Biografía Escritora rusa:
Marina Tsvetáieva, gran figura de la poesía universal

Escrita por Ariadna Efron, la biografía Marina Tsvetáieva, mi madre es una de las puertas de entrada para conocer a esta autora de trágica vida y monumental obra, nacida en Moscú el 26 de septiembre de 1892. En librerías también se encuentra Mi Pushkin , mezcla de autobiografía y ensayo poético que revela su temprano deslumbramiento literario gracias a la figura del escritor ruso.  

Camilo Marks 

Si Marina Tsvetáieva (1892-1941) viera lo que ha ocurrido con ella en los últimos 20 años, creería que el mundo se ha vuelto loco: todos los días aparecen estudios sobre su obra; cada año sale una biografía; es la autora rusa más leída en su país y en el planeta; su departamento moscovita es sitio de peregrinaje para miles de personas; se planea la construcción de un gran museo en su honor; se ha bautizado con su nombre a un gigantesco barco que transporta turistas al Polo Norte; se han hecho películas, óperas y dramas basados en su vida; las composiciones que Shostakovich le dedicó se han incorporado al repertorio en los teatros de concierto; Susan Sontag, Joseph Brodsky y Doris Lessing se cuentan entre sus fervientes admiradores; Judi Dench lee sus versos en Londres y Nueva York ante salas repletas; en París, Roma, Berlín y muchas ciudades, los textos de Tsvetáieva se agotan en las librerías.

El anecdotario sobre la genial escritora es infinito. ¿Qué es lo que explica este fenómeno, que comenzó en los 80 en Rusia y pronto transformó a la autora en figura de culto universal?

En parte, los esfuerzos de Ariadna Efron, su única hija sobreviviente, quien, tras décadas de cárcel y destierro, ocupó su vida en la difusión de los libros de su progenitora. Marina Tsvetáieva, mi madre es un notable testimonio que tiende un poco a lo colosal, y se nota el peso de la censura (data de 1975): Ariadna escribe bien, pero prima la apología sobre el aporte literario. Y el retrato, aunque contiene imprescindibles detalles, es parcial.

Quizá este interés creciente, que alcanza ribetes de fanatismo, proviene de la propia figura de Tsvetáieva, quien ha sido percibida como víctima de su tiempo y, por supuesto, del poder de su poesía, que desafió a su época, a su país, a las convenciones lingüísticas, manteniéndose en el abismo de lo que se dice y lo que no se dice, de lo clásico y lo moderno, en el discurso terso, veloz, elíptico. Simón Karlinsky, su primer biógrafo, resume así la trayectoria de la artista: "El exilio, el olvido, la persecución y el suicidio pueden haber sido el destino de los poetas después de la Revolución, aunque sólo Marina Tsvetáieva experimentó cada uno de ellos".

Familia y literatura

Marina, quien pasó por tres revoluciones, dos conflagraciones mundiales y otras calamidades, proviene de una acaudalada, liberal y cultísima familia: su padre, Iván, fundó el Museo Pushkin, y su madrastra, María, fue una eximia pianista. En 1912, se casó con Serguéi Efron, del que estuvo alejada durante la guerra civil, pues Efron, de tendencias radicales, tuvo que pelear con el Ejército Blanco. El matrimonio tuvo tres hijos: Irina, la mayor, murió de hambre en 1920, en tanto Ariadna se convirtió en confidente y secretaria de su madre. En 1922, Tsvetáieva se reunió con Efron en Berlín y convivió con él los próximos 15 años, hasta su retorno a la ex URSS, en 1939. Giorgi, el único varón de la pareja, nació en París en 1926. Aunque ya era una figura consagrada en su patria, Marina fue víctima de la condena de las autoridades comunistas y de la hostilidad de los emigrados (no era antisoviética). En el ínterin, Efron y Ariadna comenzaron a trabajar para la NKVD, el todopoderoso órgano secreto, precursor del KGB. Al verse implicado en el asesinato de un agente, Efron huyó a Moscú. La policía gala interrogó a Marina, pero ella parecía confusa ante sus preguntas, y terminó recitándoles traducciones francesas de sus poemas, por lo que concluyeron que estaba trastornada. Aparentemente, Marina no sabía que su marido era espía; sin embargo, los exiliados la responsabilizaron por esas acciones, y el estallido de la Segunda Guerra la hizo regresar.

