Certamen Festival Internacional de Documentales 2010
Fidocs 2010: Heridas muy abiertas

El recuerdo de una amada distante y los despojos de una tragedia presente están entre lo más destacado de la nueva edición del festival de documentales de Santiago.  

Christian Ramírez 

Cuando se supo que la nueva edición del Fidocs iba, por fin, a estar dedicada a una revisión concienzuda de la obra de Patricio Guzmán -uno de los fundadores del festival y, sin duda, factor clave en la continuidad del evento en el tiempo-, tuve un breve flashback a los días en que el festival se organizaba en el Instituto Goethe, donde alguna vez se montó la primera exhibición completa de "La Batalla de Chile" en democracia. Tal vez por eso es que siempre he tenido asociado este festival a la idea de memoria, aunque -a juzgar por la diversidad de películas mostradas en esta década- no podría estar más equivocado: el Fidocs siempre ha caminado por la delgada línea que separa actualidad y recuerdo, defensa y denuncia, naturalismo y abstracción.

Esa delicada mezcla está presente otra vez este año vía el propio Guzmán con "Nostalgia de la luz" -recién estrenada en Cannes-, el trabajo de Fred Wiseman realizado en torno al ballet de la ópera de París o "Kawase-san", la búsqueda de Cristián Leighton en torno a la cineasta japonesa Naomi Kawase. Sin embargo, la atención se desvía sola hacia dos trabajos que se orientan en direcciones contrarias: uno hacia un pasado que parece lejano, pero que no lo es en absoluto -"Irene", de Alain Cavalier-, y otro que de tan presente, simplemente se nos hace inabarcable: "Tres semanas después", de José Luis Torres Leiva. Ambos son retratos testimoniales, de factura modesta -aunque eso es sólo en apariencia-, realizados cámara en mano y con un fino trabajo de sonido respaldando la mirada del realizador.

En "Irene" (2009), Cavalier evoca recuerdos de hace casi cuarenta años: su primera gran historia de amor, las memorias de su mujer que murió súbitamente en un accidente automovilístico, poco antes de que ambos rodaran la que habría sido su primera película juntos. Heridas como ésa nunca cierran -nos dicen-, pero hay que ver el modo en que un Cavalier de casi 80 años busca las huellas de su Irene -en lugares, esquinas, casas, piezas, objetos que alguna vez compartieron- para comprobar cuán trabajoso y doloroso puede ser el ejercicio, más cuando, pese a los años transcurridos, es evidente que el pesar y la sorpresa de la perdida no han abatido, aunque la imagen de la desaparecida vaya desvaneciéndose en el recuerdo, borrándose en la misma medida en que las cosas que alimentaron esa memoria van desapareciendo, como alguna vez lo hará el propio director. A ratos, la lucha entre Cavalier y su objeto de pasión, de deseo, de duelo, se vuelve feroz, como si no existiese posibilidad de hacer la paz entre uno y otro, aunque está claro que en la misma medida en que la vida sigue y deja atrás, la paz, o al menos la resignación, acaba por imperar.

"Tres semanas después"

Me gustaría concluir lo mismo a partir de las imágenes de "Tres semanas después", el filme que José Luis Torres realizó en las zonas del sur devastadas por el terremoto mientras realizaba un trabajo audiovisual con el artista Fernando Prats, pero la verdad es que -al contrario de lo que le ocurre a Cavalier con el dolor por Irene- las huellas de este sufrimiento están demasiado vivas, demasiado frescas. En poco menos de una hora, la cámara de Torres las repasa, las observa y da testimonio sin cuartel, sin ofrecer pistas de qué lugar estamos visitando, qué tragedias estamos viendo, qué personas observando. A primera vista, todas parecen formar parte de lo mismo: un extenso territorio arrasado, vigilado permanentemente por el mar, limpiado por un cúmulo de grúas y maquinaria, del cual sus habitantes parecen temporalmente expulsados, expuestos.

En su carrera -desde "Ningún lugar en ninguna parte" hasta "El cielo, la tierra y la lluvia"-, Torres Leiva ha realizado un persistente esfuerzo en torno a una de las bestias negras de nuestro cine: el paisaje, el terreno, contemplado como un ente viviente, feroz y omnipotente. Quizás por lo mismo, en "Tres semanas después" su acercamiento es clave para aportar un sentido del estupor, violencia, dignidad y compasión que ningún medio de prensa nacional consiguió con su cúmulo incesante de portadas, titulares, reportajes de interés humano, docurrealities y retratos vivenciales realizados en medio del barro, la tristeza y los despojos. Observar en el filme los mismos parajes donde la narración de la tragedia acabó por trivializarse, empacarse y marquetearse equivale casi a una experiencia de higiene visual, de limpieza interior.

Sólo así podemos soportar mirar a una grúa levantando una casa como quien levanta una piedra con la mano, a un grupo de personas quemando grandes túmulos de desecho frente al mar, como realizando un sacrificio a un arcano y vengativo dios; el nocturno ingreso a una espectral y deshabitada Cobquecura, o contemplar la zona costera de Constitución -en la que tal vez sea el plano secuencia más terrible y devastador de la historia del cine chileno-, donde tierra, humanidad y memoria han vuelto, otra vez y con terrible dolor, a ser uno.

 


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<b>En el sur.</b> Torres Leiva filmó el documental mientras trabajaba con el artista Fernando Prats.
En el sur. Torres Leiva filmó el documental mientras trabajaba con el artista Fernando Prats.

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