Marín

 

Se hace difícil afirmar seriamente que un escritor es el más importante de su generación, de su lengua, de su país o de los últimos treinta años. Este tipo de apreciación no tiene que ver con la ondulante deriva de la lectura sino más bien con la retórica de las contratapas. Además presupone que aparte de lector uno debería ser el juez de una especie de competencia.

Cuando un libro me resulta deslumbrante y me deja la inquietud de haber descubierto a través suyo algo de lo cual antes no tenía sino una intuición borrosa, no se me ocurre pensar que su autor le ha ganado el terreno a los demás. Prefiero dejar que el placer o la emoción de la lectura siga haciendo efecto en mí. Durante un tiempo puede ser que se me repitan en la mente algunas de las frases leídas -o su pura cadencia- y al salir a la calle es probable que la realidad se me aparezca vagamente teñida por las atmósferas literarias que acabo de dejar atrás.

Yo estaría tentado de hablar de Germán Marín en esos términos: decir que es el narrador chileno más sólido, contundente, imprescindible de la actualidad. Pero claro, esas palabras sólo meten ruido y no dan cuenta justa de mi entusiasmo o admiración. No es su importancia en el mapa de las letras lo que me atrae de Marín, sino el mundo que ha ido construyendo en sus libros, al cual cada vez agrega nuevas zonas, otras perspectivas.

Marín publicó hace poco tiempo Compases al amanecer , un conjunto de breves relatos. Esta novedad nos señala en primer lugar que el narrador de sus obras anteriores -cuya jubilación o retiro ha sido anunciado por el autor- aún no se extingue y necesita proseguir el avance de su lenta y caudalosa corriente.

El espacio narrativo de Germán Marín es el más cercano que uno puede concebir al de la realidad misma: es decir, un plano hecho con las transparencias de la memoria, del presente, del olvido, del sueño, del lenguaje, de la autobiografía, de la ficción. No es arbitraria en este caso la elección del título, por cuanto "Compases al amanecer", el fantasmal programa radial nocturno de Julio Tapia, tenía la propiedad -como se señala en la nota inicial del libro- de proyectar la mente de sus auditores de las horas quietas hacia otros desconocidos reductos de la ciudad, cuchitriles, cabinas de nocheros, piezas de insomnes, radiotaxis, fuentes de soda de barrios lejanos. Un programa con música del recuerdo, hoy ya olvidado.

De este libro reciente se pueden sacar más conclusiones: que si bien Marín no tiene otra cosa en mente que narrar, evocar, analizar incluso los hechos, descubriendo de paso algo así como el espesor de la experiencia, su lenguaje tiende siempre un poco a la poesía. No me refiero a que utilice ademanes de poeta, ¡jamás!, sino a que la relación de sus palabras y lo que muestran -lo que se logra uno representar mediante ellas- consigue muchas veces la súbita y fugaz iluminación de lo que creemos entender por epifanía.

 


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