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La banda del ciempiés

Sábado 25 de septiembre de 2010



Rodrigo Pinto 

Continúa el redescubrimiento del escritor uruguayo Mario Levrero, quien murió en 2004 y dejó una obra póstuma, La novela luminosa, que cautivó a los lectores, pasó a los catálogos de las multinacionales y lo instaló, junto a Juan Carlos Onetti y Felisberto Hernández, como uno de los grandes de la narrativa de su país. Redescubrimiento que continúa con obras que pocos vacilarían en calificar de menores, aunque ello sea ampliamente discutible (en esta columna hablamos de una similar, Nick Carter). Levrero cultivó una amplia diversidad de géneros, entre ellos el humorístico, que brilla en esta salvaje parodia del relato clásico policial.

En la superficie, es una novela totalmente disparatada, donde la trama se pierde en recovecos y giros que dejan enormes lagunas y asuntos sin resolver (es decir, exactamente lo contrario de lo que pide el género). Levrero además se ríe del recurso de las tramas paralelas y abusa festivamente del "mientras tanto, en otro lugar...", para hacer calzar algunas de las historias, en tanto que otras acaban en puntos donde perfectamente podría comenzar otra novela. Pero el hilo es firme y, desde el descuartizamiento del embajador chino por un error policiaco al cuasi apocalipsis esbozado poco antes del final, hay una progresión lógica a pesar de todos los giros y vueltas y revueltas de la historia. Más aún, en esos hilos que no llevan a ninguna parte o concluyen en un puente levantado en una playa que apunta inexplicablemente hacia el horizonte, es donde la historia luce mejor y muestra el talento del autor para dinamitar el género policial y hacer cómplice al lector en la parodia y el absurdo. La violencia inaudita de algunos pasajes y la consistente locura de la banda criminal que da título a la novela (que agrede al azar a transeúntes, propiedades, vitrinas y automóviles, sólo por el placer de sembrar el pánico y el desconcierto); la hipocresía, doblez y miope espíritu vengativo de las autoridades; y el firme manto de corrupción que revela la investigación del detective privado Carmody Trailler y sus numerosos subalternos, recuerdan, por cierto, a la Ciudad Gótica de Batman, pero también una novela como Cosecha roja, de Dashiell Hammett, donde la presencia criminal es tan extendida que sólo una limpieza radical puede solucionar el problema. Ese cóctel feroz de violencia, una buena dosis de sexo, cuestionamientos metafísicos, agentes dobles, mujeres virginalmente fatales y osos amaestrados, es el escenario en donde Levrero, el autor tras las bambalinas, juega con el lector y lo conduce donde él quiere que esté.

Mario Levrero. Mondadori, Buenos Aires, 2010. 190 páginas.