martes 1 de febrero de 2011  
Rocío Zamorano, hija de La Quintrala:
"No quiero verla nunca más en mi vida"
 
Jura que no tiene ningún lazo con "la señora". Y dice que jamás le dijo mamá. Para Rocío Zamorano, Pilar Pérez es sólo la fría asesina de su padre. En esta entrevista exclusiva señala: "Una escala de acontecimientos unidos fueron permitiendo que ella actuara, que se le armara el juego de manera perfecta. Hubo miles de oportunidades para ponerle freno, pero nadie hizo nada, nunca".  

Por Ximena Urrejola B.  

Fotografías: Ulises Nilo Producción: Bernardita del Solar.

Rocío Zamorano Pérez lleva el apellido de Pilar, "La Quintrala", pero jamás la ha considerado su madre. Ni siquiera cuando era una niña. La persona que la sacaba a andar en bicicleta por el Parque Bustamante era Francisco, su padre. La misma persona con quien elevaba volantines en Lo Curro y hacía castillos de arena en El Quisco. Su padre era su amigo, su cómplice. Su madre, a quien se refiere como "la señora", no era nadie. De ella no tiene bonitos recuerdos de infancia. No se acuerda de haber caminado juntas de la mano, no tiene en mente un cariño en el pelo, menos un abrazo o una palabra de aliento.

Sí se acuerda de un hecho que salió a la luz en el juicio oral: Cuando tenía cinco o seis años estaban en el baño, y su madre la empujó contra el canto del azulejo con el espejo. El tajo en la frente le significó ocho puntos. De ese momento recuerda imágenes, como que su madre la estaba peinando, ella llorando de dolor por la fuerza con que le hacía el moño, su abuela bajándola en brazos por la escalera, envuelta en una toalla naranja llena de sangre.

-De este tipo son los recuerdos que tengo de ella de chica, ¿me entiendes? No es una imagen muy maternal.

-De todas maneras, para la gente es difícil entender cómo usted apareció en televisión sonriendo por el fallo que la condenó.

-¿Sabes qué pasa? Obviamente me hubiese gustado tener otra vida en muchos aspectos. Pero creo que desde chica me estuve preparando para una vida fuera de lo común. Siempre hubo rencillas, cada día sucedían cosas más espantosas... Además, nunca tuve una relación con ella. De chica yo pasaba en la casa de mi abuela, con mi madrina Magdalena Pérez, quien ha sido mi imagen materna desde siempre. Ella me sacaba a pasear, me iba a buscar todos los días para estar conmigo. Los regalitos del Día de la Madre que hacía en el colegio se los daba a mi madrina. De hecho, los vecinos pensaban que ella era mi mamá, porque nunca me veían con la señora. A Pilar Pérez jamás le dije mamá. Todos le decían Pochi y yo le decía Pocha. Pienso que como mecanismo de defensa, desde chica la comencé a bloquear. La gente no lo entiende, pero me es fácil desprenderme por completo de ella.

-¿Tiene algún sentimiento hacia ella?

-Puedo jurar que no tengo lazos con ella, cero. Antes sentía desprecio; ahora, es una persona extraña. De hecho, cuando me tocó declarar en el tribunal, no me puse los lentes. Sin ellos no defino bien las cosas y era la manera que tenía de no verla, de no hacer contacto con ella. Para mí es la asesina de mi papá.

-¿Ha asistido a algún tipo de terapia para entender esta manera en que ve las cosas?

-Estuve con una psicóloga durante casi un año, precisamente para entender cómo había hecho este proceso de sacarla de mi vida. Porque yo le decía que esta señora no me importaba, que quería que se pudriera en la cárcel. Con la psicóloga fui armando el puzzle hasta darme cuenta de que toda mi vida me preparé para algo feroz. Entonces, cuando vino la debacle, no se me cayó la base que había armado, con el amor de mi padre y de mi madrina. De alguna manera estaba preparada para ponerle el hombro a lo que viniera, para ponerme un escudo: esa fue la conclusión de la psicoterapia.

-Ahora que Pilar Pérez está en la cárcel, ¿tiene miedo?

