PREMIO NACIONAL DE ARQUITECTURA 2010:
Enrique Browne, un enamorado de la luz y los jardines

El colegio de la orden decidió otorgar el galardón bienal a un arquitecto muy inquieto e imaginativo, autor de obras arriesgadas y a veces polémicas, pues le atraen los desafíos y la innovación permanentes. Siempre dentro de un rigor en su factura y manteniendo un equilibrio dinámico con la realidad.  

DANIEL SWINBURN 

Enrique Browne (1942), tiene una "geografía corporal" muy particular, fácil de recordar: relativamente bajo, corpulento, ojos claros, un pelo hirsuto ya no rubio, de andar decidido... Nos recibe en su oficina en Los Conquistadores rodeada de muros verdes verticales, pequeña muestra de uno de los elementos de diseño más característicos de su obra. Su interior también entrega pistas de lo que ha sido su vida como creador de espacios para habitar: jardines interiores, rampas iluminadas, ángulos pronunciados, colores cálidos, aperturas para que entre la luz natural o espacios abiertos comunicados con el jardín. Un microuniverso de ideas y obsesiones creativas que lo han acompañado toda su fructífera vida profesional, que no se ha limitado sólo al ejercicio del oficio. Tal como lo afirma el jurado que le otorgó el Premio Nacional de Arquitectura 2010, esta trayectoria "se aúna en un impecable servicio a la sociedad, servicio a la docencia, a la reflexión teórica y a la causa de la identidad cultural latinoamericana". "...Un testimonio integral con un rango de amplitud difícil de igualar", señala.

Para Browne el premio es un "cariño" que le hacen sus pares, muy importante, que le viene muy bien. Eso es lo que más lo reconforta.

Parrones verticales

-Llama la atención en tu trabajo el deseo, en un primer momento casi instintivo, de mezclar la naturaleza con la arquitectura. ¿Cómo fue ese encuentro?

"Desde mi niñez, en los vera-neos en el campo con mi familia me atrajeron los colores y olores, pero también el mismo edificio de la Escuela de Arquitectura en que me tocó estudiar, la Universidad Católica, era una casa de campo colonial, con sus patios, sus corredores y toda la naturaleza que suele rodear a estas casonas chilenas. Siempre me llamó la atención, desde un comienzo, ver cómo se usaban en el campo los espacios intermedios para vivir, que se contraían o expandían, entre el verano y el invierno, entre el día y la noche. Me gustaba mucho esa sensación de almorzar afuera por ejemplo, bajo un parrón, si el tiempo lo permitía. Por otro lado, en mi época de estudiante se hablaba mucho de la necesidad de aumentar la densidad de Santiago por cuestiones de economía. Y en ese desafío nos educamos.

En 1964 realicé un proyecto utópico que unía estos dos aspectos: un edificio en doble espiral, en altura, que dejaba grandes áreas interiores donde se ubicaban casas con jardines. Grandes espacios que se cruzaban por puentes entremedios de placitas, mientras la ciudad transcurría allá abajo. Se daban las dos condiciones: densificar pero manteniendo el verde. En esa época nadie hablaba de sustentabilidad".

-Hay también ahí una observación cultural, me imagino, en el sentido de que el chileno por idiosincrasia es muy "ajardinado".

"Es cierto. A mí mismo me ha costado el cambio de una casa a un departamento, es distinto, de repente me hace falta el suelo, el olor de la humedad, las hojas... En Chile, curiosamente, un edificio sin balcones no se vende, a pesar de que a veces sus moradores los cierran con cortinitas de madera. Pero con el tiempo van reemplazando esas cortinas por verde, buscando tapar el sol, dando forma en muchos edificios a verdaderos sandwich de lechuga gigantescos. Hay una necesidad del verde muy fuerte.

Respecto a la ciudad, si miras Santiago, salvo algunas excepciones, las calles bonitas son aquellas que tienen árboles. No sucede acá como en Buenos Aires, París o Roma, en que uno camina horas por calles sin árboles, pero en un entorno de edificaciones muy notables. Las calles más logradas de Santiago son arboladas, formando verdaderos túneles verdes. Una forma de homogeneizar Santiago es arborizándolo".

