sábado 26 de febrero de 2011  
 
Hora cero
 
El 27 de febrero de 2010 un terremoto varió el eje de la tierra, botó edificios y creó olas que se comieron pueblos enteros, pero, por sobre todo, cambió vidas para siempre. Siete afectados relatan por primera vez para "Sábado" la noche que los marcó.  

Por Rodrigo Fluxá y Ana Callejas 

Y ahí estaban a las 3.34 del sábado 27 de febrero de 2010. Juan Morandé en la barra de una discoteque en Santo Domingo.

Rachel Saavedra de turno en el hospital de Arauco.

Gabriel Muñoz durmiendo en la parte alta de Constitución.

Deimond Espinoza en su pieza compartida con diez personas en la cárcel de Chillán.

El cuerpo de Manuel López en una urna en Caleta Tumbes.

Felipe Tapia en una cita romántica en Farellones.

Illary Galleguillos durmiendo en paz en su pieza, en su casa, en el 0847 del pasaje Camarones, Villa los Héroes, Maipú. Había tenido un gran verano. Una semana antes detuvo a su papá en la casa y le dijo:

-Tengo el pololo que quiero, voy a entrar a la carrera que quiero, tuve mi fiesta de graduación y me fui de vacaciones. Estoy muy feliz.

Su papá la miró satisfecho. Con 18 años cumplidos su hija no daba disgustos: sacó 812 puntos en la PSU de matemáticas y 760 ponderados, suficientes para matricularse en ingeniería civil en la Universidad de Chile, uno de sus sueños. El otro era bailar: desde niña integró distintos talleres, que fue combinando con una activa participación social en el Liceo Carmela Carvajal, donde fue una de las coordinadoras de la revolución pingüina. Pese a que sabía que su carga de estudios aumentaría considerablemente, se negaba a dejar su lado artístico de lado: audicionaría, fuese como fuese, el 26 de marzo en el ballet folclórico Antumapu.

Cuando bailaba Illary brillaba como su nombre en quechua: un amanecer resplandeciente, fulgurante. 

No la dejaron irse de vacaciones con su novio: sus papás solían sobreprotegerla. Esa noche, apenas, empezó el movimiento salió corriendo de su pieza y abrazó a su papá en el umbral de la escalera. La casa crujía como nunca antes.

La última semana del verano es en Santo Domingo. Juan Morandé, 20 años, estudiante de periodismo, pasa siempre las vacaciones con su familia en Pucón, pero febrero lo cierra hace años en Santo Domingo, y ahí todas las noches las cierra en Llolleo, en la discotheque Gabbana.

Esa noche, junto a Arturo Ríos, con quien alojaba, fue a una previa en la casa de una amiga. Fueron a buscar a dos amigos más en la Nissan Terrano de Juan. A las dos de la mañana entraron al local

Juan se separó de los amigos con que había ido, para toparse con los que fue a ver: gente de su colegio, el Cordillera y gente de su universidad, la del Desarrollo. El aire estaba caliente, todos traspiraban. Había dos mil personas esa noche. Apenas quedaba espacio para moverse. 

Después de bailar con una amiga, Juan fue hasta la barra.

- Buena, José, ¿cómo estamos?- dijo, saludando a un amigo. Conversaron unos minutos, cuando se puso a temblar. 

- Oye, ¿qué onda, por qué se mueve la gente?- preguntó Juan.

Se rieron. Era, todavía, un temblor. Pero se cortó la luz. Polvo cayó del techo. 

- ¡Vamos a la salida!- gritó Juan, mientras las botellas se reventaban contra el piso.

-No, hueón, quedémonos acá. La gente está vuelta loca. Quedémonos acá.

-No, toy cagao de miedo. Voy a salir.

La discotheque se zamarreaba. Cada vez había más polvo. Pensó: el techo no va a aguantar mucho más. Se movió a empujones entre la gente, siguiendo a la masa de personas que se agolpaba en la salida de emergencias.

Estaba a punto de salir. 

Pero antes comprobó que tenía razón: el techo se cayó.

Constitución esperaba una fiesta. Por primera vez, la semana maulina terminaría su festejo con un show de fuegos artificiales y unas cien personas acamparon en el islote Cancún, en medio del río Maule, para tener la mejor vista. Ahí estaban el hijo y las dos nietas de Gabriel Muñoz (58 años), pescador de la zona. 

