sábado 12 de junio de 2010  
 
La vida de los peces
 
El resultado es de una excelencia contundente. Una vez más, Bize se ha superado a sí mismo.  

Ascanio Cavallo 

¿Cuánto demora uno en irse de una fiesta de la que no quiere irse? Según esta película, unos 82 minutos. Puede parecer excesivo, pero no lo es en el mundo líquido, oscilante e inestable de La vida de los peces.

Como en Sábado, En la cama y Lo bueno de llorar, el director Matías Bize vuelve a un relato en tiempo real, en los bordes de la unidad de tiempo, espacio y acción canónica para la dramaturgia clásica. La unidad que es también la más propicia para las historias íntimas, pobladas por cosas que no se sabe ni se puede decir.

Andrés (Santiago Cabrera), cronista de viajes y residente en Berlín, regresa a Santiago para asistir a la fiesta de cumpleaños de su amigo Pablo (Víctor Montero), aunque, en realidad, para ver a su antigua novia Beatriz (Blanca Lewin), a la que dejó unos diez años antes. Andrés está por irse a su hotel cuando se inicia el relato, pero lo demoran, sucesivamente, los amigos, la resignada mujer de Pablo (Antonia Zegers), unos niños demasiado curiosos, una jovencita demasiado espirituada (la extraordinaria María Gracia Omegna), unos recuerdos dolorosos y, al fin, esa Beatriz de la que se alejó justo cuando debía comenzar el resto de la vida.

Bize filma con la paciencia y la pulcritud que merecen la historia y los personajes. La textura de aparente improvisación -los diálogos, las conductas, los encuadres obstruidos por objetos, la agilidad del montaje- encubre un cuidadoso trabajo de destrivialización, que avanza desde la anécdota hacia las zonas más inescrutables de los personajes, desde la semipenumbra hacia la oscuridad, desde lo gracioso hacia lo trágico.

En el cine de Bize suele haber un momento della verità, un instante crucial donde se reúnen los fragmentos y las nimiedades y adquieren sentido todas las pistas sembradas en el metraje. Pistas que son inequívocas, pero también imperceptibles si no se pone atención a la "escritura" fílmica con que están entregadas. Por ejemplo, la condición de turista profesional de Andrés radica menos en lo que dice que en su manera de mirar, y esa naturaleza adquiere su verdadera hondura sólo mucho después de la primera mención. Hay muchas explicaciones ocultas en el remoto accidente de su mejor amigo, y también en las decisiones de Beatriz, e incluso en esa casa-laberinto familiar que parece querer retenerlo en la melancolía de lo que pudo ser y no fue.

Esta película suscita interpretaciones diversas y hasta encontradas. Cumple en esto el apotegma de Jean Renoir, que sostenía que "una película debe ser completada por su audiencia", con lo que significaba, también, que moverse en una simultaneidad de niveles sería siempre la condición básica de una gran obra.

La vida de los peces es un trabajoso ejercicio de delicadeza, un modelo de contención y control puesto a prueba en el difícil terreno del dolor y la pérdida. El resultado es de una excelencia contundente. Una vez más, Bize se ha superado a sí mismo.

LA VIDA DE LOS PECES

Dirección: Matías Bize. Con: Santiago Cabrera, Blanca Lewin, Antonia Zegers, María Gracia Omegna. 82 minutos.

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Ascanio Cavallo.

   
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