PRESENTACIÓN Una iniciativa del Instituto de Estudios Riojanos de España
"Reminiscencias de un viejo editor" Publican la valiosa obra de Santos Tornero:

Después de más de 120 años, se reedita este rico panorama de la sociedad y la prensa chilena en el siglo XIX. Su autor, el riojano José Santos Tornero, fue impulsor temprano y decisivo de "El Mercurio". Mañana se presentará la obra en las dependencias de este diario.  

C.Z.A. 

Es muy afortunado para Chile que esas Reminiscencias de un viejo editor del creativo patriarca Santos Tornero reemerjan en esta nueva edición, que ve la luz más de 120 años después de su publicación, en 1889, en la Imprenta de la Librería del Mercurio, de Tornero Hermanos, en Valparaíso. Y lo es tanto más que eso ocurra en este año especial en el que, por conmemorarse el Bicentenario de nuestra etapa republicana, la conciencia colectiva de Chile está especialmente volcada hacia la consideración de sus orígenes, que se funden con la historia de España, entre los siglos XVI y XIX, para dar curso desde entonces a dos historias separadas, pero entrelazadas por vínculos de familia que nunca podrán romperse, como no se rompen los de madre e hijo, aunque éste se emancipe: si ha habido momentos de tensión y quiebre, los de reencuentro son muchos más, y más duraderos.

José Santos Tornero Montero, nacido el 1 de noviembre de 1808 "en Viniegra de abajo, partido de Logroño" -según él mismo anota al comienzo de sus recuerdos-, encarnó esos vínculos del modo más elocuente. Su nacimiento se produjo en plena guerra de la independencia contra Napoleón y menos de cuatro meses después de coronado José Bonaparte. En sus recuerdos, Tornero no se refiere a su vida infantil y juvenil, etapa que corresponde a años difíciles en la historia española. En todo caso, advertimos que la primera guerra carlista estalla a la muerte de Fernando VII, en 1833, y al año siguiente el joven dependiente de comercio se embarca en Cádiz rumbo a América. Su meta original, Cuba, es cambiada por el Callao, pero luego desembarca en Valparaíso, en diciembre de 1834. No nos dice por qué resolvió quedarse en el puerto chileno, en vez de proseguir hasta el peruano, pero ése fue el punto de inflexión de su destino, que en adelante estaría ligado al de Chile. Años más tarde viajó no poco para lo que permitían los medios de su tiempo, e incluso volvió a su tierra originaria, pero su hogar y su vida ya estaban acá: cónyuge chilena, hijos chilenos -su descendencia se perpetúa en el país hasta ahora-, hermano asentado en el país y asociado a sus negocios.

Significativamente, sus Reminiscencias denotan este hiato vital de un modo tajante: en apenas un par de referencias someras, que no enteran dos páginas de la edición original, despacha los 26 primeros años de su vida en Viniegra y Sevilla -los años "más floridos de mi juventud", nos dice, sin embargo-, y todas las restantes 227 están dedicadas a su etapa chilena o relacionadas con ella. Quizás nunca sabremos, pues, cuáles fueron sus vivencias en ese su primer cuarto de siglo español. Sí conocemos, en cambio, y a menudo con sabroso detalle, no pocas de las que tuvo en las siguientes seis décadas.

Mosaico de impresiones

Sus Reminiscencias no son una crónica política del Chile que le tocó vivir. Sin embargo, pese a su prudencia prescindente, las turbulencias de su tiempo se traslucen naturalmente en sus páginas. Así, por ejemplo, alude al motín de Quillota -en junio de 1837, menos de tres años después de la llegada de Tornero a Chile-, que costó la vida a Diego Portales, el inspirador originario de la república en forma y que "El Mercurio" recogió en sus páginas, que por entonces habían enterado su primera década de circulación. Así, también, las fallidas agitaciones revolucionarias de 1859, o las esperanzas o desilusiones en uno u otro gobernante de su tiempo, o las cercanías o rupturas con un político u otro.

Y estas reviviscencias no conciernen sólo a Chile. Podemos viajar con Tornero a los Estados Unidos de 1852, y adentrarnos en lo que eran las complejas condiciones de una travesía por mar a mediados del siglo XIX, incluso para una persona con recursos holgados.

Sus páginas son un mosaico abigarrado de impresiones personales que guardan cierto orden cronológico, aunque no necesariamente jerárquico en cuanto a la trascendencia de los recuerdos registrados o de las citas que reproduce. Por momentos, hay en estas remembranzas cierto sencillo candor. Ellas abundan en "instantáneas", captan imágenes del momento que los historiadores valorarán y que el lector apreciará. Los recuerdos emergen y son relatados sin preocuparse mayormente por su categorización, con la fluidez espontánea de la vida, que entremezcla todo. Así, su relato de los funerales de Wellington puede encontrarse próximo al de su visita al museo de Madame Tusseaud, o a la anotación de un soneto de cumpleaños, o a los frecuentes pormenores de quién casó con quién y con qué descendencia, o a sus disquisiciones sobre ortografía, o a su ostensible interés en los incendios, un desastre común en el Valparaíso de su tiempo, que él mismo debió sufrir y que relata vívidamente -casi diríamos con fruición-, o a su registro de las primeras óperas que, atravesando océanos, llegan a presentarse en ese puerto.