-¿Tú eres pionero en los jardines verticales?

"Tal cual se hacen en esta oficina sí. Philippe Blanc hace unos jardines verticales muy buenos, pero en sus diseños la capa vegetal está pegada el muro, como si fuera un revestimiento. La diferencia es que en Blanc el revestimiento es con plantas. Eso tiene beneficios medioambientales en el sentido que hay más verde, pero no beneficios energéticos. No es un aislante térmico. Algo parecido sucede con otras experiencias. Mientras que lo que he desarrollado acá parte por observar los parrones, que los proyecto en forma vertical pero separados del muro. Se forman dos pieles, una del muro del edificio mismo y la otra piel verde de hoja generalmente caduca ubicada a 1.40 metros. Entremedio cabe el carro limpia fachadas y el jardinero, que pueden hacer simultáneamente sus trabajos. En ese espacio se produce una corriente de aire vertical que sube como chimenea y eso produce economía energética.

Comparando el edificio del Consorcio de Seguros en avenida El Bosque, con datos duros, con otros diez edificios de Santiago, arroja un ahorro de energía superior al 20 por ciento, gracias a esta fachada verde vertical. Este frena el sol poniente que en Santiago es muy terrible porque es horizontal y hace inútiles los aleros".

-¿Has podido repetir esta experiencia del Consorcio en otros edificios en altura?

"Hice algo similar en el interior del edificio de Sonda en el centro, donde trabajan mil 200 personas. Tiene jardines interiores donde se crea un microclima. Ahora estoy haciendo un edificio en la UC con el techo vegetal. Hoy, el diez por ciento de los edificios que se hacen en Alemania son de techo vegetal, porque es un aislante excelente. Partí con ese diseño en el edificio de Pioneer en Paine hace algunos años".

La influencia

del arte moderno

-Has tenido en el arte moderno un vehículo muy importante como inspiración para tus proyectos. El land art , por ejemplo.

"Sí, he admirado el land art desde el comienzo. Tuve mucha suerte, porque conocí las primeras obras que hizo el californiano Walter Demaria, extravagantes, muy locas, pero muy sugerentes a la vez. O Michael Heizer y Mathias Goeritz, que sirvieron de referentes para el edificio de Pioneer. También me han inspirado artistas que trabajan con la luz, especialmente James Turrell, californiano, ex piloto, que terminó comprándose un volcán para perforarlo por dentro formando un espacio en donde va cambiando la luz en forma muy sugerente. A veces he incursionado en instalaciones de arte que he realizado siguiendo los postulados de este gran artista".

-Tú afirmas que la arquitectura moderna corresponde al pasado y que necesitamos una contemporánea. ¿Cómo es esa despedida de la arquitectura moderna?

"Lenta, gentil. No es una revolución, pues corresponde a la Era Industrial y esta sigue vigente en los países en vías de desarrollo que aun necesitan mayor industrialización. Pero en las naciones avanzadas eso ya ha pasado como el gran tema del progreso. Las comunicaciones y el conocimiento mueven la economía hacia otra dirección, sumado ello a la hipercomunicabilidad que se ha desarrollado y el surgimiento de la cultura de la sustentabilidad medioambiental que busca un uso más racional de la energía. Esas tendencias están marcando un nuevo espíritu del los tiempos y hay que responder desde ahí".

Un nuevo ícono

-¿Y cómo se traduce eso en la arquitectura?

"Ese es el desafío. Es la pregunta que debiéramos hacernos los arquitectos. Los nuevos modos de vida de la gente, la manera de socializar, los modos de estudiar, la biblioteca, los colegios, el traslado de las personas, etcétera, condicionará los modos de estar. Para Le Corbusier, el ícono cultural de su época fue la máquina..."

-¿Cuál sería el ícono ahora?

"La virtualidad. Cómo hacer calzar el mundo virtual con el mundo real, porque este sigue existiendo".

