sábado 25 de septiembre de 2010  
 
La bitácora del Into the wild chileno
 
Oscar Mañán llenó páginas y noticiarios cuando intentó dejar las comodidades y la ciudad para ponerse en contacto con la naturaleza. ¿Por qué un joven de 17 años está dispuesto a no comer y dormir en la calle? Acá lo cuenta por primera vez.  

Por Rodrigo Fluxá 

¿Q ué  cosas   empaca uno para un viaje espiritual? Óscar Mañán hizo dos mochilas: en una metió jugos, galletas y unos panes y en la otra libros de Nietzsche y Baudelaire. También unos manuscritos propios, una especie de novela, la vida en papel de Leonel Castillo, un niño de ocho años que tiene la capacidad de maravillarse con cada cosa como si fuera la primera vez que la viera.

Óscar salió esa mañana de julio de su casa en San Bernardo rumbo al Colegio Inglés, pero nunca entró: esperó que sus papás, profesora y funcionario, se fueran a sus trabajos, y sacó los bolsos. 
Escribió cinco hojas, a mano, en verso, con metáforas, explicando lo que iba a hacer. El contenido, dice hoy, es privado, pero lo resume así:

-No se preocupen, voy a un lugar dónde seré feliz. Voy a vivir mi realidad.

No llevó celular, ni cámara fotográfica. Dobló su carné de identidad y lo dejó botado en la pieza. Juntó poco más de veinte mil pesos, saldo de fiestas a las que no fue y colaciones que no compró y partió rumbo a la estación de trenes como Leonel Castillo, el que sería su nombre en un viaje sin reservas, itinerarios, ni direcciones.

Mencionó por última vez a Oscar Mañán cuando le pidieron los datos para el pasaje. Se bajaría en Talca.

Eran las 18:30 PM abordé el tren, con una serenidad tremenda, por fin me alejaba de está realidad que la sociedad quería crear para mí, se lee en su bitácora. Ahí cuenta que mientras se alejaba de Santiago se sintió pleno, casi flotando.

A las once y media de la noche llegó a Talca. Comenzó a caminar por la plaza y se encontró con una ciudad en el piso. Llovía intensamente, buscó algún lugar dónde pudiese dormir. Vio vagabundos, borrachos y delincuentes. No era lo que buscaba.

Intentó dar con la carretera, pero no la encontró. Compró un pasaje rumbo a Frutillar. Se quedó casi sin plata. En el bus pasó la primera noche.

En Santiago, a esa misma hora, Ana Cáceres estaba en Carabineros poniendo una denuncia por presunta desgracia de su hijo. Se había pasado el día leyendo la carta y hablando con amigos para saber si alguien había escuchado algo de él. Hasta dónde conocía, Oscar no tenía ningún problema grave, se llevaba bien con sus compañeros, estaba en clases de violín, leía mucho y no tenía depresión.

Dos amigas de él le dijeron que, tiempo atrás, Oscar había visto una película, basada en un libro, basado en una historia real, que le había gustado mucho: en ella el protagonista deja su casa y se va a recorrer Estados Unidos. Conoce gente, convive con la naturaleza y termina muerto, viviendo como ermitaño, tras comer unos frutos venenosos y pesando poco más de treinta kilos.

Oscar despertó en Frutillar bajo. Eran las siete de la mañana. Vio árboles de colores, aguas cristalinas y pájaros. Visitó el museo. Conversó con los dueños de un café. Se presentó como Leonel, de Santiago, un mochilero. Le dieron comida. Le prestaron la chimenea para secar su ropa. En la noche se acostó en una banca junto a la costanera. Se puso a llover y se trasladó abajo del teatro. Durmió en la calle.

Al amanecer se fue al consultorio de la ciudad. Reposó ahí un rato, en un asiento. Más tarde fue al bosque. Después caminó más: dejaba sus bolsos en calle y cuando volvía estaban en el mismo lugar. Pensó en cuáles eran las posibilidades de hacer algo así en el paseo Ahumada.

Conversó con la encargada de turismo. Al atardecer decidió tomar un bus a Puerto Varas. Allá habló con un hombre que le regaló comida y un café a cambio de nada. Después se fue al muelle, dónde tres personas lo invitaron a fumar y tomar. Se fue con ellos a un departamento.

A la mañana siguiente, ya sin lluvia, fue al Cerro Philipi para estar en contacto con la naturaleza. Tenía dos heridas en los hombros, por los días cargando los bolsos. Decidió dejarlos ahí, tapados con hojas y tierra, mientras recorría el sector.

Cuando volvió, no estaban. Miró alrededor, no vio a nadie. Perdió la poca plata que le quedaba, su muda de ropa y sus escritos, la historia de Leonel. Desesperado por las horas de trabajo desperdiciadas, volvió a la ciudad, conversó con la gente de la calle, mendigos y lanzas, para ver si alguien tenía alguna idea de quién pudo haberse llevado sus mochilas. Fue a Carabineros e hizo la denuncia, con su seudónimo. Dijo que se le había perdido el carné.