Al mirar atrás desde su ancianidad, Tornero nos entrega una visión panorámica, y estamos libres para recorrerla de una mirada o para detenernos en cualquiera de sus innúmeros detalles. En todo caso, el conjunto está impregnado de una vitalidad que, notoriamente, la entonces avanzada edad del memorialista no había apagado.

Estas Reminiscencias de Tornero son un documento precioso para Chile, presentándonos imágenes que pocos libros de historia nos entregan. Así, por ejemplo, escuchamos hablar a un testigo de los días en que el Palacio de La Moneda -un legado hispano- pasó a ser sede del gobierno, como lo es hasta hoy. Y -un ejemplo entre muchos- nos habla de Pedro Alexandri (sic), creador del "primer teatro digno de ese nombre en Valparaíso", sin poder prever que éste sería el fundador de una familia ilustre y que sus descendientes llenarían muchas páginas de la historia política e intelectual chilena en el siglo XX. Igualmente, muchas familias chilenas podrán encontrar los pasos de diversos ancestros, vistos -con simpatía o no- a través de los ojos de Tornero. Ojos que no son los de un chileno de origen, por lo que su perspectiva cobra un interés particular, y la rememoración se formula en un lenguaje que para el lector chileno de nuestros días resulta doblemente atractivo: por su sabor decimonónico y por su tono que, pese al tiempo transcurrido, denota el habla hispánica originaria del autor.

Como es natural, esta mirada retrospectiva de la vida de Tornero se confunde a menudo con la historia de "El Mercurio", aquella de sus obras que estaba llamada a ser duradera. No fue su creador, pero lo adquirió en 1842, en sociedad con otro empresario, José Vicente Sánchez, quien luego se retiró de la sociedad, siendo sucedido en ella por un hermano de José Santos, Eusebio -otro riojano avecindado en Chile. Entre1842 y 1875, Santos Tornero y sus hijos dirigieron "El Mercurio", que pasó de ser una publicación que aparecía dos veces a la semana a constituirse en un verdadero diario. Benjamín Vicuña Mackenna lo considera "el verdadero fundador de 'El Mercurio', como diario político, social y cosmopolita". Y Julio Pérez Canto, en "El periodismo en Chile", afirma que Tornero "señaló y marcó los nuevos rumbos del periodismo nacional".

"El Mercurio" custodia entrañablemente la memoria de Santos Tornero y de sus hijos, tan unidos en su vida a las virtudes y tradiciones de La Rioja.

Extracto del prólogo de la nueva versión de "Reminiscencias de un viejo editor"

 Protagonista del Chile letrado del siglo XIX

José Santos Tornero fue un personaje fundamental en la cultura chilena, quien sentó las bases del periodismo escrito y de la producción y venta de libros. A los 26 años, recién llegado a Valparaíso desde España, se dedica un tiempo al comercio y funda "La Española" en 1840, que fue la primera librería comercial del país . Su apertura contribuyó a incorporar una mayor variedad de títulos al mercado. A la sucursal de Valparaíso sumó luego otras en Copiapó, La Serena y San Felipe, con lo que formó la primera cadena de librerías del país. Dos años más tarde tuvo la oportunidad de comprar la imprenta y el diario "El Mercurio" a su compatriota Manuel Rivadenei ra , que aún no lograba consolidar su lectoría. Como editor y propietario, Santos Tornero renovó los aires de la publicación, y tomó una serie de medidas para su modernización. Un incendio en sus talleres, en 1843, lo motivó a comprar nuevas máquinas tras visitar las instalaciones del "The New York Herald" y del "Times" de Londres , lo que le permitió ampliar su factoría y fundar varias publicaciones salidas de su imprenta, como la "Revista del Pacífico" y "El Museo de Ambas Américas". "Santos Tornero fue un intelectual de peso. Creó esta imagen de Santiago como una Atenas sudamericana, al invitar a Benjamín Vicuña Mackenna, Domingo Faustino Sarmiento y Miguel Luis Amunátegui a participar en el diario, buscando llevar al país a un nivel cultural superior", destaca sobre su figura el escritor Miguel Laborde. Cuando ya tenía 82 años publicó sus "Reminiscencias de un viejo editor", que ahora se reedita.



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Las memorias son un registro vívido de la vida en Valparaíso. Imagen del puerto en Chile ilustrado, una obra editada por los hijos de José Santos Tornero.
Las memorias son un registro vívido de la vida en Valparaíso. Imagen del puerto en "Chile ilustrado", una obra editada por los hijos de José Santos Tornero.

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