-En un libro que estás por publicar, sobre los problemas de la crítica en la arquitectura, tienes una postura respecto a los arquitectos estrellas, ¿ellos están más enfocados hacia el siglo XXI o miran hacia atrás?

"Mi crítica no es contra los arquitectos en sí, sino contra el sistema, que no lo encuentro muy favorable actualmente. Pero hay algunos que están en el siglo XXI, por ejemplo, Frank Gehry. Porque, entre otras cosas, su arquitectura no se podría hacer sin computadores ni el mundo de la cibernética. Los otros que están preocupados del futuro son los japoneses, desde Toyo Ito a las nuevas generaciones".

 "Los arquitectos nunca han tenido poder"

-Uno de los argumentos que dio el jurado para darte el premio es que has podido moverte con propiedad en los tres ámbitos de la profesión: el ejercicio del oficio, el discurso arquitectónico a través de la publicación de muchos libros y en la docencia. ¿Cuál de estas tres patas la ves más débil?

"En el ejercicio de la profesión creo que hay gente muy buena hoy en día, hay un grupo importante que incluso ha obtenido reconocimiento extranjero. Veo más confusa la parte conceptual ligada a la docencia. Muchos aspectos del cambio que vive la arquitectura hoy no se han aclarado. Hoy existen muchas tendencias, casi todo puede ser, y creo que ahí tenemos que reflexionar más sobre lo que estamos haciendo y situarlo en nuestro país."

-¿Cómo llega la arquitectura chilena a sus doscientos años de vida republicana? ¿En qué pie está su identidad?

"Cuando uno aprieta muchos los conceptos termina destruyéndolos. ¿Cuál es la identidad chilena? Al final, los que más saben de identidad en Chile son los que trabajan en el Registro Civil. ¿Qué ponen de cada uno de nosotros? Nuestra historia y nuestra geografía. Eres hijo de tal, naciste en tal año, pero también se fija en geografía de cuerpo, tu color de ojos, tu altura, tu peso o contextura. Yo creo que avanzar más que eso hacia una definición medio metafísica de la identidad es complicado. Nosotros los latinoamericanos, por ejemplo, somos parecidos, pero no iguales, lo vemos en nuestra misma geografía en donde hay elementos como la cordillera que nos asemejan, pero no hay ninguna similitud entre la pampa argentina y el Caribe. En la cultura sucede lo mismo, si pensamos sólo en la diferencia que tuvieron la colonización portuguesa y la española. Además los énfasis cambian; antes la identidad iba por el lado de la integración, ahora con la globalización pensamos si vamos a competir en el mundo global como grupo o subgrupo regional o como países individuales."

-¿Cómo ves el estatus público del arquitecto en Chile, fortalecido o debilitado?

"Débil. En verdad, históricamente los arquitectos nunca han tenido poder, ni la capacidad para hacer ninguna revolución, por intermedio de las formas que proponen, jamás. Ni siquiera Le Corbusier lo tuvo. Hay casos paradigmáticos de personas con poder para transformar la ciudad, como el del barón Haussman, pero él no era arquitecto. Fue administrador público y tenía detrás el poder de Napoleón III. El caso de Chile es similar; el que más cambió la ciudad fue Vicuña Mackenna, que tampoco fue arquitecto, sino abogado, diplomático, escritor y candidato presidencial. De los arquitectos que han tenido poder está Niemeyer en Brasil, mucho mas que Le Corbusier, pero porque tenía al Presidente de Brasil detrás."

"Pienso sí que los arquitectos debieran tener al menos la capacidad de entablar un diálogo productivo con el poder y ahí es donde yo veo una carencia en el sistema político chileno que no advierte la trascendencia de la cuestión urbana, lo que quedó demostrado claramente con la peor política pública del gobierno pasado: el Transantiago, un problema urbano básicamente."



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ENRIQUE BROWNE Los arquitectos debieran tener al menos la capacidad de entablar un diálogo productivo con el poder, que en Chile no se da.
ENRIQUE BROWNE Los arquitectos debieran tener al menos la capacidad de entablar un diálogo productivo con el poder, que en Chile no se da.
Foto:HECTOR ARAVENA

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