Esparta y las mujeres

Adán Méndez 

Entre las tantas peculiaridades espartanas se menciona menos de lo debido a sus mujeres. En la Antigüedad merecían mucha atención. Mejor dicho, provocaban mucha inquietud. Aristóteles sostuvo, incluso, que Esparta era una especie de ginocracia.

Dos derechos básicos tenían las espartanas, negados por el mundo griego a las mujeres: el derecho a la propiedad y el derecho al adulterio. Esto, dicho en líneas muy gruesas, pero en todo caso eran dueñas de sí mismas en un grado escandaloso para el resto de los griegos. Estaban, además, bastante libres de labores domésticas y de los afanes de la crianza, tarea en su mayor parte de esclavos y del Estado. Recibían además educación pública, centrada en la formación gimnástica, de manera que deslumbraban y espantaban por su carácter y belleza. El hecho de que se las tratara de "muestra muslos" también indicará alguna cosa. Esposas de guerreros, no se esperaba de ellas, sin embargo, que fueran viudas invisibles, como les recomienda Pericles a las atenienses. Se esperaba que asumieran su pérdida con entereza y hasta con buen ánimo, y que retomaran cuanto antes sus vidas.

Puede que una muy buena síntesis de la excepción espartana sea la respuesta de la reina Gorgo cuando le preguntaron cómo podía ser que sólo las mujeres de Esparta lograsen dominar a sus hombres. Respuesta: "Porque sólo nosotras parimos hombres". Inmejorable ejemplo de laconismo, mejor incluso que la famosísima respuesta de su marido a la observación de que eran tantos los arqueros persas que las flechas cubrirían el sol: "Entonces pelearemos a la sombra". La frase de Gorgo es más amplia y compleja, se retuerce sinuosa, tiene compartimentos escondidos. Plantea una definición de hombre que repugna al mundo antiguo, y también a casi todo el moderno. El hombre lo sería sólo en Esparta, porque sólo en Esparta las mujeres eran sus iguales, si es que no algo más que eso. Hay un apotegma contemporáneo que guarda mucha relación con este particular. En alguna entrevista, Borges declaró que no disfrutaba las reuniones sociales en que no había mujeres, que los grupos formados sólo por hombres le daban un poco de pena: "Son como chicos... que nunca crecieron...".

De la épica espartana ha circulado siempre información más que suficiente. Este libro exalta, rebaja y desordena esa información. Es divertido y tranquilizante apreciar las manchas en el currículo épico de los vencedores de Atenas. Como supongo que les pasa a casi todos los helenistas amateurs, desde la infancia he sentido la Guerra del Peloponeso como una derrota irreparable. Cuando se dice -con mucha razón y mucha tontería- que nosotros somos los griegos, casi siempre se está diciendo que nosotros somos los atenienses. Nuestra utopía es democrática, filosófica, artística, retórica. Sólo por esto he visto varias veces la película "Invasión", de Paul Verhoeven. Hay ahí una fenomenal y muy plausible reformulación de los valores espartanos, incluido el radical cara a cara entre hombres y mujeres.

 


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Los espartanos Paul Cartledge Editorial Ariel, Barcelona, 2009, 302 páginas, $27.000. HISTORIA
Los espartanos Paul Cartledge Editorial Ariel, Barcelona, 2009, 302 páginas, $27.000. HISTORIA


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