No pudo haber previsto los horrores que la aguardaban: el terror estalinista estaba en su apogeo y cualquiera que hubiese residido en el extranjero era sospechoso, aun cuando peor suerte corrían los escritores conspicuos antes de la Revolución. Efron fue ejecutado; Anastasia, hermana de la poetisa, encerrada en la cárcel, y Ariadna sufrió más de dos decenios en prisiones y centros de "reeducación". Marina trató de sobrevivir por su hijo de 15 años -el joven moriría poco después en el frente de batalla-, pero al ser enviada a Yelabuga, en la República Tártara, sin tener qué comer, se ahorcó en 1941. Nunca se sabrá dónde descansan sus restos.

Lo más asombroso en una persona tan asediada por la desgracia y la incomprensión, y que tuvo una breve vida, es el gigantesco corpus literario que legó: cuentos, novelas, relatos autobiográficos, críticas y, sobre todo, poemas. Perteneciente a la generación literaria más espléndida del siglo pasado, que nació y fue devorada por la Revolución bolchevique, sobresale por su heroísmo e intensidad, por estar fuera de su tiempo -"un poeta no es de ningún país ni de ninguna época", dijo-, por el desprecio a la opulencia y el materialismo de los filisteos -"sólo necesito papel y lápiz"-, por aceptar la alienación y la soledad, por negarse a formar parte de un grupo, porque la victoria no tenía significado para ella y porque la suya fue una causa perdida, en la que los héroes eran los proscritos, los marginados, los solitarios.

En esa constelación, que produjo a Osip Mandelstam -de quien fue amante-, Ana Ajmátova, Alexander Blok, Serguéi Esenin, Vladimir Mayakowski -por quien se atrevió a hablar cuando se suicidó-, Boris Pasternak, Andrei Bely -"ser perseguido y torturado no requiere torturadores, nos bastamos nosotros mismos", le escribió-, Vsevolodov Meyerhold, Mijaíl Bulgakov, Natalia Sats y muchos más, la voz de Marina Tsvetáieva resalta por el lenguaje único, que emplea escasos verbos, crea su propia sintaxis, demuele todo para encontrar la palabra y el tono precisos, y finalmente halla la razón de ser en el mito: "nada es ajeno a él, anticipa el verso, constituye la forma de todo".

Amores y poemas

Una mujer así tuvo que ser, por fuerza, ardiente e irresistible. Su amor por Serguéi Efron fue extremado, casi obsesivo, si bien ello no le impidió tener otros affaires con hombres -para Mandelstam escribió "Monolitos"- y mujeres: a la poetisa Sofía Parnok dedicó "La amiga"; a la actriz Sonia Gollidey, "Relato de Soniechka", y a Natalie Berney, conocida escritora lesbiana en el París modernista, "Carta a la amazona". No obstante, su gran pasión extramatrimonial fue Konstantin Rozdevitch, ex oficial que recibió a Marina y Efron en Praga y los ayudó en su calidad de museólogo, filántropo y eje de los exiliados rusos. El romance fue conocido por el esposo, y Ariadna se refiere con circunloquios al adulterio de su madre con este singular personaje. Rozdevitch es el héroe de "Poema del fin", "Poema de la montaña" y "Poema de despedida"; el ciclo conforma la cima poética de Tsvetáieva, y es posible que el relativo bienestar y la calma doméstica hayan propiciado el clima para esta formidable secuencia lírica.

En 1923, la poetisa inició su larga y tortuosa relación epistolar con Pasternak, quien la idolatraba; él inspiró "Cables" y "El poeta". El vínculo fue platónico, ya que Marina evitó conocerlo en persona cuando viajó a Europa. En el mismo período, Tsvetáieva y Rilke, que conocían uno la obra del otro casi de memoria, empezaron a escribirse.

Mucho más tarde, ella y Pasternak se vieron en Moscú; el poeta, Ana Ajmátova y el novelista Ilya Ehrenburg, favorito de Stalin, fueron los únicos que le tendieron la mano en sus últimos y peores años de vida.

