sábado 29 de mayo de 2010  
Erik Von Baer
El método Von Baer
 
No es sólo el padre de la vocera de Gobierno y de la directora de la SNA. Es uno de los grandes innovadores agrarios y un empresario conocido en la Araucanía. De su hija ministra dice: "Cuando decidió meterse a la política pensé que estaba loca".  

Por Sabine Drysdale, desde Temuco. 

Cada vez que Erik von Baer llama a su hija Ena, la vocera del Gobierno, le pregunta que cómo está  y que si cree que la van a echar luego. "'Todavía no', me dice". Padre e hija tienen los mismos ojos azules, achinados, que caen en diagonal. Los de la vocera de 35 años, sin embargo, se ven más cansados. Y a su padre, orgulloso hasta la médula de la ascendente carrera política de la tercera de sus cuatro hijas, eso no deja de dolerle.

-¿Por qué le hace esa pregunta, acaso piensa que la van a echar?

-Yo creo que no, pero por otro lado le haría bien.

-¿Para que deje de sufrir?

-Claro, lógico, lo digo en forma egoísta, en el sentido paternalista. Uno ve cosas que otros a lo mejor no ven. Eso de levantarse a las 6 de la mañana y llegar a las 11 de la noche a la casa, con dos niños chicos, no es chiste", dice.

"Si usted me lo pregunta, sí, estoy orgulloso de mi hija,  lo que pasa es que ella está haciendo de cabeza de turco y eso a mí me duele. El cabeza de turco es el que siempre tiene que colocar la cabeza, el que siempre tiene la culpa".
Diluvia esta tarde de lunes en Cajón, en las afueras de Temuco, donde están ubicadas las oficinas de Semillas Baer, la empresa familiar fundada en 1956, donde este empresario alemán, que recibió el Premio a la Innovación Agraria que entrega la "Revista del Campo", ha creado cientos de variedades de trigo, algunas resistentes a herbicidas, otras de lupino y quínoa, siguiendo los pasos de su padre, quien falleció en 1965. Ahí trabaja junto a su mujer, Helga Jahn.

Son oficinas sencillas, típicas del sector agrícola, desordenadas, de muebles baratos, esparcidos con carpetas, papeles y bolsas de semillas en todas partes. En el estante hay un oso de peluche negro. "Para que jueguen los nietos", aclara Von Baer. Su apellido, en alemán, significa "de oso" y se pronuncia "fonbear".

Helga acaba de llegar a Temuco desde Santiago, donde estuvo ayudando a cuidar a su nietos Clara e Ian, de 4 y 2 años, para que su hija pudiese estar tranquila en Valparaíso para el discurso presidencial del 21 de mayo.

Erik von Baer nació en Alemania en julio de 1941 en plena Segunda Guerra Mundial. A su padre, investigador genetista agrícola, como él, lo enrolaron a último minuto en el ejército nazi cuando la guerra se veía perdida, y fue tomado prisionero por los canadienses. No volvió a verlo hasta 1947 gracias a gestiones de la Cruz Roja. Durante esos años vivió con su madre, su abuela y un tío escapando de los soviéticos, "que buscaban a los capitalistas para colgarlos", y luego cruzaron clandestinamente a Alemania Occidental, que estaba en manos de los norteamericanos, que no los querían dejar entrar.

Sus padres, convencidos de que iba a haber una tercera guerra mundial, decidieron emigrar y, entre varias opciones, eligieron Chile. Hubo dos grandes razones: en la Sociedad Nacional de Agricultura buscaban un investigador para su centro experimental, y como  Chile no le había declarado la guerra a Alemania, sentían que no había una aversión hacia los alemanes. Se embarcaron en 1948.

-¿Qué pensaba de la filosofía nazi?

-La filosofía nazi tuvo un fin que, todo el mundo lo sabe, es criminal. Pero si uno va a los orígenes, nació dentro de una desesperación de la postguerra y de la crisis de los años 30; Alemania fue muy castigada, hubo mucha cesantía, una gran inflación. Los nazis, lo que hicieron, fue unir a la gente, construyeron caminos, hicieron esto y lo otro, entonces la  gente los apoyaba, no porque estuvieran de acuerdo con las ideas, sino que querían salir adelante. ¿Me entiende? Lo mismo que ocurrió acá en Chile, aunque de otra forma, en el tiempo de Pinochet; había gente que de ninguna manera estaba de acuerdo con la dictadura militar ni con toda la gente que murió y todo eso, pero estaban tan afligidos que había que salir adelante. Pero dentro de eso hubo un manejo político maquiavélico. No es que todos hayan sido nazis,  no es así.

Educación prusiana

Los Von Baer fueron una familia de recursos, pero conocieron la pobreza tras perderlo todo después de las guerras. Von Baer recuerda que, de niño, tenía que cortar la punta del zapato cuando el pie ya no cabía dentro. "Dolía, pero uno lo superaba. Aprendimos a reconocer valores mucho más importantes que la plata", dice.