Gabriel había llegado de una jornada de pesca y prefrió descansar en su casa, ubicada en altura. Un aire tibio se paseó entre las casas cercanas a la costa, el mar refrescó el clima y la luna se hizo inmensa a medida que avanzó la noche.

Constitución esperaba una fiesta.

A Felipe Tapia no le gusta ir al teatro, pero fue igual; nunca antes había ido de noche a Farellones, pero a las doce y media estaba subiendo en un Chevrolet Corsa. Venía llegando de una semana de vacaciones en el norte: dividió su tiempo entre Punta de Choros y el Valle del Elqui. Psicólogo de la Universidad Central, trabajaba en la reinserción de reos en Valparaíso.

Llegó de su descanso el jueves y el viernes, no muy convencido, decidió juntarse con una joven que había conocido semanas antes. Era la segunda vez que se veían. Terminada la obra, ella le dijo:

-Tengo ganas de hacer algo distinto. Me da lata ir a tomar a un bar.

Él pensó: de todas maneras. Y dijo:

-Sí, yo también. ¿Qué puede ser?

Con 30 años, hasta diciembre pasado vivía junto con dos amigos en una casa que arrendaban. Vencido el contrato se pusieron de acuerdo para pasar el verano en la casa de sus respectivos padres y buscar departamento juntos de nuevo en marzo.

Pasaron a comprar un vino y pasada la medianoche subieron a Farellones, en el auto de ella. Cerca de las una de la mañana se instalaron en la curva nueve. Conversaron.

Al rato llegó otro auto; cuatro jóvenes muy ruidosos. Ambos decidieron ir una curva más arriba para tener más intimidad. Había luna llena. Apenas empezó a temblar, Felipe dijo:

-Deberíamos corrernos unos metros más adelante. Puede caer algo de cerro.

Se movieron.

-No me dejes sola esta noche - le dijo Rachel Saavedra (28 años), matrona del Hospital de Arauco y egresada de la Universidad de Concepción, a Cori, la técnica en enfermería. Sus ojos estaban fijos en el mar y no le gustaba lo que veía. Había algo en la brisa. Había algo en la niebla. Cori se quedó con ella.

Rachel es de Arauco, dónde vive con su mamá, su hermana y su hijo de seis años que, esa noche estaba con los abuelos paternos, en Talcahuano.

Esa madrugada, había un parto programado: Macarena Lagos (18 años) esperaba el nacimiento de su primer hijo. 

Pasadas las tres de la mañana Rachel optó por trasladar a Macarena a la pieza de alumbramiento. Le dio óxido nitroso como analgésico, mientras le decía:

-Respira, aprovecha la contracción. Todo va a salir bien.

Eran ya las 3.34.

 -Puja, puja, mi niña-, dijo Rachel.

Los focos que iluminaban la pieza verde agua, de repente, tintinearon. 

Los parpadeos, al comienzo débiles, no distrajeron a Rachel. Las chispas tampoco. El piso del Hospital de Arauco, construido hace treinta años, se movía lentamente. No le importó: un niño está naciendo.

El cuerpo de Manuel López, "Don Moroco", pescador antiguo de Caleta Tumbes, estaba dentro de un cajón de madera, mientras recibía la luz anaranjada de las velas puestas a su alrededor y unas cien personas hacían vigilia en su casa frente al mar. Esa noche esperaban despedirse de "Moroco" para siempre, darle las gracias por su compañía, por las veces en que pasaba regalando dulces a sus vecinos. Los hombres bebían en el patio y adentro las mujeres contaban anécdotas.

Que era bromista, que era bueno para piropear, que se le veía muy delgado desde que hace tres meses le diagnosticaran cáncer al estómago.

Moroco, a sus 69 años, llevaba dos días en el living de su casa de madera, vestido con traje azul y una corbata rosada, el pelo liso peinado como nunca y sus ojos verdes cerrados, esperando que lo enterraran. 

En Tumbes era conocido y por eso su casa se llenó de coronas, de condolencias, que esa noche fueron recibidas por sus cinco hijos y por Clara, su esposa en vida, ahora su viuda. 

A las 3.34 la pared crujió por el zarandeo, y la urna de Manuel López se movió de su puesto, como saltando al compás de la tierra. Las flores que adornaban la urna quedaron en el piso.