-No sé si miedo es la palabra, pero sí me da como un nervio. De hecho, tengo gas pimienta siempre en mi cartera. Por un lado, pienso que no nos puede pasar nada porque de inmediato todas las miradas se dirigirían hacia ella. Es demasiado inteligente como para caerse en algo así. Pero, por otro lado, de la lista de enemigos que debe tener en su mente, después de haber entregado esa carta a la Fiscalía, mi hermano y yo debemos ser los primeros. Me imagino que desde su mente patológica debe estar muy resentida.

Rocío Zamorano se refiere a un período de la investigación en que ella y su hermano Juan José visitaban a la imputada en la cárcel, escondiendo ante ella el hecho de que su objetivo era hacer una suerte de "investigación" y así ayudar a esclarecer los asesinatos de su padre, la pareja de éste, Rodrigo Arévalo, y la posterior muerte de Diego Schmidt-Hebbel. En la carta, Pilar Pérez le pedía a sus dos hijos que juntaran 30 millones de pesos y les entregó una lista con todas las personas que le debían dinero para que fueran a cobrarlo. Había que entregarle diez millones de pesos a la familia del sicario José Ruz, diez millones de pesos al abogado y, cuando Ruz mismo se desdijera de sus palabras, librándola de responsabilidad, se le entregarían los otros diez millones. Pero los hijos entregaron este papel de inmediato a su abogado y a la Fiscalía. Hoy, dice que podrían haberlo hecho de otra manera:

-Le podríamos haber seguido el juego un tiempo más, y así habríamos conseguido pruebas más concretas. Pero en ese minuto, para nosotros, se había acabado todo.

A pesar de que no tiene miedo, Rocío Zamorano siente que hay cosas "extrañas" que la rondan hasta hoy. Lo último: El fin de semana después del fallo hasta la imprenta de su marido llegó un tipo que los vecinos encontraron sospechoso. Entre varias personas lo encararon y se dieron cuenta de que llevaba una bolsa con excremento humano. Habría sido la tercera vez que dejan excremento en la puerta de la imprenta, así como hace tiempo le ocurría a la familia de Agustín Molina, Gloria Pérez y Belén Molina, en su casa de calle Seminario.

-Era un gallo joven, que puede haber sido mandado.

-¿Cómo es su relación con la familia de Agustín Molina?

-Muy buena, ningún problema. Y con la Belén, la verdad es que nunca hemos sido muy amigas. Yo era más cercana de mi otra prima, la hija de mi madrina. Pero no es que nos llevemos mal. Ahora, creo que -no sé cómo explicarlo- la Belén ve en mí la imagen de Pilar Pérez. Entiendo perfecto lo que le puede pasar conmigo. Es fuerte que yo sea la hija de "La Quintrala".

-¿Se ha encontrado con su hermano?

-No tanto tampoco. Vivimos juntos hasta los 17 años en la misma casa, pero nunca tuvimos relación de hermanos. Él era el regalón de la señora, y yo sólo tenía relación con mi papá. Él es súper introvertido, se junta más con mi abuela materna, con mi tío Agustín, con la Belén. Yo, en cambio, me veo más con mi madrina y con la familia de mi papá. Pero creo que hay que darle tiempo al tiempo y estoy segura que cuando seamos más viejos todo va a estar bien. Nos vemos en los cumpleaños familiares, no hay mayor contacto. Si me preguntas qué música le gusta, no tengo idea. A mi cuñada tampoco la conozco, la he visto como cuatro veces.

"Tenía que tener papá mil años más"

Rocío Zamorano Pérez tenía 15 años cuando su papá, Francisco, se fue de la casa. Al año siguiente, ella hizo lo mismo. Francisco Zamorano se fue a vivir con su madre, Brunilda Marfull, quien vivía a pocas cuadras de la casa de Pilar Pérez, y Rocío se fue a la casa de su abuela materna, Aurelia López, y vivía en la misma casa que Agustín Molina, su tía Gloria Pérez y su prima Belén. La familia en el tercer piso; Rocío y su abuela en el segundo. La relación entre padre e hija continuó siendo igual de cercana. Con su madre pasó años sin verse; en otros períodos tenían una relación que Rocío califica de "cordial".

Uno de los momentos más complicados del último tiempo los vivió cuando hace seis años se casó con Rodrigo Arroyo, vecino de La Pintana, sin estudios superiores (hoy está estudiando psicología).

