Peor es mascar lauchas

 

D inero fácil (Suma de Letras, $14.900), de Jens Lapidus, primera parte de la Trilogía de Estocolmo, se anuncia como el nuevo fenómeno de la novela negra después del éxito mundial de Stieg Larsson. Lapidus vendió una tirada de 400 mil ejemplares en menos de un mes y en estos momentos se empina entre los primeros lugares de escritores más leídos en su país y en Europa. Sin embargo, Larsson, autor efectista y de discutible talento, se parece a Flaubert en comparación con Lapidus, con una gran diferencia en favor del último si en el presente se desea una fama inmediata: violencia a destajo y en escalada gradual, mezcla de ambientes dispares -hampa y pobreza junto a sofisticación y lujo, que alcanza incluso a la familia real escandinava-, exceso de acción en cada capítulo, hasta el punto en que la pregunta ¿qué va a pasar ahora? es inevitable mientras leemos un tomo que supera las 600 páginas.

Los protagonistas son tres sujetos comprometidos en el tráfico de cocaína, la trata de blancas, el chantaje, el lavado de dinero y otros graves delitos que parecen ser el pan de cada día entre los nórdicos: el chileno Jorge Salinas, el serbio Mrado Slovovic y el joven vikingo Johan Westlund.

Nuestro compatriota cumple pena de presidio por culpa de la mafia yugoslava, que lo abandonó a su suerte. Quiso salir del oscuro gueto latino y se embarcó en una veloz carrera como vendedor de alcaloides para Radovan Kranjic, capo de los despiadados criminales que controlan la distribución de estupefacientes. Lleva a cabo una espectacular fuga de una cárcel de alta seguridad y vuelve a las andadas, pero su propósito central es vengarse del temible Radovan. Mrado, por su parte, es un gigante fisicoculturista que ha matado con sus propias manos a muchas personas, apenas controla la rabia que hace presa de él por un quítame allá esas pajas, se cree el eje de la organización de Radovan, sin darse cuenta de que es un simple peón que está causando demasiados estorbos y todos quieren deshacerse de este lastre. Johan, el único nativo, se hace llamar J W, estudia economía y ha logrado deslizarse en los sectores más acomodados de la sociedad, proporcionándoles estimulantes de elevada pureza y participando en sus fiestas en una veloz carrera hacia el poder. Su único problema es el recuerdo de Camilla, la hermana mayor que desapareció en misteriosas circunstancias; encontrarla parece imposible por la obediencia que debe a Abdulkarim, quien mezcla las fechorías y la religión.

Definir el estilo de Lapidus es difícil, porque carece de él y tenemos, en cambio, una jerga telegráfica -hoy se diría del messenger o el twitte r -, hecha de oraciones sin sujeto o predicado, de frases con una palabra, de interjecciones, de repiqueteos verbales que reflejarían el habla de sus personajes. La traducción es pésima y debe haberse hecho a la rápida para la expedita circulación del volumen. Así, hay que tragar el dialecto de los bajos fondos españoles, muy distinto al de los asesinos latinoamericanos y si bien es posible entender algunos vocablos -farlopa, perico, pasma-, comprender otros por su repetición -monos son los gendarmes-, ni siquiera un especialista sospecha qué son los pijos, los macarras, los guais, los sueños bling bling, etc. Desde luego, Lapidus descansa en la jerigonza computacional y tecnológica, aun cuando su especialidad son las marcas y las proporciona en tal cantidad que, por más que cualquiera sepa lo que significan Christian Dior, Adidas o Gucci, nadie puede estar al día en los miles de distintivos para zapatillas, poleras, perfumes, accesorios y toda clase de cosas que la gente usa o se pone.

¿Dónde reside el mérito de Dinero fácil , una narración elemental, ingrata, a ratos inaguantable? En primer lugar, en la morbosidad. Lapidus apela a los instintos más bajos del lector y a juzgar por las utilidades que recibe, lo sabe hacer. Esto es, claro, una virtud dudosa; con todo, se requiere oficio para mantener una forma de suspenso consistente en el insólito nivel de truculencia del relato. En segundo lugar, la historia se lee de corrido gracias a la variedad de lugares que presenta, dentro del reducidísimo espacio donde poca gente parece dominar a toda una nación y controlarla para fines ilícitos.

Dinero fácil es interesante al revelar, otra vez, cuáles son las tendencias de las editoriales y las inclinaciones de los compradores de libros. No es un futuro promisorio, pero puede ser preferible a estar todo el día ante la televisión o con el computador encendido.

 


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