Ese verano Deimond Espinoza (30 años), preso por robo con homicidio desde el 11 de agosto de 1998 y con condena hasta el 2019, tenía tres pesadillas recurrentes. En la primera su abuelo muerto le pide que lo vaya a visitar al cementerio. En la segunda la cárcel se derrumba, se arma un motín, mientras él se esconde detrás de una ventana. El tercer sueño es el peor: él deambulando por Chillán, buscando a alguien, sin saber quién. Sus pies lo guían hasta un río y al mirar el agua se da cuenta que está lleno de cadáveres desnudos.

Esa noche, Deimond Espinoza, el "Highlander", con cuatro hermanos, sin hijos, con primero medio cursado, arrepentido de sus errores, veía el Festival de Viña con sus nueve compañeros de celda, en el segundo de cuatro pisos. Terminado Ricardo Arjona, personal de gendarmería cortó la luz. Justo antes de dormirse, en el limbo previo al descanso, escuchó unos movimientos en las plantas inferiores. Después vio moverse las literas. La suya y las de los demás. Se trató de poner los pantalones, pero sus piernas no le apuntan a los hoyos. Igual que en las pesadillas.

De pronto Deimond Espinoza, un hombre tartamudo, gritó:

-¡Ahí no más diosito, que si no se va a caer esta custión y nos vamos a morir todos!

Cuando todavía temblaba, comenzó a salir olor a gas. El resto de los presos les gritaba a los gendarmes, rogándoles que abrieran las puertas. Muchos tomaron sus celulares y empezaron a llamar a su casa. A nadie le respondían.

Desde las ventanas, se podía ver una neblina de polvo que cubría la cancha de la cárcel. Deimond notó que la muralla que separaba a la cárcel de la calle estaba en el piso. Los fierros cedieron. Deimond y el resto de sus compañeros de piso atravesaron los pasillos exteriores y rompieron el tragaluz del taller de mueblería. Subieron a unos lavaderos para impulsarse al techo, justo cuando empezaban a sonar los primeros disparos. Del techo saltó a la cancha, una caída de tres metros. El aterrizaje le molió las rodillas. La escena era así: oscuridad total, sólo interrumpida por los destellos de luz que provocaban las balas disparadas por gendarmería. Las que encontraban la carne emitían un vivo color rojo.

-¡Para hueón, para! - le grita un gendarme de frente. 

No le hizo caso. No voy a ser el único tonto que se quede adentro, pensó. Cruzó la ciudad, cojo, entre incendios, asaltos y saqueos a las casas de los vecinos. 269 reos escaparon esa noche, muchos en calzoncillos.

Deimond no fue a la tumba de su abuelo ni a buscar los muertos del río: estuvo cuatro días escondido en la casa de una tía en "La Legua chica" de Chillán, la población Nueva Río Viejo. Su familia fue a verlo y su hermana menor, la única de los cuatro hermanos en estudiar una carrera profesional, le insistió en que debía entregarse. Durante ese tiempo, apenas durmió, siempre alertado por las sirenas del toque de queda, esperando que rompieran la puerta de una patada. A pesar de eso, pensó seriamente vivir como clandestino, con otro nombre, llevar otra vida.

-Se me pasó como si fuera un recreo de treinta segundos. Sentí que mi alma estaba reviviendo al estar libre. Pero yo ya había hecho mierda mi vida, no quería arrastrar a mi familia. Pensé en mi mamá que tiene la presión inestable, mi hermana que debe concentrarse en sus estudios. Los estaba complicando a todos.

Se tomó un botellón de vodka para hacer más fácil lo difícil: volver a encerrarse. Su papá lo fue a dejar, derechamente ebrio, a la cárcel de Chillán. O lo que quedaba de ella. Estuvo dos días allí y después lo trasladaron a la cárcel de Concepción, junto con otros setenta reos recapturados. Ahí pasará los ocho años que le restan de condena.

Tumbes

Tres minutos después, a las 3:37, los asistentes del velorio pudieron salir a la playa y abandonaron la casa y a Moroco. Su ataúd se quedó allí, contra una pared, acompañado por muebles dispersos y sillas vacías. 

Dos minutos después, las aguas de Tumbes estaban notoriamente recogidas. Decidieron correr hacia el cerro. Se refugiaron en el punto más alto del pueblo, y desde ese lugar los vecinos oyeron los golpes de las olas como martillazos contra sus casas.

