Los grandes sueldos dieron paso a la reducción de personal:
El duro contraste entre los años de gloria y el declive de Canal 13

La compra de dos tercios del Canal 13 por parte del grupo Luksic marca el fin de una era de pérdida de liderazgo en audiencia, ajustes de presupuesto y números rojos. Pero ex funcionarios del canal dicen que entre los años 70 y la muerte de Eleodoro Rodríguez Matte en 1998, el 13 era un gran lugar para trabajar, donde los sueldos por sobre los valores de mercado eran la norma.  

I. Bazán, M. Bakit y C. Carreño 

Mónica Cerda, emblemática periodista del área de prensa de Canal 13, dice que el año en que se fue del canal, el 2000, se contrató a cuatro periodistas con su sueldo.

Iba para cumplir 20 años en el canal.

Ese mismo año, la administración de Jaime Bellolio había congelado los salarios, recortándolos en un 30%. Y desde antes, durante la administración de Rodrigo Jordán -justo después de la muerte de Eleodoro Rodríguez-se había empezado con la externalización de labores.

Nadie en Canal 13 vio venir esos cambios. Aunque los problemas económicos habían empezado antes de la muerte de Eleodoro Rodríguez Matte, pocos funcionarios alcanzaron a darse cuenta. De hecho, los despidos masivos no empezaron hasta después de su funeral: de 1.300 funcionarios en 1998, el canal pasó a tener 800 trabajadores a principios del 2000.

"Se hablaba de que había que recortar recursos, pero nos mandaban maquilladores de México", cuenta Mónica Cerda. "Cuando dejé el canal, me fui a despedir del director. 'Me voy porque prensa apesta', le dije. Él me respondió: 'todo el canal apesta'".

Las decisiones editoriales empezaron a cruzarse con las decisiones comerciales. Los cambios de logo, la salida del angelito como mascota del canal, además de la llegada de Los Simpson y la tevé reality le restaron poder a su misión editorial: "Era una de las marcas más queridas por el público chileno", dice Karin Ebensperger. "Aunque hubiera una cadena nacional, el rating se iba disparado al Canal 13. La gente le tenía cariño".

Los antiguos periodistas de prensa del canal tienden a asociar esa credibilidad con la mayor libertad que tenían para informar durante el régimen militar, un plus que tenían por sobre TVN, en esos momentos, su única competencia.

"El año 88 todo el canal se volcó en dar una tremenda cobertura, porque íbamos a tener toda la credibilidad y toda la sintonía el día del Plebiscito", dice Jorge Díaz, ex hombre ancla del canal y reportero entre 1981 y 2002. "Yo hacía el turno de noche, cuando los conductores del programa central de la transmisión vieron que había desconcierto y se fueron. Estaba solo en el Departamento de Prensa, y aparece Gonzalo Bertrán preguntándome adónde están, y me sentaron a transmitir desde las 12 de la noche hasta las 3 y tanto de la mañana, mientras en TVN no había nada. Claudio Sánchez estaba en el Diego Portales y la María Isabel Matte estaba en La Moneda. Pimponeamos para un lado y otro, hasta que apareció Cardemil a entregar los resultados y terminamos ahí. Tuvimos toda la sintonía y la credibilidad".

Esa línea editorial que en los 80 y principios de los 90 les jugaba a favor, empezó a transformarse en una carga a medida que TVN se empezó a convertir en una competencia real y más conectada con un Chile pluralista. Eso, además del pujante ingreso a la industria de otros tres canales privados, empezó a hacer evidente el conflicto que tenía el canal para competir respetando a la vez su marco valórico.

"No te podías salir de la línea editorial, bastaba una mala palabra para que inmediatamente llegaran miles de llamados y cartas", dice Paz Ricart, directora de comunicaciones del canal entre el 2000 y 2004. "Simplemente, no podíamos compatibilizar la universidad y la Iglesia con lo comercial".

Los años dorados

Durante los años de la administración Rodríguez Matte, entre 1974 y 1998, Canal 13 se posicionó como una gran empresa para trabajar. Los sueldos eran muy superiores a lo que se pagaba en el mercado, y en la calle Lira, y luego en Inés Matte Urrejola, se sabía cuando el día anterior se había pagado un bono con sólo mirar el estacionamiento: "Inmediatamente aparecían varios autos nuevos", cuenta un reportero que trabajó en el canal durante los años de bonanza.

"Con el dinero ganado adelanté el pago de mi departamento, me compré casa, y muchos otros lo hacían también", cuenta Mónica Cerda. "Me fascinaba que Canal 13 fuera uno de los pocos lugares en este país donde la diferencia entre el que ganaba más y el último no era tan grande. Se pagaba muy bien".

Otros ex funcionarios, incluso, cuentan que para Navidad los regalos que entregaba la empresa eran tan buenos, que no les compraban regalos a sus hijos: en el árbol de pascua ponían los presentes de Canal 13 haciéndolos pasar como propios.

Las fiestas de aniversario del canal eran legendarias. Se traía al banquetero del Hotel Carrera y se ocupaban todos los patios del canal. La celebración era transversal y no había distinción de rango. Los que eran llamados para sentarse en la mesa eran auténticos "elegidos", que además compartían con las máximas autoridades del canal y de la universidad.

Debido a los "baldes y baldes de whisky" que aparecían ese día, según funcionarios de la época, se daba un minuto de confianza. Al mejor estilo del Japening con Ja, un jefe de camarógrafos se encargaba de echar del canal a los directivos, incluido Eleodoro Rodríguez. El ritual se repetía año tras año.

