Mansión centenaria Al norte de Nueva York
Yaddo, legendario refugio para creadores

No son pocas las biografías de escritores en las que aparece mencionada esta colonia de artistas, la más antigua de Norteamérica y que sirvió de refugio literario a Cheever, O'Connor, Highsmith, Bellow, Capote y tantos otros más actuales, como Nicole Krauss y Monica Youn. Por ella han pasado más de 60 premios Pulitzer, un Nobel y un sinfín de historias y anécdotas.  

Soledad Rodillo 

Cuando en 1969 Philip Roth publicó su comedia sexual El mal de Portnoy , la celebridad y el escándalo le llegaron de golpe y porrazo. Agobiado por la prensa y su recién estrenada fama de sexópata, su primera reacción fue huir de Manhattan, rechazar cualquier aparición pública y recluirse en un lugar tranquilo y silencioso. El lugar donde llegó fue Yaddo, una colonia de artistas ubicada en Saratoga, al norte de Nueva York, donde no sólo tomó distancia de su obra al crear a los narradores de sus futuras novelas -a su alter ego Nathan Zuckerman y al estudioso David Kepesh- sino también encontró el sosiego y la rutina monacal que tanto ansiaba para seguir escribiendo.

A Yaddo también llegaron en su momento Truman Capote, Flannery O'Connor, Jonathan Lethem, John Cheever y Patricia Highsmith, quien tras su muerte en 1995 legó toda su herencia -aproximadamente 3 millones de dólares- al lugar que tanto la había ayudado en su carrera como novelista. Aunque la escritora vivió en Yaddo sólo durante un par de meses en 1948, fue ahí donde, por sugerencia de Truman Capote, decidió reescribir y terminar su primera novela, Extraños en un tren , la que poco después fue llevada al cine por Hitchcock y llenó a su autora de reconocimiento y fama.

Fundada a comienzos del 1900 en un terreno de poco más de dos hectáreas, el sitio de Yaddo -con su mansión de estilo gótico, sus jardines de rosas, sus lagunas artificiales y sus fuentes y esculturas de mármol- fue inicialmente el lugar de veraneo de la familia del banquero Spencer Trask y su mujer, Katrina. Pero, tras la muerte prematura de sus cuatro hijos, el matrimonio, en un arranque de romanticismo, decidió convertirlo en "un lugar para inspirarse": un refugio donde los artistas pudieran trabajar sin interrupciones durante un período de su carrera y donde todos, hasta los menos conocidos, sintieran que lo que estaban haciendo era algo importante.

Desde entonces hasta hoy, más de seis mil artistas han pasado por la elegante mansión de tres pisos: poetas, cineastas, pintores, músicos, compositores, aunque sin duda han sido los escritores quienes más se han beneficiado de la tranquilidad de Yaddo y los que, a su vez, le han dado mayor fama a la colonia con sus 64 premios Pulitzer, un centenar de premios literarios y el Premio Nobel de Literatura para Saul Bellow, a quien John Cheever recordó años después como el más trabajador de los escritores que pasaron por Yaddo y cuya ética despertaba "cierta ansiedad" entre sus pares del lugar.

"Este Yaddo es el ejemplo más repugnante de algo que estalló como una peste por todo el este y el norte", escribió en los años 40 la escritora Katherine Anne Porter, "edificado con ganancias de guerra, todo imitación Jacobino y la tiesa mansión inglesa construida por nuevos ricos que ganaron su fortuna en la guerra. Pero estas personas tienen algo más: su historia -su historia personal- es muy humana y llena de sufrimiento...". En efecto, después de perder a sus cuatro hijos entre 1880 y 1889, el propio Spencer Trask murió arrollado por un tren en 1909.

Katherine Anne Porter llegó a la colonia de Yaddo tras su segundo quiebre matrimonial y aunque "no imaginaba nada tan severamente enclaustrado y delimitado", su paso por el lugar no pasó inadvertido por la escritora Carson McCullers -quien solía acosar a la Porter en la puerta de su dormitorio- ni por Truman Capote, al que la escritora despreciaba profundamente y frente a quien solía jactarse de que sus estudiantes de Stanford eran lo suficientemente sabios como "para vomitar sobre él".

Un retiro ¿monacal?

