovidos. Como yo.

Hay razones para estar desilusionados: "Lost", terminadas sus seis temporadas, no supo atar todos los cabos sueltos. No sabemos por qué ni para qué el pequeño Walt tenía poderes. ¿Las embarazadas que morían? Ahí quedaron. ¿La estatua de cuatro dedos? Bien, gracias. Los números no eran más que anotaciones del guardián de la isla, Jacob, en una pared. El humo era el hermano de Jacob, despojado hace dos mil años de su cuerpo y convertido para siempre en un poder maligno que esperaba escapar, y que usurpaba a los muertos para poder caminar en la tierra.

Todo lo que había pasado en la isla era real, y su mayor secreto era un núcleo de luz en el centro, del que podrían, quizás, depender las almas humanas; también era un efecto especial de dudosa calidad, cuyas explicaciones vagas y semi new age no creo hayan convencido a nadie. El mundo paralelo de la última temporada era un purgatorio, creado por la conciencia colectiva de los protagonistas, un lugar donde encontrarse a medida que fueran muriendo, para pasar juntos hacia la luz.

Pero evaluar los seis años de "Lost", y por ende al trabajo de sus cerebros, Damon Lindelof y Carlton Cuse, es centrarse en el destino y olvidarse del viaje.

"Lost" cambió la forma en que vemos televisión. En el reino de las series científicas o leguleyas, trajo de vuelta a la ciencia ficción y la infinitud de actos de fe que ese género nos pide. Las estructuras enrevesadas de sus capítulos exigieron un seguimiento religioso en tiempos de zapping y diversificación, y animaron a otros creadores a optar por tramas complejas, confiando en que los televidentes no son sólo capaces de seguirlas, sino que de necesitarlas. Fue la serie reina del torrent y de ver televisión por computador, lo que supongo obligó a que si algunas temporadas llegaban con unos meses de atraso, el último capítulo se exhibió en nuestro país con un desfase de sólo dos días, para evitar tanta bajada digital. "Lost" se despidió con 13 millones de espectadores sólo en EE.UU. Eso no es un récord, pero tanto los fanáticos como los que nunca en su vida habían visto la serie, sabían que el domingo pasado terminaba. Tenían una opinión o posición al respecto, aun cuando fuera la negación a verlo. Y eso, critiquen lo que critiquen, es básicamente una definición de éxito.

El malabarismo de los guionistas dejó caer muchas pelotas, pero es porque se centró en mantener en el aire la más importante: Los personajes. Kate, Sawyer, John Locke, Jack, Hurley y todo el resto: una galería de seres imperfectos, de todo tipo de nacionalidades, que compartían sólo la desdicha y soledad en la que vivían, y la necesidad (a veces literal) de matar al padre. "Lost" usó su estructura de narración -de adelante para atrás, de adelante para el lado- para profundizar en cada una de sus vidas, y transformarlos en personas con pasado, presente, familia, traumas, sueños y personalidades. Y vimos cómo, en una isla misteriosa en la mitad de la nada, se vieron obligados a vivir juntos para evitar morir solos. El episodio final fue sensible hasta decir basta, pero nace supongo de unos guionistas que no pudieron decirles adiós sin dejarlos bien encaminados: juntos. Muertos. En paz.

Con esto, quizás los fanáticos que provienen del lado de la ciencia ficción se sientan estafados. Los que provenimos del lado emocional, estamos agradecidos. Si seguimos la serie seis años no era sólo por monstruos de humo; era para ver a los náufragos y en qué diablos terminaban. La TV bien hecha genera adicción. Y en eso, no hay misterio.

 

   
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