En la misma fiesta era común ver a los funcionarios más humildes bailando cumbia junto a los más altos ejecutivos.

"El canal era como una gran familia, había mucha confianza y mística", dice Jorge Díaz.

Los sueldos eran tan buenos, que el sindicato era casi inexistente. "Lo que en su momento no importó, se convirtió en fundamental tras la muerte de don Eleodoro", dice un ex funcionario. "No había fuerza para impedir que despidieran gente con "pala", como pasó".

"Éramos tan pateros, que el sindicato eligió varios años como el mejor empleador al Canal 13", cuenta Mónica Cerda. "Hicieron una villa, un balneario en Maitencillo para los funcionarios, y las calles de la villa se llamaban Eleodoro Rodríguez, Juan Agustín Vargas, nombres de los directivos mayores".

A pesar de los bruscos cambios desde la muerte de Rodríguez, Jorge Díaz ve con buenos ojos la llegada del grupo Luksic al 13: "Ellos no están ajenos a los valores históricos del canal, pero creo que están preparando un buen salto para cuando debute la televisión digital en Chile. El escenario estará preparado, tanto para hacer televisión comercial como televisión con contenido. Y, probablemente, van a querer sacar partido de ambos formatos".

 El fracaso de Canal 13

La venta de Canal 13 al grupo Luksic es, no cabe duda, un buen negocio desde el punto de vista económico. El canal podrá respirar sin deudas. Y es probable que la pérdida de rating -ese fracaso de todos los días- por fin cese.

Todo parece estar bien entonces.

Pero no.

La racionalidad económica no permite responder las preguntas que una operación como esta plantea cuando se la mira desde el ángulo político y cultural.

Ante todo, ella pone de manifiesto -una vez más- cuánto han cambiado los principios a cuya luz se fundó la televisión chilena.

Cuando nació, la televisión chilena lo hizo al amparo de un modelo parecido al que John Reith formuló para la BBC. La televisión -pensó Reith-- debía ser un mecanismo de ilustración de las masas ignorantes. Un magnífico mecanismo mediante el cual lo mejor de la cultura humana podía ser puesto a disposición de las grandes mayorías. Esa fue la razón de por qué la televisión chilena fue entregada a las Universidades y al Estado. ¿A qué otras instituciones podría ser confiada esa, en apariencia, espléndida tarea? Las Universidades y el Estado -ambos financiados con impuestos- podrían, sin los rigores de la industria, dedicarse a esa tarea civilizadora.

Ese modelo -que reposaba sobre una visión errada de la relación entre las masas y las élites- acaba de morir definitivamente.

Primero fue la Universidad de Chile con Chilevisión. Ahora es la Universidad Católica con Canal 13.

El control de ambas señales fue entregado a particulares (a Piñera el primero, el segundo a Luksic) a pesar de que las concesiones que las amparan no son susceptibles de enajenación. Pero -la necesidad tiene cara de hereje- incluso la Iglesia es capaz de hacer la vista gorda frente a esos detalles cuando se trata de dinero.

¿Por qué, sin embargo, una institución como la Iglesia Católica, anhelante de hegemonía, debió renunciar -contra su voluntad más íntima, no cabe duda- al control de uno de los más poderosos instrumentos de transmisión cultural?

La respuesta es obvia. En las condiciones modernas los medios deben ser capaces de seducir a las audiencias masivas. Y el canal católico -casi siempre en la disyuntiva de mostrar lo que a la gente le interesa o, en cambio, morderse la lengua- simplemente no pudo hacerlo. Se trata de una de las pruebas -una más- de la incapacidad de la Iglesia Católica para conectar con las audiencias masivas, con esos millones y millones de personas que, al final de la jornada, escapan de los agobios de la vida cotidiana mirando las ligerezas de la televisión.

Y el problema al que se quiere poner término con la venta del canal católico -el divorcio entre la audiencia masiva y la línea editorial y programática del canal 13- no es más que una manifestación, a escala, del problema más general que cierto tipo de catolicidad, justamente la que hoy impera en canal 13 y en la Iglesia, experimenta con los fenómenos asociados a la expansión del consumo, la individuación de las personas y la autonomía.

Porque las dificultades de canal 13 no sólo derivan de un déficit de gestión o de management . Sobre todo son producto del casi inevitable divorcio entre las convicciones del magisterio y la sensibilidad de las masas. Un producto de masas con la marca del magisterio -aunque suene terrible- aparece insincero, impostado y simplemente no vende. Equivale a ofrecer hierro de madera. Y en un mercado de audiencias masivas eso es simplemente fatal. ¿Cómo podrían las audiencias dejarse seducir por un canal que ostenta la marca de quienes se empeñan una y otra vez en decirles que su vida es torcida y los acerca al despeñadero?

La venta de canal 13 -eufemismos legales más o menos, de eso se trata- es, por eso, uno de los acontecimientos más significativos de la industria cultural. La Iglesia gana unos pesos y espanta unas deudas; pero pierde un poderoso instrumento de transmisión cultural. ¿Que Luksic es católico casi de misa diaria? Seguramente; pero es ante todo empresario, alguien que, con toda seguridad, está dispuesto a entender que la separación entre el mercado y la Iglesia es casi más profunda que la separación entre la Iglesia y el Estado.



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