Al año se venden alrededor de 100 mil unidades
Jóvenes se reencantan con un clásico del hogar: las máquinas de coser

Algunas son diseñadoras que lo hacen por su trabajo, pero otras son de profesiones diferentes e incluso adolescentes que siguen la tradición de sus abuelas, madres y tías.  

Alejandro Sáez Rojas 

Ahora con 37 años, a Lucía Arellano le enseñó a coser su madre en una Singer que funcionaba con electricidad y pedal. De chica se metió en el mundo de las puntadas, las telas y los diseños. Hoy trabaja desde su casa confeccionando para vender y también para su propia familia.

Todavía este mercado -que comercializa unas 100 mil unidades al año en el país y factura US$ 10 millones- está concentrado entre los 45 y los 60 años. Pero poco a poco ha comenzado a rejuvenecer. En Chile son cuatro las marcas más importantes: Toyota, Brother, Janome y Singer, y sus ejecutivos han ido descubriendo cómo se abre un nicho especial para este producto en las clientas sub 40.

Marcela Ruiz Tagle dicta un taller de lo que ella llama "costura creativa". En su casa en La Dehesa recibe a sus alumnas, donde incluso llegan adolescentes de 14 años: "Ellas persiguen a la mamá para que las traiga al curso. Algunas tienen una máquina de coser en su casa. A otras les comprarán una en la medida en que les guste el trabajo", cuenta. Prefiere dar su taller en el hogar para que estén en un ambiente amigable y sin presión.

"Partió con las tribus urbanas. Ahí muchas jóvenes compraban su máquina de coser para realizar sus propias creaciones y diferenciarse", dice el gerente de ventas de Janome, Guillermo Jara. Lo que sí, sigue siendo un artículo aún femenino: no más del 5% de los compradores son hombres. Pero hay procesos que estimulan la venta: "Ha aparecido el fenómeno de la personalización. Puedes comprar un jeans en un supermercado o en la ropa americana, y lo personalizas con tu máquina de coser. Hay mucha gente que ya no quiere andar uniformada", dice Jorge Villalobos, gerente de marca de Singer.

Varias amigas de Lucía Arellano tienen máquinas de coser. Una de ellas es psicóloga y hace cojines: "Para ella no es trabajo, es como una catarsis", explica.

"Parte importante de nuestras compradoras están haciendo sus propias cosas; con ello revierten la masificación de los productos chinos", dice Miguel Pérez, representante de Toyota.

En el mercado se pueden encontrar hoy máquinas de coser desde $60 mil y luego los precios se van elevando según el gusto del consumidor. Una para el hogar, que también es bordadora, puede costar del orden de $500 mil o $600 mil. Incluso traen conexión al computador.

Otro motor que está empujando las ventas es la masificación de la carrera de diseño de vestuario: "En el último tiempo estás viendo un segmento etario en muchachas de 23 o 24 años que se compran una máquina para iniciar su propio emprendimiento", estima Rubén Huerta, de Brother.

Janome tiene convenios con las escuelas de Diseño de Inacap y AIEP. Singer hace lo propio con la Universidad del Pacífico e Incacea.

La máquina de coser tuvo un tiempo una connotación negativa, dicen ejecutivos del rubro: "Era como la compañía perfecta de la Elvira, el personaje de Felipe Izquierdo, abnegada y encerrada en su hogar. Pero eso ahora está cambiando", comentan.

 Tradición que se hereda

La historia económica chilena ha estado marcada por las máquinas de coser. En la década de los sesenta, el gobierno de Eduardo Frei Montalva promovió que las entonces llamadas "clases populares" accedieran a un bien de alto costo.

En la época de Frei, algunos datos públicos hablan de que se entregaron 70 mil máquinas de coser. "Pero yo creo que fueron muchas más", dice Miguel Pérez, quien desde esos años ha estado ligado al rubro. "Hoy, la mayoría de las jefas de hogar en situación de vulnerabilidad o pobreza no pueden salir de sus casas a trabajar. Por eso demandan respaldo para actividades productivas en su hogar, como un bazar o una máquina de coser", explica la subdirectora (transitoria) de programas del Fosis, Patricia Díaz.



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