CINE Un tributo al director italiano recién fallecido:
MONICELLI , y la "commedia all'italiana"

Hijo natural del neorrealismo, Monicelli construye el lado irónico de ese neorrealismo y diseña filmes "realistas", en apariencia ligeros, con el arriesgado doble filo de la comedia-tragedia. Aquí, un recorrido por la prolífica carrera del cineasta.  

Eugenio Llona M. 

Es otoño en Roma. En el centro histórico, un gigantesco hospital, el San Giovanni, asoma su macizo semblante a otro atardecer romano. De una de sus ventanas se lanzó al vacío el cineasta Mario Monicelli, poniendo fin, por decisión propia, a una de las vidas más prolíficas que ha producido en los últimos cien años esa irrepetible máquina de genios y sueños que es Italia.

Monicelli tenía 95 años y estaba internado por cáncer de próstata terminal. Es dable suponer que quien tan profundamente hurgó en la naturaleza de los seres humanos -usando el libertinaje de la comicidad y un juramento irrenunciable a la ternura- tuvo claro hace unos días que la vida es un estallido de lucidez de breve plazo, en la que vivir es no perder ni un solo instante y a la vez no desperdiciarla, alargándola innecesariamente.

Toscano de nacimiento, Monicelli se instaló en Roma durante el fascismo y en las décadas de los 30 y 40 escribió cerca de 40 guiones liberales, trabajando también como asistente de dirección. "Facendo la ginnastica e la fame" -"patiperreando y con hambre"-, como me señaló en una entrevista que tuve el honor de hacerle en 1978, siendo yo un joven periodista que, desde entonces, y hasta hoy, todavía no despierta del estupor que le causó su filme, recién estrenado ese año, "Un borghese piccolo piccolo", en el cual el maestro Alberto Sordi interpreta el rol de "ser humano", que deja de serlo para vengar con sangre el gratuito y casual asesinato de su único hijo.

Monicelli realizó su debut oficial como director en 1949, con el filme "Totò cerca casa", que consituyó uno de los primeros filmes del notable actor cómico Antonio De Curtis, conocido como Totò, y situado, en el espacio europeo, a la altura de un Chaplin o un Buster Keaton.

Desde entonces Monicelli, con la mayor sencillez, dirigió, varias películas consideradas como obras maestras de la historia del cine. Su producción abarca más de cincuenta largometrajes, sin contar obras menores, documentales, piezas de teatro y televisión. Hijo natural del neorrealismo -aquella filmografía que ficciona tramas de la vida real de la postguerra y que se inicia en 1945 con el filme "Roma ciudad abierta", de Rossellini-, Monicelli construye el lado irónico de ese neorrealismo y diseña filmes "realistas", en apariencia ligeros, olvidándose de Brecht y de Eisenstein, con el arriesgado doble filo de la comedia-tragedia, pero de una profundidad inusitada en el esbozo de personajes, cuya caricatura es más realista que la realidad misma.

Tal vez su obra mayor y mejor herencia es ese milagro de filme en blanco y negro y bajo presupuesto, de 1958, que lleva el título de I soliti ignoti ("Los desconocidos de siempre"), una suerte de caper movie peninsular, estandarte del cine italiano y de inusitada influencia en la sensibilidad común euro-americana de la segunda mitad del siglo XX. Es la extraordinaria historia de una banda de rateros marginales que una y otra vez intenta convertirse en delincuentes de verdad, sin lograrlo, por ser demasiado sanos de espíritu.

Protagonizada por Totò, Vittorio Gassman, Marcello Mastroianni, Renato Salvatore, Carlo Pisacane y una Claudia Cardinale de 20 años, es considerada la primera Commedia all'italiana , uno de los géneros más completos y complejos del cine occidental: la tragicomedia. Nadie que haya "vivido" este filme podrá olvidar a Pisacane, en el rol de Capanelle (nombre del Hipódromo de Roma), vestido con un multicolor hábito de jockey hípico, calificado por él como una "tenuta sportiva", para pasar desapercibido en el asalto a un banco.

En "La grande guerra" esta vez con Sordi acompañando a Gassman, estrenada en 1959, que ganó el León de Oro, Monicelli deja atrás la retórica de la memoria oficial y rescata los grandiosos secretos de la cobardía al retratar la Primera Guerra Mundial aún tibia, entonces, en la memoria de los europeos. Cuatro películas de Monicelli estuvieron nominadas a los Premios Oscar, pero el muñeco de oro americano es avaro con la creatividad mediterránea.

"Ejército Brancaleone"

Clasificado entre los mejores filmes del cine italiano, "L'armata Brancaleone" (El ejército Brancaleone), narra la historia de un andrajoso caballero italiano en la Edad Media, que sin ambages recuerda a Don Quijote, desde un punto de vista cómico. En buen romano: tragicómico. Filme notable por sus diálogos en un latín salpicado de modismos italianos populares, a cargo de ese monstruo del expresionismo escénico que fue Vittorio Gassman.

En 1975, Monicelli dirigió Amici miei (Amigos míos), protagonizado por Ugo Tognazzi y Philippe Noiret, el que, sin ser un filme para hacer historia, tuvo la frescura suficiente como para ser una de las películas más exitosas en Italia y alabada en todo el mundo por su mezcla de humor, ironía y amargura.

Tres años después dirigió "Un borghese piccolo piccolo" (Un burgués pequeño pequeño), un episodio de la vida diaria que se va deslizando hacia un drama donde, del amor, nace la venganza más abyecta que pueda llevar a cabo un personaje que es empleado público.

En la década de los 80 Monicelli regresa a la comedia con "Il marchese del Grillo" (El Marqués del Grillo) y luego, el 85, estrena "Speriamo che sia femmina" (Esperemos que sea mujer), "Parenti serpenti" (Parientes serpientes) y "Cari, fottutissimi amici" (Queridos, jodidísimos amigos).

Monicelli demostró que hay un cine posible para ennoblecer los domingos, y que el desafío principal del cine, desde y hasta siempre, será el de extraerlo de la vida diaria y no de los diseños estratégicos de los productores.

 


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