Entrevista Nuevo libro
Diamela Eltit en el territorio del cuerpo

A un mes del Bicentenario y cuando faltan sólo unos días para la entrega del Premio Nacional de Literatura, la escritora chilena habla de estos dos temas a propósito de la publicación de su novela Impuesto a la carne (Seix Barral), que llega esta semana a librerías.  

María Teresa Cárdenas 

"Yo creo que hay un presente, pero ese presente no se puede separar nunca de su pasado", advierte Diamela Eltit (1949), quien en esta oportunidad trae al hoy los ecos de las primeras y trágicas protestas populares, como la de Santiago en 1905, en la que resultaron muertas más de 200 personas de las miles que manifestaban frente a La Moneda por el alza del impuesto a la internación de ganado argentino. O más sencillamente, el "impuesto a la carne". Así, con jirones históricos, resonancias del discurso anarquista y constante repetición de las preguntas "¿cuánto?, ¿doscientos años?", la autora de Lumpérica , El cuarto mundo y Los trabajadores de la muerte , entre otros libros, ofrece un nuevo ejercicio narrativo en el que también se descubre su particular mirada sobre el Bicentenario. "La historia -dice- ha sido siempre una fuente de preguntas, de interrogantes literarias".

Madre e hija, ambas de doscientos años, ocupan el centro de este relato. Las dos están enfermas, aunque no saben de qué; ambas esperan ser operadas de lo que los médicos determinen. Juntas, sus vidas transcurren en un hospital que, como antes lo fue el supermercado -en Mano de obra (2002)-, es el micromundo, el laboratorio, en el que Diamela Eltit observa la situación del sujeto en la actualidad. Pero más que el tema, como ya es frecuente en sus novelas, lo que avanza en estas páginas es la exploración de la escritura. "Escritura como praxis, como dilema, como sed estética; tú sabes que a mí me interesa mucho la letra como arma y como soporte", explica.

-Aquí vuelvo a plantearme algunas preguntas; básicamente, yo intenté, en el sentido más técnico pero también más cercano a la letra, mantener la linealidad ocupando el fragmento. Antes había trabajado el fragmento, pero como otro espacio, como un nicho que se abría. En este libro, en cambio, trabajé en el microespacio de lo lineal desde la fragmentación. Ese fue el nuevo momento que se me abrió como escritora; y fue muy estimulante. Mi gran tema son las estéticas literarias, porque sin ellas no puedes sostener nada; por supuesto, los relatos me son importantes, pero el relato tiene que tener un sustento poderoso en mi mirada, en mi proyecto y en mi deseo también. Más allá de la realidad del resultado, es una fuerte apuesta a las estéticas.

-Pareciera que estas mujeres son menos oprimidas que las de tus relatos anteriores. ¿Ha cambiado su situación?

-La pareja madre-hija es la más compleja y también la más debilitada frente a los poderes, frente a la historia, frente a la vida en general. Es una pareja muy intensa pero también muy frágil. Pero claro, son dos, y dos es más que uno. Yo pienso que eso que tú percibes, que no son vencidas, que tienen una mirada, que son dueñas de esa mirada, es también porque son dos. Sentí que por ser la pareja más debilitada, con sus pros y sus contras, era un ensamblaje más complejo, más tenso. Yo he frecuentado la relación madre e hija desde mi segunda novela, y aquí quise, tal vez majaderamente, volver sobre mis temas. Creo que más allá de cualquier biografía, éste es transversal a todos nosotros. Es un tema sensible, fundacional, en sus lados más luminosos y más oscuros.

-¿Por qué elegiste el hospital como espacio alegórico, así como en "Mano de obra" fue el supermercado?

-Porque creo que ahí también hay una sed muy grande de poder, quise alegorizar eso como síntoma y espacio de poder y porque es el lugar del cuerpo, la tecnología del cuerpo. Estamos en una etapa cada vez más biológica donde el sujeto y sus órganos se están separando. Pero también hay un trabajo intenso de una medicina que no tiene ya fronteras; que se piensa y se trabaja a sí misma de una manera que no necesariamente está ligada a la idea de sujeto. Creo que se está separando cada vez más la experimentación médica del sujeto. Si el cuerpo ha sido uno de mis intereses, este cuerpo del siglo XXI, este cuerpo más bifurcado, volvió a ser urgente.

-¿Qué importancia tiene el contexto en tus obras?

-Yo creo que hay un presente, pero ese presente no se puede nunca separar de su pasado. Entonces pensé en ese momento iniciático del discurso anarquista, no de cómo se hizo la praxis anarquista, ese es otro tema, sino el discurso anarquista que se puso en un lugar muy interesante que era "ni con el mercado ni con el Estado". Yo quise poner también esa instancia intermedia entre el cuerpo sin límite, manejado por las prácticas capitalistas, que son todas las prácticas estéticas, por ejemplo, y que todavía no sabemos qué resultado van a tener sobre los cuerpos. Y el otro momento, que es el de los órganos. No quiero decir que estoy en contra de la donación de órganos, pero hay que notar que en un periodo de hipercapitalismo el sujeto no sólo tiene que producir su trabajo equis, sino además, producir órganos; le entrega al sistema sus órganos y esos órganos circulan como antes circulaba el dinero. Eso quise trabajar y restablecer a través del pensamiento anarquista que se formó en las mutuales; quise volver a una comunidad más sensible.

