Al amparo

 

Pat McQuaid, presidente de la UCI (Unión Ciclista Internacional), asegura que la mitad de los casos de dopaje en el ciclismo provienen de España, y que ese gobierno parece no estar interesado en solucionar el problema. Palabras que invitan, a quien le corresponda, a alguna acción que indique que en ese país no hacen la vista gorda ante las prácticas deportivas ilegales.

Porque el tema del dopaje positivo de Alberto Contador, ganador del Tour de Francia 2010, pone en tela de juicio no sólo a un deporte completo por enésima vez, sino a la política antidopaje de la nación más productiva del último tiempo en títulos y campeones mundiales. McQuaid agrega que la voluntad del gobierno español no parece ser la de erradicar el doping, y que los dirigentes debieran tomar nota para saber lo que hay que hacer. El problema es que se desconoce lo que los dirigentes quieren: si descubrir a los tramposos, o apagar la luz y estirar una mano llena de pastillas sin saber quién las tomó.

La falta de fiscalización interna hace pensar que los directores de los equipos grandes fomentan el consumo de sustancias prohibidas. Y si son sorprendidos, la responsabilidad es exclusiva de los deportistas, porque "no se les puede vigilar las 24 horas". Que un ciclista a nivel mundial haya dado positivo no sorprende a nadie. Que sea Contador el que dio positivo, tampoco. Formaba parte del Astana cuando sacaron al equipo del Tour por reiteradas sospechas de dopaje de sus contratados. Y que el Astana ahora apoye su suspensión no es más que una pequeña venganza porque el español firmó por el Saxo Bank a partir de diciembre. Lo que verdaderamente sorprende es la mano libre con la que siguen actuando los ciclistas hispanos. Después de la Operación Puerto, en que sólo se incriminó a los responsables de la red de dopaje y no a los consumidores, la utilización de sustancias y métodos prohibidos sigue teniendo como aliado principal a las autoridades españolas. Porque ese escándalo quedó, lo mismo que con todos los nombres, en la prohibición de un juez de revelar si las iniciales "AC" eran o no de Alberto Contador, sospechoso de ser cliente frecuente. Que venga hoy a decir que el solomillo era el contaminado más parece una burla que una defensa. Y uno se pregunta, ante la libertad con la que actúan, en qué otros deportes también estarán riéndose a gritos.

 


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Soledad Bacarreza
Soledad Bacarreza


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