Pasó la noche en la costanera, cerca del club de yates. No le dio hambre en todo el día.

Al quinto día Ana ya comenzó a desesperarse, pero trataba de no demostrarlo: su otra hija, de seis años, creía que su hermano andaba de vacaciones. En ese punto su lógica era así: si algo malo hubiese pasado, ya habría sabido.
Sus compañeros de curso iniciaron una búsqueda por internet. El aviso decía

Ayúdanos a encontrarlo. Oscar salió de su casa ubicada en la Villa de Lomas de Mirasur, San Bernardo con rumbo desconocido. No se sabe de él desde el lunes. Mínimo dato sirve. Sus familiares y amigos estamos muy preocupados por él. Oscar si lees esto, te extrañamos y te queremos de vuelta.

Los diarios y la televisión tomaron la historia del joven que desapareció imitando la película de Sean Penn.

El viernes Oscar salió a buscar trabajo para ganar la plata mínima que le permitiera viajar más al sur, rumbo a Chiloé. Un supermercado lo acogió; empezaría el día siguiente. En la tarde conoció a una mujer afuera de una lavandería. Le contó que no tenía nada y ella lo invitó a alojar a la casa de su familia en Llanquihue. Él dio las gracias, pero prefirió, otra vez, la costanera.

El sábado, temprano, conoció otra señora, quien le ofreció desayuno y le prestó una ducha. Le dijo que no parecía un pordiosero, que por qué estaba viviendo en la calle. Fue a trabajar y en la noche partió a Llanquihue, con la mujer de la lavandería. Comió bien y tomó café junto a una salamandra. A esa misma hora, supo después, Chilevisión mostraba su caso en el noticiario. Durmió bajo techo.

El domingo trabajó todo el día. Uno de sus compañeros de empaque lo reconoció del grupo de búsqueda en internet. Le avisó a Carabineros.

El día siguiente Oscar iba por la calle rumbo al supermercado cuando fue detenido. En la comisaría le dijeron que era un egoísta y que sus papás estaban muy preocupados. Él se molestó, primero, porque le habían interrumpido el viaje, y segundo porque, cree, la policía no está para darle lecciones de vida.

En la tarde llegaron sus dos papás, en avión, desde Santiago. Su mamá, cuando lo vio, le preguntó como estaba. No lo retó.

-Muchos esperaban que me lo llevara de una oreja a Santiago, que era un cabro mal criado pero eso sólo lo iba a alejar más. Aproveché ese día para conversar con él, acercarme, que me explicara porque lo hizo.

Oscar le dijo que se sentía atrapado en Santiago, que lo agobiaba la sociedad decadente y poco humana; que toda la gente de su edad está inmersa en un materialismo y consumismo que no entiende; que gastan plata en ropas de marca, en celulares nuevos, que la mayoría actúa en rebaño, quieren estudiar ingeniería comercial para poder comprar y vender después más cosas y que sí, había visto la película, se había sentido identificado con el personaje, pero que no quiso imitarlo.

-En Santiago existo, pero no vivo.

Su papá se devolvió el mismo día a la capital, pero ella, de vacaciones en su trabajo, le propuso a Oscar llegar de todas formas a Chiloé, los dos juntos, para, que al menos, esa parte de su viaje no quedara trunca. Él aceptó.

Cruzaron a Ancud el martes, por el día. Conversaron más.

Por la tarde ella volvió en avión. Oscar le dijo que prefería volver en bus.

A su regreso, Oscar pasó días diciéndoles a periodistas que no le interesaba hablar de su viaje y que nunca pensó en suicidarse.  Tuvo que ponerse al día en las pruebas que perdió en los 10 días que estuvo fuera del colegio.  No sabe bien que va a estudiar cuando salga, en diciembre, de cuarto medio.

Cuando abrió su mail se encontró con decenas de mensajes de jóvenes a los que no conocía, quienes lo felicitaban por lo que hizo, porque ellos se sentían parecido, pero nunca se atrevieron a hacer nada al respecto. Los respondió, uno a uno.

Oscar dice que no sabe cuándo se irá de nuevo hacia rumbos desconocidos, porque no planea las cosas, sólo le salen, justo cuando un teléfono suena. Es su mamá: le pide que lo llame cuando se acabe la entrevista.

Escribió cinco hojas, a mano, en verso, con metáforas, explicando lo que iba a hacer. El contenido, dice hoy, es privado, pero lo resume así: -No se preocupen, voy a un lugar dónde seré feliz.

Oscar  le dijo que se sentía atrapado en   Santiago, que lo agobiaba la sociedad decadente; que toda la gente de su edad está inmersa en un consumismo que no entiende.

 

Por Rodrigo Fluxá.

   
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