-El libro entonces es un paso más allá de "Mano de Obra", donde el individuo era considerado en cuanto cliente y consumidor.

-Mi punto era tratar de construir una utopía en la que lo que tenemos en una sociedad difícil como la que vivimos es la patria del cuerpo. La patria ya no está en lo que pudo haber sido mi segunda novela ( Por la Patria , 1986), en el aparato social, sino en el cuerpo, el territorio del cuerpo, la patria del cuerpo, la nación del cuerpo. A lo mejor esto que estoy diciendo es mi propia utopía porque no está ni cerca de lo que es la novela.

-En tu libro hay una mirada crítica sobre el Bicentenario, ¿es tu aporte a la reflexión en torno a esta fecha?

-Pienso que estos doscientos años, y sobre todo posterremoto, son bien complejos para ver qué se hizo. Qué fue la república, qué se hizo en la post colonia; es complicado leerlo ahora, por la situación espantosa, no necesariamente que ocasionó el terremoto sino que mostró el terremoto, que la mitad del territorio era frágil, sobre todo para millones de ciudadanos. Este Bicentenario también es elocuente para medir cuáles fueron las políticas y las imaginaciones sociales; también es un momento para preguntar qué pasó, políticamente, en el sentido de las élites que manejaron este país. Tú miras y puedes decir ahí está el resultado de este terremoto, una fragilidad terrible. El último gran levantamiento popular que hubo en Chile fueron las protestas que empezaron el 83 y lo que se veía ahí, algo que todavía no se ha hablado lo suficiente, es que las casas eran tan frágiles que las balas entraban adentro de las casas y mataban niños, ancianos, trabajadores. Eso vuelve a aparecer ahora, y es una metáfora también: las casas son demasiado frágiles, no resisten. Entonces, qué hicieron nuestras élites durante doscientos años. Es una pregunta que se les hace a todos, sin excepción.

 Premio Nacional de Literatura: "Los escritores chilenos tenemos un poder"

-¿Por qué este año no postulaste al Premio Nacional de Literatura?

-Yo no he tenido premios, tú sabes, pero tampoco he aspirado a premios. Y no sé por qué, puede ser un síntoma de locura mía entre los muchos que tengo. Entonces pensé que yo tenía que ocupar mis energías en lo que yo creo; seguir fiel a un trazado literario, a pesar de que eso pueda haber generado tensiones. No digo que soy indiferente a las voces externas, pero no logran cambiar mi rumbo. Y hay una voz interna que me dice no. No porque yo tenga una situación en la cual pueda prescindir de un premio de esa naturaleza, no es eso; pero, por otro lado, yo me puedo reacomodar a todo lo que sea necesario, he escrito en muchas situaciones, ese no es mi tema. Mi tema es seguir escribiendo y ser fiel, aunque suene un poco siútico, a mi propia dignidad personal.

-¿Crees que hiciste una concesión la vez anterior, cuando aceptaste que te postularán?

-La vez pasada yo sentí que mis posibilidades eran nulas, y eso te lo pueden decir todos mis cercanos porque no hubo un instante en que imaginara que lo podía recibir. Pero sí pensé que se podía abrir un espacio discursivo en un momento en el que estaba bastante anestesiado el medio, y en el que había peleas personales. Yo quise entrar en el tema de la democracia: que había una desigualdad sostenida respecto de las escritoras, avalada por todo el establishment, por toda la historia literaria. Pero ahora eso ya no era necesario. Yo tengo claro que no soy una persona de consensos; nadie más que yo tiene lucidez sobre el lugar que ocupo, entonces ¿por qué me voy a exponer a esa idea del premio, si no soy de consenso?

-¿Qué espacio hay que abrir ahora?

-Tú sabes que no es necesario presentarse para que lo den. En eso estamos claros. No es que yo no me presente para que me lo den, porque sería completamente sicótico pensar de esa manera; pero esta es una botella al agua que estoy lanzando ahora: los escritores chilenos tenemos un poder. Y nuestro poder es no presentarnos al Premio Nacional de Literatura. Esto lo digo tal como la otra vez (en 2006) te hablé de la democracia, sabiendo que yo no me iba a ganar el premio. Tenemos que empezar a pensar como comunidad, de una manera más radical. Tal vez ese es el trabajo del porvenir que tenemos los escritores chilenos: no obedecer tan linealmente órdenes que ni siquiera existen.



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Foto:ALEX VALDEZ

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