También recibió una severa educación. No estaba permitido mentir, tenía obligaciones dentro de su casa, hacer su cama, ordenar. "Mi madre era prusiana y, según lo moderno, yo debería tener varias yayas sicológicas, porque cuando nosotros hacíamos alguna tontera, ella era zurda, nos daba una cachetada por la izquierda, ¡pum!, y si llorábamos nos daba otra por la derecha. Y nos tocaba trabajar a todos, y no nos hizo mal", dice seguro.

-¿Educó a sus hijas con la misma severidad?

-No, porque mi señora no es prusiana -dice riendo.

Lo que sí replicó de su familia fueron los llamados "consejos familiares", reuniones donde se tomaban todas las decisiones importantes, como la compra de un campo, por ejemplo.  "Conversábamos las cosas, escuchábamos lo que decían los otros".

Ingrid, Karina, Ena y Sibylle, las cuatro hermanas Von Baer, se criaron en el campo en la IX Región. Ingrid es agrónoma y se ha dedicado a la genética de la quínoa. Karina, también agrónoma, es directora de la SNA y empresaria. Sibylle, decoradora de interiores, fabrica cerámica. "Las cuatro son innovadoras en sus cosas", dice.

-¿Cómo las educó?

-Yo no las eduqué, sino que las educamos. Pienso que el principal no es uno, sino que la mujer. Hemos tratado de inculcarles bastante independencia, que tuvieran cada una su opinión, pero respetando las de los demás.

Todas pasaron por el Colegio Alemán, aunque Ena, con sólo seis años, tuvo que cambiarse a la escuela pública de Cajón. Cuenta que ella misma decidió que, como ya sabía leer y escribir, no tenía nada más que hacer en el colegio y no prestaba atención al resto de las materias.

"El director del Colegio Alemán llamó a mi mujer y le dijo que tenía que hacerle un tratamiento sicológico y darle remedios, porque no tomaba atención a las otras cosas. Mi mujer le dijo 'esta chica es excelente, sabe alemán, sabe leer, escribir, lo que necesita es tiempo', y le pidió que la dejara un curso más abajo".

En el colegio no aceptaron y la sacaron.

"La puso con la cuarta hija en la escuela pública de Cajón, junto con los mapuchitos, y desde ahí ella tiene esa sensibilidad hacia los mapuches, porque tiene muchos amigos entre ellos", dice.

Más adelante volvieron al Colegio Alemán, un curso más abajo, y cuenta que, desde entonces, Ena "fue una bala".

-Ahora está en un cargo difícil, ¿está acorde a la personalidad de ella?

-Yo creo que sí, pero tiene que ir creando un cuero duro. Puede ser que ya lo haya creado y yo no me he dado cuenta, porque sigue siendo la hija de uno, por muy ministra que sea.

-¿Está resistiendo?

-No es solamente resistir. Obviamente  es  algo que la satisface, no es que ella sólo lo haga de sacrificio, no.

-¿Cree que debió haber aceptado con hijos tan pequeños?

-Creo que cada cual, dentro de sus posibilidades, si tiene dones, debe hacer su aporte; uno se debe a la sociedad.
Eso es lo que ella está tratando de hacer y nosotros tendremos que ayudarle. Así fuimos enseñados.

El agricultor jamás pensó que tendría una hija ministra. "Nosotros teníamos un trauma que nos transmitieron nuestros padres, que es que no nos metiéramos en política, porque acarreábamos ese trauma, que la política puede llevar a los extremos". Por eso, cuando su hija Ena, periodista, doctorada en ciencias políticas y entonces investigadora del Instituto Libertad y Desarrollo, le contó que sería candidata a senadora por la IX Región -elección que perdió por muy pocos votos-, la declaró loca. "Pero después escuché sus argumentos y creo que hizo muy bien".

Él estuvo a su lado la noche de las elecciones, cuando por unas horas creyeron que había ganado la senaduría, a la que había postulado como independiente, pero apoyada por la Unión Demócrata Independiente.

-¿Cómo tomó la derrota?

-Con mucha entereza.  Mantuvo mucho la calma, y hay muchas cosas que no se dicen en ese momento. Pero a ella lo que más le interesaba, más que salir senadora, era que ganara Piñera para lograr un cambio que consideraba importante.

-¿Usted la ayudo a financiar su campaña?

-Fue la UDI la que la financió. Nosotros contribuimos en forma indirecta con el famoso tractor amarillo, con algunos traslados, con cuidarle los niños. Ella, desde un principio, no quería que nos involucráramos.

-La UDI es el partido más conservador, ¿su hija responde a ese perfil?

