Estreno La última película de Alberto Fuguet
Un ciclista que se escapa

Ernesto Ayala 

Frente al mediático y masivo estreno de Se arrienda en 2005, la tranquila llegada del segundo largometraje de Alberto Fuguet parece por sí sola, en su modestia, una declaración de principios. En lugar de una decena de copias en celuloide y gigantografías, Velódromo sólo se mostrará en una sala y al mismo tiempo, si se quiere ver en la casa, se podrá pedir en VTR VOD y en Bazuca on demand. Es como si entre ambas cintas hubiera pasado un siglo. Y casi ha pasado. Por un lado, en estos últimos diez años, las cifras del cine chileno se han ido a pique y dejó de ser un negocio incluso para los interesados en el alto riesgo. Como consecuencia, hoy casi no hay películas estrenadas en grande. Por el otro, resulta evidente que Fuguet ha preferido asimilarse a esta menor escala para ganar control sobre el producto final. Velódromo, en ese sentido, es una película más pequeña, más personal y menos convencional que Se arrienda. Tiene menos trama y menos personajes, más silencios y más quietud. Es mucho más piola, si se quiere. De hecho, lo que cuenta es muy poco: Ariel Roth (Pablo Cerda) es un diseñador gráfico, a punto de cumplir 35 años, solitario, que al comienzo de la cinta se pelea con su mejor amigo y termina con su pareja, lo que lo lleva a partir de cero en el plano afectivo. Ambos lo acusan de pasarse encerrado en su departamento, de no tener ambiciones, de no ir hacia ninguna parte. A partir de allí, a través de distintas viñetas, veremos cuánto avanza en tener nuevos amigos y en "buscarse una vida".

Hacer un largometraje con tan poca trama y elementos es un riesgo del que el director parece consciente. Hay un evidente esfuerzo en que la película respire a su propio ritmo, que es análogo al ritmo mental de su protagonista, un tipo con mucho tiempo libre, sin más estrés que su propio devenir psíquico y su incómoda relación con el mundo exterior. Así, Fuguet deja entrar a Santiago en extensos planos, donde la ciudad se toma un notable protagonismo; ocupa muchos planos abiertos y continuos, donde la cinta adquiere un aire natural, no forzado, tranquilo; hay incontables situaciones en que vemos a Ariel solo, en su bicicleta, frente al computador, haciendo cosas triviales en su departamento, lo que, sumado a todo lo anterior y una intensa banda de sonido, termina por generar una atmósfera invernal, gratamente melancólica.

Estas opciones quizás hubieran bastado para conseguir la simpatía del espectador hacia Ariel: todos tenemos un lado solitario, ensimismado, arisco. El problema es que, quizás por falta de confianza en estos elementos, la cinta opta por reafirmar nuestra identificación con Ariel a través de su voz en off. Ariel, en primera persona, nos habla y nos dice cosas inteligentes, sensatas, que deberían causarnos empatía. Pero nadie nos cae bien cuando nos sentimos obligados a que así sea. Son como los hijos de los amigos de nuestros papás. Entre más presión le pongan al asunto, peor resulta. Con Ariel, por lo demás, no es fácil simpatizar: termina con su novia con un mensaje de texto, menosprecia a quien se le pone al frente, envidia el éxito ajeno, no revela pasión más que por su bicicleta, se niega a compartir su intimidad, no admira ni hace nada admirable; a fin de cuentas, parece incapaz de querer a ninguno de los seres humanos que lo rodean, aunque les tiene simpatía a un amigo o dos. Si la cinta hubiera permitido una relación más distante, menos cercana con su protagonista, hubiera dejado espacio a la ambivalencia final que se siente sobre Ariel, su vida y sus circunstancias. Como está, la voz en off nos lleva a un lugar muy específico, del que uno, como espectador, termina por sentirse incómodo, rebelde. Es cierto que Scorsese buscó un efecto parecido en Taxi Driver, pero era fácil ver a Travis como un desequilibrado, un sicópata. Ariel tiene problemas afectivos, pero no es un sicópata. El problema es otro. Insiste en las bondades de sus elecciones, en la entereza de sus argumentos, en la coherencia de su mundo, y, sin embargo, nos cuesta seguirlo hasta tan lejos.

 


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Foto:CINÉPATA

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