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Un director se desinfla

Viernes 20 de agosto de 2010

Foto:UIP



Por Antonio Martínez 

"El último maestro del aire "

Esta película está basada en la exitosa "Avatar", una serie de animación realizada en EE.UU., con personajes y atmósferas orientales, previa a la película "Avatar" (2009) de James Cameron. No hay ninguna relación entre una cosa y la otra, pero para evitar malos entendidos, desapareció del título el nombre de Avatar y subió un subtítulo: "El último maestro del aire", pero la historia es la síntesis, con actores de carne hueso, de la primera temporada de una serie en la frontera de un mundo infantil y juvenil.

El protagonista es Aang (Noah Singer), tiene 12 años, estuvo congelado durante un siglo y regresa a un planeta en guerra y dividido en varios reinos que responden a uno de cuatro elementos: tierra, fuego, agua o aire. Es un niño calvo y tatuado que aprendió entre monjes budistas, y domina el aire, pero debe ser un maestro con los otros elementos y cuando lo logre conseguirá la paz y su destino: es un Avatar y un héroe cuya misión consiste en pacificar a los hombres y la naturaleza, para así darle armonía al cosmos.

La misión, como se ve, es de las difíciles.

Es más complicada porque la película está narrada con un desorden que desorienta y frustra, porque nadie parece querer ser protagonista y los personajes se diluyen en un coro impersonal, donde se hunden el príncipe Zuko (Dev Patel); Katara (Nicola Peltz), aprendiz de maestra del agua; el señor del Fuego (Cliff Curtis) y una corte de generales, comandantes y parientes.

"El último maestro del aire" está en la línea de esas películas que se convierten en fracasos históricos y algunos ejemplos pueden ser "Los Vengadores" (1998), "Batalla final Tierra" (2000) o "Gatúbela" (2004). En este caso, lo dramático es que el director M. Night Shyamalan tiene una trilogía notable: "Sexto sentido" (1999), "El protegido" (2000) y "Señales" (2002) y una segunda mediocre: "La aldea" (2004), "La dama del agua" (2006) y "El fin de los tiempos" (2008), pero nada hacía esperar algo tan indefendible.

El director de la primera trilogía filmaba con fluidez y destreza; y la cámara no se veía ni molestaba, porque los directores, como los árbitros de fútbol, son mejores cuando no se hacen notar y la cámara no es un obstáculo para contar la historia. Acá es lo contrario y todo se percibe: los cortes y las interrupciones, la dislexia y el tartamudeo narrativo. Es por eso que la sensación de llegar tarde a la función y haberse perdido algo es permanente y constante.  En rigor, nadie se ha perdido nada, sólo que a veces las cosas salen así: confusas y malas. 

"The last airbander". EE.UU., 103 minutos. T.E..