-Creo que ella podría haber sido también de otros partidos; de hecho, ella tiene muchos amigos, incluso entre gente de la Concertación. Es indudable que dentro de la UDI debe haber gente con la cual se entiende muy bien y otros con los que no concuerda totalmente, y obviamente en este momento pienso que toma muy en serio no representar su opinión, sino que representar la opinión del Gobierno. Ahora, creo que si la UDI tiene algo que la entusiasma,  no es la parte conservadora, sino el querer mantener un sentido de contacto popular, de puerta a puerta, de ayudar realmente y no solamente estar hablando.

A Erik von Baer no lo han sorprendido las encuestas que dicen que su hija tiene mucha aceptación dentro de la gente, aunque no entre los políticos.

"Lo interpreto como que ella trata de hacer un tipo de política diferente. Por su formación, tiene gran capacidad de síntesis, de decir cosas complicadas con pocas palabras en forma relativamente simple, lo cual a mucha gente no le gusta. El político, sin desmerecer, habla, habla y habla y luego, bueno ¿qué dijo?"

Contra la diabetes

Los veranos tenían semanas de trabajo en la cosecha, donde, además de trabajar, debían llevar cuadernos de cuentas con lo que ganaban y gastaban.

"Para nosotros era obvio trabajar cuando niños y lo implementamos con las niñas. Ahorraban plata para comprarse una bicicleta, un caballo; nosotros las ayudábamos un poco".

-¿Sus hijas no se les rebelaron?

-Claro que sí, porque ellas tenían que trabajar para comprarse un vestido o un jeans de moda, y los otros lo recibían, ¡claro que sí! Como empresario, considero que obviamente no podemos explotar a los niños para que hagan trabajos indebidos, de fuerza. Pero los niños de cierta edad perfectamente pueden trabajar y lo ideal es que aprendan trabajando. Cómo es posible que hayan regalado mediaguas y algunos las hayan quemado. Cómo es posible que algunos tengan carpas y reclamen porque les entra agua y no son capaces de hacer una canaleta. Hay que enseñar a trabajar para que cada cual salga adelante con su esfuerzo. Acá se ve el trabajo como un castigo.

Para Erik von Baer es placer.

Su casa queda a metros de su oficina y está ahí siempre muy temprano en la mañana. Es siempre el primero en llegar. Técnicamente podría estar jubilado, y quiere dejar la gerencia de su empresa, pero para dedicarse a la investigación y desarrollo principalmente de alimentos funcionales. Hoy lo desvela el descubrimiento hecho en Temuco, con su ayuda, de las propiedades que tiene el lupino para bajar los azúcares en la gente diabética. Aunque confiesa que ha sido una odisea lograr que en Chile alguien se interese en procesarlo.

"Tratamos de trabajar con la asociación de diabéticos. Ellos prefieren que nosotros mandemos el lupino afuera y lleguen a Chile los productos listos, empaquetaditos para que acá los consuman. Esto es terrible".

El producto sí está siendo procesado en el extranjero, y en la Universidad de Milán están fabricando un medicamento para diabéticos hecho con lupino chileno.

"¿No es para agarrarse la cabeza?", se pregunta.

Recién después de un año de tocar puertas en Chile hará un proyecto con la Fundación Chile.

"Estamos en el mundo de los monos. Si yo hago algo y me da resultado, lo copian todos; si yo hago algo que fracasa, dicen mira el gringo tonto. Si yo quiero tener  éxito con algo, tengo que lograr que me lo copien", dice enojado.

A su mujer, Helga, la conoció  a través de un colega y tuvo que quitársela a "un leguleyo que me caía mal", dice riendo. "Fue un desafío, porque ella no quería venirse al campo". Hija de agricultores, decía que sólo se quejaban por el tiempo, si salía o no el sol. "Le dije que nunca iba a reclamar por el tiempo y nunca lo hago en presencia de ella", dice.

Helga es asistente social, tercera generación de alemanes. Es más chilena que él.

-¿Ella lo ha suavizado un poco?

Se ríe.

-No creo que los alemanes sean perfectos, distan mucho de serlo. Tienen una característica muy parecida a los mapuches, tienden hacia los extremos; son muy buenos o muy malos.

-¿Qué opina de la reivindicación de tierras por el pueblo mapuche?

-Ese es un asunto artificial creado por gente interesada. Es un problema político y hay gente a la que le gusta  la agitación, eso no es sólo en Chile. Creo que debe reconocerse al pueblo mapuche, pero los que la revuelven serán 5 por ciento, y a ellos se les ayuda. A los que no la revuelven no se les ayuda...

-¿Cree que la Concertación falló  en solucionar esto?

-Creo que lo trató de hacer bien, pero como extranjero no me voy a meter en política contingente -dice sonriendo.

Para eso tiene a su hija.

 

Por Sabine Drysdale, desde Temuco..

   
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