Cielo e infierno

En la temprana poesía de Tsvetáieva vemos a una adolescente perturbada y vulnerable que busca desesperadamente su identidad. Su verbo, extático o angustiado, penetra en la esencia que motiva a las personas. Además de estar dotada con una mente brillante, poseía una gran defensa contra la depresión: el temple para fundirse con la naturaleza y el aislamiento, junto a un extraño humor: "Mi día es desordenado y absurdo:/ al mendigo, pido pan,/ al rico le ofrezco limosna".

¿Qué significaba ser poeta para Tsvetáieva? Aunque fue fundamentalmente apolítica y no tenía mayor respeto por la Iglesia y el Estado, suscribía el concepto de la poesía en manos de un poder más alto, el Dios de los poetas: "La condición para crear es la condición de ser vencido por un hechizo. Algo, alguien, habita en ti, tu mano cumple esos designios. ¿Quién es? Aquel que, a través de ti, quiere ser".

Lo que hace de ella una de las más grandes poetisas rusas del siglo XX -algunos la consideran la voz lírica femenina más descollante de la era contemporánea- es la fusión de lo épico y lo lírico, la potestad suprema de su intelecto, el carácter innovador y, a la vez, clásico de su lenguaje; en suma, el triunfo del genio. Su deslumbrante producción le ha dado la victoria sobre el tiempo y la terrible adversidad que sufrió. Esta mujer, de rarísima inspiración, poseedora de iluminadas intuiciones y de una técnica magistral, fue también un ser humano de inmensa estatura ética. Solía decir: "El talento no significa nada, la grandeza moral es mucho más importante".

Y eso es lo que su poesía transmite: las sobresalientes cualidades de Marina. Aún así, quien valoraba más que nada la valentía, el honor, la nobleza, la magnanimidad, la devoción a la familia y a los amigos, estaba dispuesta a sacrificarlo todo por su oficio: "Nunca en mi vida me he preocupado por algo que no sea el verso". El lenguaje fue su compañero, su maestro, su esclavo, y era capaz de pasar días, semanas, meses, hasta encontrar la palabra exacta y, especialmente, el sonido justo. En "Sobre un corcel rojo", la protagonista inmola su niñez, asesina a su amante, incluso ofrenda a su hijo para ser una poeta. Jamás es grandilocuente o pomposa: en la zona entre la vida y la muerte, el cielo y el infierno, reside el fulgor de sus versos.

Tsvetáieva nunca fue del todo ignorada en su nación ni pudo serlo, dada su eximia calidad literaria. Hasta en la peor fase del totalitarismo, sus libros eran leídos por minorías en Rusia, porque el ciclo basado en Rozdevitch estaba disponible o porque algunos títulos suyos se hallaban en las universidades o formaban parte de las bibliotecas públicas o privadas. Fue, desde luego, completamente reconocida por sus contemporáneos: Ana Ajmátova la enumeraba entre una fraternidad de pares, que incluía a Pasternak y Mandelstam, quien, a su vez, la llamó "la dorada, incomparable poeta". Hasta Vladimir Nabokov, que la consideraba confusa y decía que seguirla le producía dolor de cabeza, terminó rindiéndose frente a ella. Y nombres tan dispares como Eugeni Evtushenko o Joseph Brodsky no cesaban de homenajearla. Este último declaró que ni una voz más apasionada ha sonado jamás en la poesía rusa del siglo XX.

Al fin, Rusia y el resto del mundo han terminado a los pies del genio lírico más trágico de la era moderna, que se alza en el poema "A los fiscales de la literatura" para decir: "¿Ocultar todo para que la gente olvide/ como nieve que se derrite o una vela?/ ¿En el futuro, no ser más que un puñado de polvo/ bajo la cruz de la tumba? No quiero".

Las memorias de su hija, con toda su carga de contradicciones y medias tintas, son, de cualquier forma, una puerta de entrada a la vida y la obra de esta superlativa creadora.

 


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Mi Pushkin Marina Tsvetáieva El Acantilado, Barcelona, 2009, 96 páginas, $13.080. Ensayo
Mi Pushkin Marina Tsvetáieva El Acantilado, Barcelona, 2009, 96 páginas, $13.080. Ensayo

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