Eduardo Barrios: aproximaciones a un "Gran Señor"

El éxito de su libro "El niño que enloqueció de amor" no debe opacar el resto de la obra del escritor Eduardo Barrios. En el conjunto de ella destaca "Gran Señor y Rajadiablos", novela que permite diversas interpretaciones y sigue editándose hasta ahora.  

 

En alguna parte de la novela Umbral , de Juan Emar (1893-1964), ocurre una mención directa al escritor Eduardo Barrios (1884-1963), quien, curiosamente, aparece retratado a título de jugador de dominó, sin duda una actividad con escasas credenciales literarias. "Después del almuerzo -escribe Emar- me fui al salón con mi amigo Eduardo Barrios a jugar una partida de nuestro dominó. Digo 'nuestro', pues es un dominó inventado por nosotros dos, hace algunos años, durante las largas tardes y noches invernales...". El pasaje, tal vez precisamente a causa de su tono íntimo y prosaico, provoca cierto escándalo en el contexto de una obra deliberadamente modernista como lo es Umbral ; sobre todo porque el lector no iniciado difícilmente esperaría encontrarse al autor de Gran Señor y Rajadiablos (1948), novela modelo de corrección formal y conformismo ideológico, introducido en una ficción vanguardista. La paradoja tiene ciertamente una explicación biográfica.

Siendo Barrios cuñado de Emar, el primero fue invitado por éste al fundo "La Marquesa", propiedad que Emar había adquirido tras recibir, según se sabe, una cuantiosa herencia. A decir verdad, Emar, parisino de adopción cuya permanencia en Chile equivalía casi a un ostracismo, realizó la compra por recomendación del propio Barrios, quien se mostró entusiasta ante la idea de reconvertirse a las tareas agrícolas. Por supuesto, tal elección no era del todo descabellada para este último, cuya juventud estuvo marcada por el desarraigo y la búsqueda, a menudo fallida, de oportunidades laborales tanto en Chile como en el extranjero.

Antiguo tolstoiano, Eduardo Barrios había militado en la Generación de los Diez al tiempo que escribía sus primeras obras, entre ellas la exitosa El niño que enloqueció de amor (1914), para después ejercer en el periodismo y en la administración pública. De tal suerte, la experiencia nativista, rousseauniana en suma, fue esencial a sus "años de aprendizaje" como escritor: de ahí su paso por la Colonia de artistas presidida por D'Halmar. Pero este regreso a lo natural, a las realidades primitivas del campo y sus hombres, no era sino un espejismo de la Angst urbana, percibida como claustrofóbica y decadente. Lo interesante del caso es que dos obras aparentemente tan ajenas, como lo son Umbral y Gran Señor y Rajadiablos , ubicadas en las antípodas una respecto de la otra, escondan vasos comunicantes, parentescos insospechados.

Ambas novelas tienen por escenario e inspiración el fundo "La Marquesa", cerca de Leyda, un retazo aislado del sistema de haciendas que los jesuitas explotaron hasta el siglo XVIII, para luego pasar a manos seculares. Un buceo en los archivos del extinto Sergio Fernández Larraín podría ilustrarnos en detalle sobre la historia del lugar, cuestión que por otra parte no nos concierne abordar aquí. Como quiera que fuese, el escritor Juan Emar, en su calidad de nuevo propietario, llevó al fundo a una inédita corte de huéspedes, en su mayoría miembros del exilio republicano español, así como a hombres de letras locales. El ambiente en "La Marquesa" no era, pues, precisamente bucólico, sino animado por la discusión inteligente y cierto tono vital bohemio. En este marco se inscribe, después de todo, la escena del "dominó inventado" a que aludiera Emar, ese extraño vis-à-vis entre el vanguardista y el ortodoxo. Críticos como Adriana Valdés han reparado antes en este punto, si bien le han brindado un análisis tangencial.

Épica del patrón rural

El mundo rural descrito en Gran Señor y Rajadiablos es una sucesión de crueles epifanías, dominadas por la muerte y el sexo, aunque plasmados en versiones más bien convencionales y edulcoradas. A su vez, sobre este telón de fondo se despliega el carisma autoritario, y aun sádico, de su protagonista, José Valverde, un terrateniente que logra vencer la rebeldía del medio y de sus hombres. Cacique en la Melipilla del 1880, su misión es a la vez policíaca y civilizatoria, erradicando el cuatrerismo y el abigeato, para establecer así la autarquía económica y social de su hacienda. Pero Valverde es un conservador pragmático, sin beaterías extremas, salvo por una erupción de piedad religiosa en el otoño de su vida. Con todo, su psicología es ambivalente, sobrellevando una existencia desgarrada entre los imperativos del moralismo patriarcal y la servidumbre de la carne, si es que hay un conflicto genuino en ello. El tono de la acción es vertiginoso, a ratos hiperventilado. Abundan episodios de flagelación a bandoleros, anécdotas que Barrios muestra no sin complacencia, como si estas ordalías de sangre viniesen a suplir el tratamiento púdico y elíptico del sexo.