Hasta el día de hoy, en las habitaciones de Yaddo no hay teléfono ni internet y las reglas de la casa prohíben que alguien toque la puerta de un residente, a menos que haya sido invitado. El desayuno se toma en un comedor común en el primer piso, pero el almuerzo lo dejan en un canasto en la puerta de cada pieza para así no interrumpir las horas de trabajo que van desde las 9 de la mañana hasta las 4 de la tarde. "Un Shangri-La emocional y una Meca literaria", la definió Carson McCullers, quien en una de sus muchas estadías en la colonia de Yaddo escribió su pequeña novela La balada del café triste , además de varios de sus cuentos.

"Puedo escuchar los pájaros, a la camarera del salón tosiendo y sobre el lago un montón de cuervos", le escribió John Cheever a su mujer en 1939 durante una de sus primeras estadías en Yaddo. "Estas son las habitaciones más agradables de la casa. Un departamento sobre el portecochere , un gran estudio con una chaise longue amarilla y un escritorio imperio, bustos de Bruto y Horacio, volúmenes amarrados de Punch de 1833 a 1891...". Seis años antes, un veinteañero Cheever había tratado de ingresar a Yaddo con una carta dirigida a la directora Elizabeth Ames en la que le declaraba sus planes de convertirse en escritor y de seguir "trabajando en el aprendizaje de la prosa" en un lugar tranquilo: "La idea de dejar la ciudad nunca ha sido algo tan distante o deseable". Pero, por falta de cupo, su solicitud fue denegada y debió esperar hasta el año siguiente para entrar a la colonia que terminó convirtiéndose en su segundo hogar por el resto de su vida.

Según cuenta su hija Susan en su autobiografía Home Before Dark fue en el Yaddo de los 40 donde Cheever trabajó en sus cuentos, así como en los 50 en La Familia Wapshot , en los 60 en Bullet Park y en los 80 en Falconer . Pero también fue en Yaddo donde el escritor y la novelista Josephine Herbst se emborracharon tanto que terminaron arrastrando a la periodista Mary Heaton Vorse escaleras abajo. Y fue también en Yaddo donde Cheever se jactaba de haber tenido sexo en cada superficie plana de la mansión, sin contar el jardín y las canchas.

No fue el único. Porque es un secreto a voces que en Yaddo abundan los affaires y el alcohol. Y como las estadías no incluyen a cónyuges, parejas ni amigos, no son pocos los residentes que mantienen romances dentro de la colonia, que terminan a la semana siguiente o que incluso llegan a convertirse en relaciones de por vida. En los años 40, el escritor Henry Roth conoció a la pianista Muriel Parker en Yaddo cuando el autor de Llámalo sueño había perdido el deseo de vivir, y fue ella quien lo devolvió a la vida y se convirtió en una fiel compañera hasta su muerte. Y fue en Yaddo donde Truman Capote comenzó su larga relación con el crítico literario Newton Arvin. Y donde la escritora Elizabeth Hardwick, fundadora del prestigioso New York Review of Books, conoció a su futuro marido, el poeta Robert Lowell, quien en los 50 -en pleno Peligro Rojo- causó un gran escándalo político en Yaddo al acusar de espía soviética a la escritora Agnes Smedley -que llevaba cinco años residiendo en el lugar- y además denunciar a Elizabeth Ames, la eterna directora de la colonia, como encubridora. Finalmente, los jueces las declararon inocentes, aunque el bochorno difícilmente fue olvidado por el maníaco de Lowell y su crédula amiga Flannery O'Connor, quien lo había apoyado en la acusación y tras el escándalo nunca más se atrevió a volver a la colonia.

Silencio, tranquilidad y ocio

En Yaddo, los artistas no dictan clases ni asisten a conferencias y hay una regla no escrita que prohíbe preguntar por los trabajos de cada uno. No hay que mostrar progresos ni proyectos terminados, la única obligación de los huéspedes -además de mantener una conducta apropiada- es permanecer durante el día en alguna de las 55 habitaciones de la casa, dedicados -en silencio- a lo que vinieron, sea pintar, escribir, leer o simplemente divagar. La escritora A.M. Homes, quien se ha "internado" en la colonia de escritores para cada una de sus últimas novelas, recomienda alojar durante la estación lluviosa de mayo, "cuando está lloviendo y congelando y hay enormes cantidades de trabajo por hacer". Y el escritor William Carlos Williams recordó en su autobiografía su fructífero paso por Yaddo durante un frío agosto de 1950, en el que casi no salió de su habitación durante las dos semanas de estadía enfrascado en terminar el cuarto tomo de su voluminoso libro Paterson : debió quemar tanta leña para calentar la pieza "que el lugar olía a cenizas y perfumada putrefacción".

