"LUZ DEL MUNDO" La obra ya está en las librerías chilenas
Seis horas con Benedicto XVI

Asombra la cantidad de opiniones -escritas u orales- acerca de esta obra antes siquiera de llegar a nuestras librerías, señal del enorme interés que despierta el libro-entrevista a Benedicto XVI. Como esos comentarios han trazado ya su contexto editorial y biográfico, las presentes líneas entrarán en las cuestiones de fondo de esta amena conversación que duró seis horas.  

José Miguel Ibáñez Langlois 

El diálogo entre Peter Seewald y el Papa discurre con gran soltura a través de las páginas del nuevo libro, si bien se ajusta a un plan temático mínimo. Puede ser útil un breve elenco de sus materias principales: la elección de Benedicto XVI, su agenda y costumbres personales, su relación con Juan Pablo II, los escándalos de pedofilia, los problemas del medio ambiente, la "dictadura del relativismo", la libertad religiosa, los progresos del ecumenismo, la relación con los judíos, el islam, la anticoncepción, la homosexualidad, el sentido de la liturgia, el verdadero Pío XII y el nazismo, la droga, la declinación de la fe en Europa, el mundo científico, el fin de los tiempos, el mensaje de Fátima, la vida eterna... (Para no sacar las cosas de quicio, como ha hecho cierta prensa, conviene puntualizar que el tema del preservativo se menciona aquí de paso en cuanto es un factor que banaliza la sexualidad, y que la alusión a su posible uso legítimo se restringe a una figura sumamente particular: el prostituto). En todo caso, el entrevistado no esquiva tema alguno que el entrevistador le proponga, por espinudo que sea.

Este inventario podría dar la impresión de una miscelánea en que ningún tema se cala en profundidad. Pero no hay tal: quien habla es un teólogo sutil y reflexivo, que no por eso deja de ser claro, sencillo, cálidamente humano y alentador.

Tanto, que -se ha dicho- ya no se reconocería en él la figura del antiguo "guardián de la ortodoxia". Esta afirmación debe matizarse, sin embargo, puesto que el Papa sigue siendo el garante supremo de la doctrina católica. Obviamente, no es infalible en una entrevista; pero él mismo reitera aquí la tradición que viene de la cristiandad primitiva: en determinadas condiciones, "el Papa puede tomar decisiones vinculantes últimas, por las cuales queda claro cuál es la fe de la Iglesia y cuál no lo es" (aclaración necesaria a propósito de ciertos comentarios equívocos sobre este mismo pasaje, que le atribuyen el haber negado para sí, en general, toda infalibilidad).

Ante las demandas de reformar las enseñanzas tradicionales sobre el matrimonio monógamo, la anticoncepción, la homosexualidad o la ordenación de mujeres, la negativa -explica él- es simplemente un asunto de identidad esencial de la Iglesia: no puede pedírsele que se anule a sí misma. Con toda humildad, agrega, no es cosa de querer o no (y menos aun de compadecerse o no): es que no puede.

Pero es en temas de esta especie, no obstante, donde más se aprecia al Papa como pastor de almas, que comprende desde el interior todas las situaciones críticas y todas las encrucijadas dolorosas de personas y grupos humanos; que hace cuanto puede por resolverlas, que no las despacha con una condenación, que las mira -en suma- con los ojos del propio Cristo de los evangelios, cuya palabra lo compromete. Su misma manera de explicar a Seewald el sentido de aquellas negativas es ejemplar por su claridad y por su caridad. Él siente que debe conciliar dos polos: permanecer cerca, muy cerca de las personas en situación irregular o de pecado, y no dejar de "mantener alto el parámetro" moral en la sociedad. Como Papa, no podrá dar en el gusto a los lectores relativistas, pero como maestro, habituado a equilibrar razón y fe, expondrá con inteligencia el evangelio "en su inmensa, permanente racionalidad".

