Rani Calderon y la O. Filarmónica:
Ofrendas musicales

GONZALO SAAVEDRA 

Durante el siglo XVIII se hizo costumbre que en un concierto (es decir, una pieza escrita para un instrumento solista y orquesta) hubiera un momento en que el intérprete principal tocaba solo, retomando y dando nuevos derroteros a las ideas ya expuestas. A ese instante de protagonismo se lo llamó cadenza : aquí se aprovechaba de lucir destreza, pero también inventiva musical, porque no siempre los compositores escribían esta parte sino que se la ofrecían al intérprete, quien podía crearla ex ante o improvisarla en el momento de los quiubos. De los 27 Conciertos para piano de Mozart, por ejemplo, éste omitió las cadenzas en seis, incluido el Nº 22 (1785), en Mi bemol mayor, que Rani Calderon tocó y dirigió con la Orquesta Filarmónica de Santiago, el martes, en el Teatro Municipal.

Calderon ubicó el piano perpendicularmente al público de manera de poder dominar la orquesta mientras tocaba, lo que restó algo de resonancia. La transparente escritura mozartiana expone a los músicos en todos sus detalles y en ello la ejecución de este concierto tuvo sus mejores aciertos, pero también sus peores suciedades. Las cadenzas y otros trocitos de música apenas insinuados en la partitura fueron compuestos durante un año por Calderon y mostraron elegancia y oficio; y, en el tercer movimiento, bienvenidas referencias extemporáneas como las interrupciones dramáticas que recuerdan al Schubert más tardío.

Antes había sonado el "Andante apasionado" del chileno Enrique Soro (1884-1954), breve y ultrarromántico, que la orquesta y el director entregaron con inspiración.

Por último, la cantata "Alexander Nevsky" (1939) de Prokofiev, magnífica pieza que compuso a partir de la música para la película de Eisenstein. Prokofiev había vuelto recién a la URSS y en ese tiempo escribió también "Zdravista" ("Un brindis"), el mejor "Cumpleaños feliz" de la historia, como ofrenda para Stalin en sus 60. El carácter de exaltación nacionalista está también en esta cantata de siete números, donde cada sección de la orquesta mostró, salvo algunas dudas en las entradas, seguridad e intención. El Coro del Teatro Municipal (dirigido por Jorge Klastornick) sonó potente y claro en sus líneas, y la solista, Anna Viktorova, sedujo con un timbre rico y con la profundidad necesaria para su lamento. El público agradeció entusiasmado.

 


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