En esas habitaciones, Sylvia Plath escribió varios poemas de su primer libro, El Coloso , y tras su estadía -que compartió con su marido, el escritor Ted Hughes- envió una carta a la directora de la colonia, donde declaraba que "nunca en su vida se había sentido tan tranquila como para poder leer y pensar y escribir durante siete horas al día". Una experiencia muy distinta a la que vivió Elizabeth Bishop en 1950: según le escribió a Robert Lowell, fue incapaz de "trabajar" en lo absoluto y se pasó la mayor parte del tiempo "agradablemente sentada en el balcón soplando burbujas". Otros han pasado sus horas "de encierro" durmiendo o mirando por la ventana. O atrapando murciélagos, como lo hacía el propio Truman Capote, un pasatiempo bastante común en Yaddo, aunque declaradamente prohibido.

En las tardes -una vez terminadas las horas de trabajo-, los residentes suelen reunirse en el comedor o en el living de la mansión, y es ahí, como en un reality show , cuando suceden las cosas más sorprendentes. Pueden surgir amistades nuevas como la que se dio en 1996 entre un joven Jeffrey Eugenides y un no tan joven Robert Stone. O pueden planearse salidas nocturnas al pueblo, como las que hacía A.M. Homes al cine del centro comercial o Carson Mc Cullers al bar New Worden de Saratoga. O descubrir alguna inspiración literaria, como le ocurrió a Colm Toibin cuando encontró la biografía que Leon Edel había hecho de Henry James o a Jonathan Franzen -durante el invierno de 1991- cuando dio con un viejo ejemplar de Personajes desesperados en la biblioteca de Yaddo. Quedó tan fascinado con su lectura que no tardó en reeditarlo, posicionando a su autora, la octogenaria Paula Fox, en el lugar de los grandes de la literatura norteamericana actual.

 Otras colonias y la experiencia chilena

Su enorme mansión gótica y los ilustres huéspedes que han pasado por Yaddo le han dado gran notoriedad a esta colonia de artistas ubicada en Saratoga. Pero experiencias similares a Yaddo existen desde hace más de un siglo en todo el mundo, especialmente en Estados Unidos, Alemania e Inglaterra. Una colonia muy similar a Yaddo es MacDowell, en New Hampshire, Estados Unidos, también abierta a artistas plásticos, compositores y escritores, y donde se hospedaron Thornton Wilder, Michael Chabon y Leonard Bernstein, entre otros.

En nuestro país, la única experiencia conocida fue a principios del siglo XX, cuando un grupo de escritores y artistas jóvenes crearon la mítica "Colonia Tolstoyana". La idea fue de los escritores Augusto D'halmar y Fernando Santiván, junto al pintor Julio Ortíz de Zárate. El propósito era tener un espacio para leer, estudiar y crear, pero además trabajar la tierra y encontrar una tranquilidad física y espiritual.

En un principio, la colonia iba a instaurarse en la provincia de Arauco. Querían seguir el proyecto misionero de Tolstoi, cuyo fin era mejorar la vida de los campesinos rusos. Sin embargo, los chilenos no lograron sobrellevar una vida rústica en el sur y se instalaron en un terreno que les cedió el poeta Manuel Magallanes Moure, ubicado en San Bernardo.

Por el lugar pasaron distintos artistas como los pintores Rafael Valdés y Pablo Burchard, además de los escritores Baldomero Lillo, Luis Ross y Carlos Mondaca, entre otros. La colonia, aunque estaba alejada de la capital, atrajo la atención de la prensa y de los intelectuales de aquellos años. Su mítica historia se puede rastrear en Memorias de un Tolstoyano , de Fernando Santiván, quien cuenta la travesía al sur, lo duro que significó regresar a Santiago y luego toda la experiencia de formar la colonia, las labores domésticas, el trabajo de la tierra y, también, las conversaciones filosóficas y literarias entre los "colonos". El proyecto, finalmente, duró sólo un año. Nunca más se registró una experiencia de este tipo en nuestro país.



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Foto:ALFREDO CÁCERES


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