Mujeres que tiemblan

La prosa, el estilo, los defectos y logros de La vida doble de Arturo Fontaine y Estrellas muertas de Álvaro Bisama no se parecen en nada, pero sí la apuesta de fondo que los sustenta, contar el horror que bañó la juventud de sus autores.  

 

L a vida doble de Arturo Fontaine y Estrellas muertas de Álvaro Bisama, dos de nuestras novedades editoriales, son dos libros que deberían leerse al hilo, uno después del otro (da lo mismo el orden). Su prosa, su estilo, sus defectos y sus logros no se parecen en nada, pero sí la apuesta de fondo que los sustenta; el núcleo de su obsesión, contar el horror que bañó la juventud de sus autores. Una juventud que transcurrió a más de veinte años de distancia, pero misteriosamente alcanzada por parámetros y obsesiones parecidos. La apasionada dictadura en el caso de Fontaine, la aburrida democracia en el caso de Bisama. Para eso, los dos se internaron en el laberinto de las reuniones, los panfletos, las células partidarias. Un mundo clandestino y peligroso en el caso de Fontaine. Un mundo banal y absurdo en el caso de Bisama. Las consignas, las órdenes de partido, repetidas hasta que pierden sentido, pero que son aún capaces, cuando no son más que fantasmas, de cambiar vidas.

Contra sus facilidades, contra la espera del medio, ambos escritores optaron por la realidad y la modestia siempre difícil de seguir a sus personajes incluso cuando los internaban en calles sin salidas y hoteles infectos. Se dedicaron ambos a relatar ese horror, llegando en ambos casos a la extraña conclusión de que el horror es mujer. Mujeres fuertes y quebradas con nombre de chapas, currículum incierto y amantes transitorios. Mujeres temibles, que terminan siempre mal aunque después resuciten, y vuelvan de donde nadie las espere a mostrarse o a contarse. Mujeres que se quiebran porque traicionan. Mujeres que no traicionan y se quiebran por eso mismo. En ambas novelas los hombres pasan, se intercambian; sólo las mujeres pierden de verdad. Lo que podría ser picaresca, anécdota, se hace, contado en femenino, serio y cruel: hijos nonatos envueltos en goterones de sangre, amantes llevados en distintas redadas o peleas de curados en fiestas universitarias. Reverso exacto de las mujeres de Isabel Allende o de Marcela Serrano, lectoras de los mismos libros que los personajes de éstas, amantes de las mismas ideas, pero a quienes les tocó el lado oscuro de la fuerza: muy poco amor y mucha, demasiada sombra.

En un mundo castrado por los militares, nos dicen las novelas, sólo las mujeres pueden ser testigos, sólo ellas pueden contar. Los hombres dan explicaciones, teorizan, saben, o creen saber, y después cuentan. Las mujeres de estas dos novelas, en cambio, explican contando. Cuentan la misma historia que ya sabíamos, pero lo hacen desde su inescapable fragilidad. Lo hacen con olores, con colores, con nombres de calles, con fechas que para un hombre sería inútil tratar de recordar. El poder nunca está en sus manos; la impotencia, toda la impotencia, sí. Es eso lo que se cuenta, la impotencia de los que ven la historia pasar a su lado, dejándoles sólo las heridas. La historia cuando todavía tiene épica en Fontaine, la historia cuando ya es un chiste viejo en Bisama. Esas mujeres que fueron bonitas alguna vez, que alguna vez fueron deseadas y deseables, son los fantasmas que dan vueltas por las habitaciones, las discotecas, los campus universitarios donde casi vivieron. Porque eso son estas dos novelas, relatos de fantasmas. Historias casi policiales, o casi costumbristas que, sin querer queriendo, se convierten en góticas. Freaks diría el mismo Bisama en ese vocabulario detestable que ayuda a tanto periodismo cultural a decir todo y nada al mismo tiempo.

Ese mismo periodismo cultural podría también decir que esta es la historia B del Chile de estos últimos treinta años. Pero eso es justamente lo que estas novelas no son. La de Fontaine termina con una completa bibliografía de testimonios periodísticos que le sirvieron para contar su novela. La de Bisama no nos dice sobre la universidad en los años noventa nada que no hayan vivido quienes la soportaron. Es el primero en hacerlo, pero no cabe duda de que no será el último. Esta es la historia A contada por otras voces. La versión unplugged de una historia en general demasiado eléctrica. Libros escritos en común y en conjunto por sus autores, pero también por los amigos, los enemigos, los que iban por ahí pasando, que aportaron los distintos trozos, las distintas piezas de estas dos parábolas terriblemente morales.

La historia B es otra, la que queda por escribir con más urgencia aún, la de esas mujeres y hombres que ni traicionaron ni fueron leales, los que vivieron la Unidad Popular, la dictadura, la transición como una música de fondo. Los que se casaron y tuvieron hijos, los que supieron estar casi siempre del lado del más fuerte. La historia de la gente que vivió en un país interesante sin llegar a serlo nunca. Las pasiones y los extravíos de los que callaron o hablaron apenas. ¿Quién contará el dolor y la risa de los neutrales, siempre temerosos de recibir una bala perdida? ¿Quién será el narrador de esa ambigüedad? ¿Una mujer, un hombre, un niño?

 


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