Peculiar bifurcación. A diferencia de Barrios, Emar da cuenta de un microcosmos de caracteres perezosos e inerciales. En efecto, sus tipos humanos, perdidos en lo absurdo, parecen cortados sobre el molde de Oblomov , aquella novela de Goncharov, también de ambientación campestre, donde el protagonista sólo se levanta de la cama en la página 150. Acaso, hasta cierto punto, tanto Gran Señor y Rajadiablos como la redacción coetánea de Umbral admitan leerse como dobles paródicos ["bajtinianos", siendo uno la carnavalización del otro]. He aquí dos espejos deformantes espiando un único objeto, reflejando un tema existencial común a ambos autores: la experiencia del campo como introversión, como refugio. A fin de cuentas, Barrios emprendió la escritura de lo que él llamó "su novela criollista" luego de un receso de veinte años, tiempo en que no publicó sino una novela quizá menor, Tamarugal (1948), también de inspiración vernácula. Acogido por su cuñado en "La Marquesa", un Juan Emar que escapaba de la fría recepción a su obra temprana, Barrios se benefició de la atmósfera del fundo para incubar en ella viejas obsesiones. Su cristalización fue esa desmesurada épica del patrón rural, una mitología responsable de perpetuar un estereotipo que hará escuela en teleseries y la opinión extendida.

¿Metáfora elogiosa

del "dictador bueno"?

Aunque suene extraño, Gran Señor y Rajadiablos es entre otras cosas un exorcismo. Si la fábula encierra una lección, o más concretamente una lección política, es la necesidad que tiene la comunidad de un "hombre fuerte". Es decir, un auténtico catalizador de las potencialidades del grupo, cuya expansión de voluntad -aunque suscite efectos colaterales perniciosos- debe disculparse en virtud de sus conquistas morales y materiales. La novela de Barrios, si bien celebrada con reservas por Alone y Latcham, al tiempo que elogiada y defendida por la Mistral, halló una respuesta perpleja en críticos como Mario Ferrero: "En su visión realista del campo chileno, Barrios se despreocupa absolutamente del inquilino, del afuerino, del peón agrícola y del mediero, los auténticos héroes de cualquier creación literaria de la vida campesina nacional, para fijar -continúa Mario Ferrero- toda su atención en el señor feudal de nuestros campos, el rico agricultor héroe de leyenda".

Eduardo Barrios era lo que se consideraba entonces un hombre de izquierdas. En consecuencia, ¿por qué consagró semejante canto de cisne al terrateniente del Valle Central, en quien Barrios hacía encarnar todos los valores viriles, y cuya violencia excusaba como un corolario menor de su vitalidad seminal? Como es sabido, Barrios se desempeñó como funcionario de la Administración de Ibáñez del Campo, ocupando cargos importantes en las áreas de Educación. Podemos especular -aunque con riesgo de error- que el "estilo político" de Ibáñez, tributario del populismo autoritario y de la retórica antioligárquica, "desarrollista", no le resultara del todo antipático a Barrios. ¿Es posible admitir que Gran Señor y Rajadiablos sea una metáfora elogiosa del "hombre fuerte" político, del "dictador bueno" que muere solo? O en todo caso un epitafio indulgente, un testamento... Aun así, interesa saber que Eduardo Barrios renunció a todos sus cargos públicos cuando la salida de Ibáñez del Campo, dedicándose, esta vez, de lleno a las actividades agrícolas.

Sintomáticamente, el terrateniente José Valverde exhibe rasgos que podemos calificar de "desarrollistas" o "modernizadores", los que contribuyen, sin duda, a dotar al personaje de un perfil ideológico un tanto incoherente, al menos históricamente hablando. El protagonista creado por Barrios es distinguido por la amistad o confianza de mentores políticos como Vicuña Mackenna y Balmaceda, modernizadores liberales que mal se avienen con la adscripción "al partido del orden" (Conservador), al cual declara pertenecer Valverde, quien termina sus días destilando licor ilegal y poniendo en el cepo a carabineros y demás fiscalizadores. Asistimos, pues, al derroche de energía en que se empeña Valverde por canalizar e irrigar sus terrenos de rulo, lo que recuerda la pasión hidráulica del propio Balmaceda inventando mecanismos de regadío en sus tierras. En el fondo, el patrón de fundo José Valverde es un defensor de cierta "modernidad reaccionaria", que admite la trilladora pero mantiene el castigo físico para los peones. En este sentido, el malentendido de buena parte de la crítica es tomar a Gran Señor y Rajadiablos como una novela de indagación histórica o sociológica. Su fidelidad debe buscarse en la introspección psicológica y existencial; es decir, en la autobiografía.

En un balance final, debe admitirse que Barrios escribió una pastoral magnífica, documentada con celo virtualmente etnográfico. Pero el "telurismo" de la novela de Barrios aparece en dosis harto justificadas, y esto se debe, con seguridad, a una pertenencia lacunaria -incompleta en suma- a su "comunidad de destino". Nacido en Lima de padre chileno, tempranamente desertó de la Escuela Militar y peregrinó por los más diversos oficios y lugares del continente hasta desembocar en el ejercicio literario. "También yo aventuré -escribió Barrios sobre sus memorias de nómada- tras el 'oro negro' [...] Navegué ríos sin poder apreciar su longitud, viendo de ellos sólo un recodo precedido y seguido por recodos sin cuenta, y entre matorrales gigantescos donde son fieras la hormiga, el pez, el reptil, la alimaña, el salvaje, y es feroz aun el suelo empapado y caliente como una matriz enfurecida". La urgencia de arraigo, de "territorializarse", de reclamar un canon con el cual medirse, lo condujo, eventualmente, a "usurpar" un imaginario prestigioso como lo es el del terrateniente del Valle Central. Así, pues, Gran Señor y Rajadiablos sigue siendo una obra fértil en interpretaciones, que exige una relectura a la vez comprometida y desprejuiciada.

 


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Gran señor y rajadiablos y Los hombres del hombre fueron reeditados en julio como parte de la colección Clásicos Chilenos de Andés Bello.
"Gran señor y rajadiablos" y "Los hombres del hombre" fueron reeditados en julio como parte de la colección Clásicos Chilenos de Andés Bello.

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