Tolerancia e intolerancia

Esta misma apertura generosa de mente y de corazón muestra Benedicto XVI, siguiendo la línea de los últimos Papas, en el diálogo inter-religioso, comenzando por el interior del cristianismo. La unidad lo urge. Estas páginas son un testimonio vivo de sus acercamientos con la ortodoxia y sus patriarcas; del proceso que ya culmina con la reciente y feliz incorporación a Roma de la mayoría de los obispos chinos que estaban ordenados de manera ilegítima (en la "Iglesia nacional"); de las iniciativas anglicanas de integración con la Santa Sede; y, más allá del cristianismo, de su cercanía -bíblica, teológica y humana- con el judaísmo, y aun del difícil pero real avance del entendimiento con el islam, a medida que éste aclara su relación con la violencia y con la razón.

La intolerancia religiosa radica más bien en sectores europeos ilustrados, esos que -afirma el Papa desarrollando una brillante paradoja- predican la tolerancia de una forma tal que destruye la tolerancia. En el mismo sentido, y a propósito del mentado retroceso actual de la Iglesia Católica, el Papa suele distinguir entre el caso de Europa -triste caso, a menudo- y el de los demás continentes, donde con frecuencia el catolicismo es dinámico y pujante.

No podían faltar en esta entrevista los escándalos sacerdotales ligados a la pedofilia, esa "nube de inmundicia que todo lo oscureció", y cuya magnitud produjo en él "un shock inaudito" (por más que el entrevistador, con cifras en la mano, señale que "del ámbito de los colaboradores de la Iglesia Católica proviene aproximadamente el 0,1 % de los autores de abusos; el 99,9 % proviene de otros ámbitos"). Pero ya esa milésima es demasiado. La gravedad del problema se enfrenta aquí sin medias tintas, y se reiteran las medidas rigurosas que la Sede Apostólica ha tomado en el mundo entero. Tal vez lo más nuevo y destacable de esta quincena de páginas, tan doloridas como sinceras, es la siguiente observación del Papa: una de las causas del fenómeno es el relativismo moral que, en las últimas cuatro o cinco décadas, se introdujo en sectores importantes de la propia teología moral católica, con su correspondiente permisivismo.

Debo confesar que en algunos pasajes de este libro -pocos- la voz del Papa me suena menos vibrante que en otras entrevistas. Tres razones, al menos, lo explicarían. La más obvia: que hay diez o quince o veinte años de distancia entre el entonces cardenal Ratzinger y el actual Papa Benedicto. En seguida, que un teólogo, por muy cardenal prefecto que sea (como en el "Informe sobre la fe", "Dios y el mundo" y "Sal de la tierra"), a la hora de opinar tiene mucho más soltura de expresión que el Romano Pontífice (quien ya la tiene bastante, así y todo, en relación con su investidura). Y por último, que su audacia y sutileza intelectual, visible hasta hoy mismo en sus escritos, no puede exigírsele en una entrevista oral e improvisada de seis horas de duración. Pero este matiz, harto delgado, se compensa ampliamente con su carácter coloquial y directo.

El contenido básico de este libro no es un perfil humano del personaje, pero a través de los hechos y argumentos no puede dejar de traslucirse su semblanza personal. Benedicto XVI ha resultado ser un Papa sorprendente. La impronta del gran teólogo no lo abandona nunca, porque es parte de su identidad; tanto en su conversación como en sus escritos será raro encontrar un solo lugar común. Pero no es menos evidente su condición de pastor. Es un hombre radicalmente sencillo y afectuoso. Le duele la incomprensión de algunos católicos, sobre todo alemanes. Es hondamente europeo, y por eso le decepciona en forma especial el secularismo del Viejo Mundo. Aceptar la carga del pontificado le fue sumamente difícil. Como sacerdote, la liturgia lo apasiona. Ama de corazón a Jesús de Nazaret, y ha dedicado toda una vida pensante a escudriñar el misterio de su humanidad y de su divinidad. Hoy estamos a la expectativa de su segundo volumen dedicado a él, que esperamos -que centenares de miles de lectores esperan- con una impaciencia bien natural.


Benedicto XVI es hondamente europeo, y por eso le decepciona en forma especial el secularismo del Viejo Mundo.

 


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<p>La entrevista al Papa se realizó en el verano, en su residencia de Castel-Gandolfo.</p>

La entrevista al Papa se realizó en el verano, en su residencia de Castel-Gandolfo.


Foto:REUTERS

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