-Ella quería que me casara con un millonario, y consideraba que mi marido era poca cosa. De hecho, nos lo gritó desde un lado a otro de la calle: ¡Muerto de hambre! Nos amenazó con que no iba a dejar casarnos, así que en el último momento cambiamos el lugar del matrimonio para que ella no pudiera echarlo a perder. Terminamos casándonos en Curacaví, con mi papá, mi madrina, el marido de mi madrina, mi prima chica y mi abuela paterna.

-¿Se imaginó alguna vez que Pilar Pérez terminaría siendo una asesina?

-Mi papá sí se lo imaginaba. Tenía una obsesión con el tema. Decía: ¡La loca me va a dar por muerto! Le tenía terror. Vivían cerca, y cuando mi papá la veía en la calle corría a esconderse.

-¿Cree que se casaron enamorados?

-Yo sé, ahora, que ella se casó sabiendo que mi papá había tenido parejas hombres antes. Eso es un hecho. Pero creo que ella se casó para mantener las apariencias. La señora se hizo un aborto de un feto viable de seis meses. Faltaban sólo tres meses para que se casaran y ella no quiso tenerlo, por el qué dirán. Mi papá vivía solo en esa época y la señora se hizo el aborto en su casa. Él tuvo que tomar en sus brazos a su hijo muerto -un hombrecito-, y lo afectó muchísimo. Yo lo sé porque encontré un cuaderno que él había escrito y que era una carta gigante para ese hijo que no pudo nacer, y que fue a enterrar en un cerro aquí en Santiago entre tal y tal árbol, a tanta altura. Él quedó muy mal, y fue precisamente ese hecho el que lo conectó con algunas ONG pro-vida, como Red Oss, donde trabajó como voluntario hasta el día de su muerte (ver recuadro), y donde trabajo también yo. Creo que él en algún momento estuvo enamorado de Pilar Pérez, pero no por mucho tiempo.

Francisco Zamorano Marfull murió asesinado el 23 de abril de 2008 junto a su pareja Rodrigo Arévalo, también muy cercano a Rocío y su marido. Dice que de ese día no se acuerda casi de nada.

-Fue un shock tremendo. Me acuerdo que mi marido me fue a buscar a la pega, que estuvimos todo el día afuera de su casa. Del velorio, no tengo imágenes. Compañeros de colegio que me dijeron que fueron... no me acuerdo. Tengo borrados cuatro o cinco días.

Rocío Zamorano muestra un tatuaje que tiene en su muñeca derecha que dice "Te quiero papá", y dice:

-Lo necesito demasiado... todavía tengo su número de teléfono en mi celular, es mi contacto número dos. Cualquier cosa que me pasara yo lo llamaba, siempre. Me hace mucha falta.

-¿Cómo se acepta que a su padre lo asesinaran de esa manera?

-Es que no se acepta: se "banca". No sé cómo explicarlo: jamás lo voy a aceptar, porque no se lo merecía y tampoco Rodrigo. No tenía por qué ser así. Él estaba enfermo con VIH, pero estaba bien con su terapia, equilibrado, era una persona alegre, positiva. Yo tenía que tener papá mil años más; él tenía que ser abuelo -le encantaban las guaguas-. Pero no va a poder ser. Y todo por ella. Esto no se acepta. Se aprende a vivir con la pena.

-¿Qué pasó dentro de su familia como para que Pilar Pérez se convirtiera en lo que es?

-Yo trato de entender el porqué, y pienso que ella se fue formando de a poco en lo que se convirtió. Ella fue el hijo hombre que mi abuelo nunca tuvo. Siempre fue distinta, miradora en menos. Ahora somos todos generales después de la batalla, pero lo cierto es que nunca nadie hizo algo al respecto. Nunca, nadie, le puso un freno. Mi abuela la podría haber llevado al psicólogo, al psiquiatra, miles de veces, pero nunca lo hizo. Entonces, ella iba avanzando en esta vida haciendo lo que se le antojaba, y todo se le iba dando perfecto: no tenía límites. Se sentía poderosísima. Creo que ése es el meollo del asunto.

-¿Y cuándo se convirtió en asesina, piensa usted?

