Progresismo a la chilena

Jaime Bellolio 

Hace unos días escuché a un profesor universitario referirse a un texto de Heidegger sobre el por qué era mejor -para el filósofo y las personas en general- el permanecer "en provincia". Es decir, por qué no pensar y proponer desde lo propio más que estar viendo y copiando desde lo ajeno.

El "progresismo a la chilena" -ya sin empanadas ni vino tinto- ha sido un verdadero importador de ideas y proyectos de ley, primero desde Europa, hoy desde Argentina. No hay para qué volver a reinventar la rueda, alguno dirá. De acuerdo: buenas ideas merecen ser replicadas en distintas latitudes, pero no a medias -como el Transantiago- ni contrariando el alma del pueblo donde se implementarán. Hay cierta sabiduría en ello, como señalaba el filósofo.

La avalancha de descalificaciones de quienes se hacen llamar progresistas o liberales, frente a quienes nos oponemos al matrimonio homosexual, es algo sin parangón. En aquello evidentemente hay una gran contradicción, porque parece lo menos liberal y progresista que hay. Es lo que se ha llamado en múltiples ocasiones como la "intolerancia de los tolerantes", que no aceptan ninguna idea diferente a las suyas. Ni hablar de sostener la existencia de bienes comunes a todos los hombres.

En el fondo de la cuestión radica la pregunta fundamental: ¿debe el Estado proteger y dar forma jurídica a las múltiples posibilidades de las decisiones individuales? En mi opinión, no. A menos que creamos en un Estado protector que se yergue por sobre las personas, cual Leviatán de Hobbes.

¿Cuál sería entonces el interés del Estado en proteger y dar forma jurídica al matrimonio heterosexual. Cientos de estudios -tanto en la economía como en la psicología- muestran que quienes han crecido en lo que conocemos como una familia "tradicional" tienen grandes ventajas por sobre quienes no lo han hecho en prácticamente todas las áreas de la vida adulta, tales como mayor estabilidad emocional, mayor nivel educacional, mejor salud, mayores ingresos, etc. Por cierto que hay excepciones y que muchos hijos de matrimonios o uniones de hecho estuvieron mejor una vez disuelta tal unión.

Pero la discusión no puede quedarse sólo en un problema estadístico. La pregunta verdadera que debemos hacernos es qué es mejor para el ser humano, qué constituye un bien para nosotros. Y la respuesta surge de mirar con profundidad la naturaleza humana. El matrimonio, desde un punto de vista antropológico, surge naturalmente porque permite que un hombre y una mujer compartan un proyecto común, funden una familia y asuman la crianza de las nuevas generaciones. La ley no hace más que reconocer esta realidad y regularla en sus efectos jurídicos. Hay cierta sabiduría en ello...

Al mismo tiempo -si se habla de no discriminación- el principio de igualdad, para que en su aplicación realmente permita la justicia, exige tratar lo igual como igual y lo diferente como diferente. Este principio se quebraría si se diera a las parejas del mismo sexo un tratamiento jurídico semejante o equivalente al que corresponde a la pareja heterosexual.

Nuestro progresismo a la chilena ha olvidado la imprescindible conexión con lo más profundo de nuestra identidad. Cuánto me gustaría que, como parte de la celebración de nuestro Bicentenario, lográramos desde lo nuestro, desde nuestra "fértil provincia y señalada", que Chile fuese una fuente de exportación de buenas ideas más que tan sólo un importador de copias ajenas a nuestra identidad. Hay cierta sabiduría en ello.

 


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