La afamada periodista Tina Brown analiza el matrimonio de la hija de Hillary y Bill Clinton:
¿Por qué Estados Unidos necesitaba la boda de Chelsea?

Es una de las grandes ironías del ciclo de escándalos estadounidenses que los Clinton ahora sean considerados como una familia nuclear emblemática.  

TINA BROWN The Daily Beast, derechos exclusivos 

La semana pasada, me contaron, un tipo joven de excelente estado físico con un gorro rojo de béisbol estaba ejercitando como siempre en un gimnasio privado en el East Side de Manhattan cuando un joven como él con un gorro rojo de béisbol apareció en la televisión, intercalado con imágenes del ex Presidente de Estados Unidos, la actual secretaria de Estado y su hija que sonreía tímidamente. El joven no sólo se parecía a él; era él. Al verse él mismo, a su futura esposa y suegros, Marc Mezvinsky manifestó en forma incrédula, "¿Puedes creerlo?"

Bien por ti Marc.

Una de las cosas atractivas de la noticia de la boda de Chelsea Clinton es la forma en que ésta pareció tomar vuelo sin que las partes involucradas hablaran al respecto. Mientras más la novia, el novio y los ilustres padres insistían en que era privada, más la ciudadanía -o quizás sólo el grupo de revistas estadounidenses de chismes de celebridades- parecía sentir que la boda les pertenecía.

Hace un par de semanas, cuando vi una noticia que Oprah y Steven Spielberg estaban en la lista de invitados, pensé: Oh. ¿Los Clinton estaban cediendo a las presiones que rodean los matrimonios de famosos? ¿Estábamos destinados a ver el peinado tiritón de Donald Trump asomándose en la recepción o -Dios no, por favor- esa insigne infaltable de la Casa Blanca, Barbra Streisand, bajándose de una limusina?

La respuesta es no. Ni una sola celebridad de Hollywood, ni personero elegido, ni estrella de los medios estaba presente. De acuerdo, Mary Steenburgen y su marido Ted Danson estaban ahí, pero Mary es una antigua amiga de la familia desde la época en que Bill era gobernador en Arkansas. Ella a menudo viajó con Hillary en su avión cuando la senadora estaba postulando a la presidencia.

Hay diversas razones de por qué este hecho familiar pospresidencial en una mansión arrendada de Rhinebeck emitió las mejores vibras a pesar de tantas presiones externas para convertirlo en un espectáculo de la realeza (en el mejor de los casos) o hollywoodense (en el peor de los casos).

En primer lugar, está claro que Chelsea Clinton es un triunfo de los padres. Esta mujer de 30 años es inteligente, seria, serena y dedicada. Aunque es hija única, se ha adaptado muy bien a la extensa familia multirracial de su nuevo marido que incluye un hermano coreano adoptado y otros cuatro hermanos vietnamitas; dos de ellos fueron padrinos de boda. Ella logró esta sana adaptabilidad a pesar de que fue criada por dos padres determinados, famosos mundialmente cuya peor crisis matrimonial, que surgió exactamente cuando la joven entró a Stanford, se difundió globalmente en la forma más destemplada y vergonzosa posible.

Con una historia como ésa, Chelsea podría haber terminado en Phoenix House (organización de rehabilitación), o escribiendo un libro en el que contara todas las cosas vituperiosas de su papito querido. En cambio, los Clinton demostraron que su drama operático nunca obstruyó el amor por su hija. Hubo algunas vistas fugaces como la de Bill ayudando a Chelsea con su tarea escolar mientras sus asesores de campaña veían el debate de Ross Perot, o se pudo ver -como yo lo hice en 2008 en el avión de campaña de Hillary- a madre e hija cerrando firmemente la puerta de la cabina de primera clase de modo que ellas pudieron sacarse los zapatos, beber una copa de vino juntas y tomarse de las manos.

Es una de las grandes ironías del ciclo de escándalos estadounidenses que los Clinton ahora sean considerados como una familia nuclear emblemática; y su matrimonio, el que fue desechado muy a menudo como un "trato" basado en un frío oportunismo, sea considerado como una perspicaz definición poco romántica del vínculo amoroso.

En segundo lugar, los Clinton están disfrutando del síndrome de los buenos tiempos políticos. En vista de lo que ha sucedido desde entonces -dos guerras penosas, el grave problema de la deuda, 14 millones de desempleados- la mancha Lewinsky, los dramas de las acusaciones y la caza de brujas de Starr de los años de Clinton parecen un mal sueño. ¿No sabíamos lo afortunados que éramos por estar tan seguros? El matrimonio de Chelsea nos permitió recordar toda esa prosperidad, esos continuos superávit de Clinton. Ninguna guerra interminable; Bosnia y Kosovo resultaron más que bien. (Fue agradable ver, como un recordatorio de eso, a la primera señora secretaria, Albright, conversando hasta por los codos en Rhinebeck el sábado antes de la fiesta). Mientras tanto, Hillary, atacada y denostada durante el año de campaña, es ahora la miembro más popular del gobierno de Obama.

Claramente es un lazo adicional entre estas familias el que Marc y su madre, Marjorie Margolies-Mezvinsky, sepan algo sobre el mundo Clinton con el cual se están uniendo. Marc tuvo que soportar la feroz embestida de la prensa cuando su padre congresista Ed fue a prisión por fraude. Marjorie fue congresista por Pennsylvania un período y sacrificó su escaño en la Cámara en la grave situación del Contract With America en 1994 para hacer lo correcto y votar por la aprobación del primer presupuesto de Bill Clinton, otro acto criticado por sus alzas de impuestos en la época. (Parece un golpe maestro genial si se mira en retrospectiva). Hay carácter en esta nueva familia de Chelsea y un entendimiento del cruel pago de la vida pública.

Cuando vi a Bill Clinton en una cena hace uno o dos meses, él ya se estaba poniendo emotivo. "Se encontraron mutuamente", manifestó al referirse a Marc y Chelsea, como si fueran huérfanos en una tormenta, "y estos dos, realmente se aman. Vivo sólo para eso ahora; caminar con Chelsea hacia el altar".

Él lo logró, y ellos también. En las primeras páginas, ni Hillary ni Chelsea se habían visto jamás tan bellas y felices, ni el novio tan atractivo, o el libertino papá presidencial con una presencia tan de orgulloso estadista. Éstas fueron más que fotos familiares. Permitieron que una nación toda magullada se olvidara, por un momento, de los 10 años duros que hubo entremedio.

Tina Brown es fundadora y redactora jefe de The Daily Beast. Es autora del superventas del New York Times de 2007 "The Diana Chronicles". Brown es ex redactora de las revistas Tatler, Vanity Fair, The New Yorker y Talk y anfitriona de Topic A with Tina Brown de CNBC.

 


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<p>31 de julio. El novio Marc Mezvinky, Hilary Clinton, Chelsea y Bill Clinton luego del matrimonio, realizado en Rhinebeck.</p>

31 de julio. El novio Marc Mezvinky, Hilary Clinton, Chelsea y Bill Clinton luego del matrimonio, realizado en Rhinebeck.


Foto:AP


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