-La señora no fue nunca de violencia física -aparte del empujón cuando yo era chica-, su tema iba más por la violencia psicológica. Hasta que le pegó a mi cuñada con el uslero en la cabeza y la empujó por la escalera, en julio de 2007. Mirando para atrás, ésa fue su primera manifestación violenta y grave. Pero, como te dije, nadie hizo nada. Pilar Pérez tiene que haber pensado: Ahh, esto es fácil, porque no tiene consecuencias. Después, cuando mi papá fue asesinado, apareció el señor Soza, quien confesó -no sé por qué- un crimen que no había cometido, y de nuevo Pilar Pérez salió incólume. Cruzó el límite con lo de mi cuñada y entró en un círculo de violencia que nadie frenó. Creo que haberla denunciado por lo de mi cuñada habría marcado la diferencia. Con eso, cuando pasó lo de mi padre quizá la hubieran investigado a ella y no hubiese pasado lo de Diego. Fue una escala de acontecimientos unidos que fueron permitiendo que ella actuara, que se le armara el juego de manera perfecta.

-¿Cuál es la pena que esperan para ella?

-La verdad, yo creo que, independiente de los años que le den, cuando la saquen del salón VIP en que está, con living y televisión, y la pasen al sector común, se va a autoeliminar de inmediato. Lo doy firmado. Tener que compartir con personas que no están a su nivel, entre comillas, no lo va a soportar. Entonces, aunque le den los 23 años que pide la defensa -ridículo- o los 83 que pide la Fiscalía, da lo mismo.

-¿Qué siente frente al hecho de que el juicio se pueda declarar nulo?

-Prefiero ni siquiera ponerme en el caso. No me puedo imaginar tener que pasar por todo de nuevo. Sería insólito, demasiado. De partida, creo que mis dos abuelas no lo soportarían. Vamos a ir al tribunal a conocer la sentencia y a la señora no quiero verla nunca más en la vida.

-¿Se imagina qué estará pasando por su mente en este momento?

-Yo creo que ella está convencida de que va a salir, de que se va a dar la nulidad del juicio. Cuando le den la sentencia y se dé cuenta de que no hay vuelta atrás, va a entender lo que está pasando. Ojalá que logre dimensionar la gravedad de lo que hizo. La señora no va a sufrir, nunca va a asimilar el dolor que produjo en los demás, pero pido que por lo menos se dé cuenta, que por un instante diga: ¡Qué hice! Pero no lo va a hacer.

Es jueves, Rocío Zamorano está vestida con su delantal de médico en la ONG Red Oss, en Conchalí, lista para atender a sus pacientes. No deja de sonreír: dice que salió a su papá, quien se mantenía alegre, a pesar de su enfermedad, de la pobreza, de todo.

-Yo sé que la vida se me ha hecho demasiado dura en el último tiempo, pero tengo que seguir viviendo. Sé que mi papá me está mirando desde alguna parte, y si yo estuviera mal, él también lo estaría. En el fondo, pienso en él y digo: yo puedo. En la vida hay dos opciones: o quedarte en el hoyo o seguir. Yo tenía muchos motivos para quedarme en el hoyo, pero también tengo muchas razones para seguir adelante.

Maquillaje y pelo: Nicole Rencoret.

 "Creo que, independiente de los años que le den, cuando la saquen del salón VIP en que está y la pasen al sector común de las presas, se va a autoeliminar de inmediato. Lo doy firmado".

 La labor de Rocío

Francisco Zamorano llegó como voluntario a Red Oss en 1998, después de que le diagnosticaron el VIH. Trabajó allí como consejero, entregando información a las personas que llegaban a practicarse el examen del VIH. También fue la persona que le cambió la cara al lugar: con sus manos y un grupo de colaboradores convirtió una mediagua en la casa que hoy alberga a la ONG. Francisco Zamorano llevó hasta allá a su hija en 2000. "Ésta fue la herencia de mi padre", dice. Además del VIH, realizan el examen para detectar la sífilis, atienden a personas que sufren enfermedades de transmisión sexual y realizan atención ginecológica. Para ayudar a Red Oss, las personas se pueden inscribir como socios o hacer donaciones. www.redoss.cl

Por Ximena Urrejola B..

   
Términos y Condiciones de la Información
© El Mercurio S.A.P.