Durante una hora escucharon cómo su pueblo era destrozado por olas de diez metros.

Recién a las 5.20 sintieron que el mar se tranquilizó un poco. La familia de Moroco se sintió culpable por haber abandonado su cuerpo a merced de las olas. Pero nadie se atrevió a bajar. Se quedaron allí hasta que apareció el sol y, con él, las ruinas de Caleta Tumbes.

A las siete, confirmaron lo que temían. Los pescadores le contaron a Clara, la viuda, que su casa ya no existía y que Moroco, sus restos, a esa hora, era el primer desaparecido a causa del tsunami.

En Caleta Tumbes murieron tres personas a causa del terremoto.

El martes 2 de marzo, bajo techos metálicos y lejos de su casa, apareció la mitad de la urna de Moroco, con su cuerpo aún en el interior y las piernas colgando. Sus hijos lo envolvieron en frazadas y lo llevaron en un auto hasta el cementerio en el que estaba programado su entierro. Su familia se entristece hoy pensando en las atrocidades que pudieron ocurrirle al cuerpo de Manuel. Prefieren imaginar al pescador, navegando en su ataúd de madera, recorriendo por última vez la costa que le dio de comer.

Arauco

Rachel puso sus manos en la cabeza de la guagua. Con el generador de luz del hospital activado, logró ver en qué posición venía. Miró a la mamá, intentó tranquilizarla.

Los muebles y herramientas de la sala estaban ya en el piso. Las mesas con ruedas se movían de un lado a otro.

Seguía temblando. La luz se fue totalmente.

-Tranquila, sigue pujando. Ya va a pasar- le repitió a Macarena. En su cabeza rondaba otra idea: el techo del hospital estaba a punto de colapsar.

Rachel giró el cuerpo de la guagua y lo apretó contra su pecho. Ahí estaba Daniel, de 3 kilos 300 gramos. El primer nacido del nuevo Chile no lloraba. 

Cori, la técnica, gritaba y rezaba. Recién cuando paró de temblar, volvió la luz. Estaba todo en el piso. Ahí Rachel se acordó de su propio hijo, en Talcahuano, frente al mar.

- Présteme algo para cortar el cordón umbilical

Le avisaron que venía otro trabajo de parto. A las 3:50 trajo otro niño al mundo. Tras eso se fue a llorar al baño. Mareada, con nauseas, vomitó.

Rachel estuvo de turno hasta ese domingo por la noche. En ese punto todavía no tenía noticias de su hijo. Recién el lunes pudo viajar a Talcahuano. Su hijo le preguntó: "Mamá, ¿por qué lloras? Ella lo abrazó. Meses después le entregaron una distinción escrita de la Federación Nacional de Profesionales Universitarios de los Servicios de Salud por "demostrar su total compromiso con la salud de los chilenos", pero nada la puso más contenta que el papel que encontró en la casa devastada de sus suegros a la orilla del mar cuando llegó al puerto. Decía: "Estamos bien".

Farellones

A las 3:35 una enorme roca cayó en el asiento del copiloto del Corsa, justo encima del tronco de Felipe Tapia. El auto se volcó. Él quedó inconsciente. Su acompañante salió con mucha dificultad: tenía una fractura cervical. Ahí, en la oscuridad, intentó sacar a Felipe del vehículo por largos minutos. No pudo. Pasó un motociclista. Juntos lograron moverlo. Al rato una camioneta, un joven que bajaba a Santiago a ver cómo estaba su familia, los llevó hasta una posta en Lo Barnechea. Felipe estuvo todo ese rato inconsciente; ella pensaba que estaba muerto. Él sólo tuvo un momento de lucidez: pudo dar sus datos a la entrada.

A las once de la mañana ya estaba en la Clínica Las Condes. Estuvo tres días con peligro de muerte; sus pulmones estaban prácticamente destruidos. Despertó tres semanas después, en la Clínica Indisa, después de una operación a la columna.

-¿Dónde estoy?- preguntó.

-Hospitalizado. Hubo un terremoto, te cayó una roca encima. Habías ido a Farellones con una amiga.

-¿Terremoto? ¿Farellones? ¿Qué amiga?

No se acordaba de nada. Ahí le dijeron: se había fracturado una vértebra, eso le provocó un infarto medular. No tiene sensibilidad del ombligo hacia abajo. No volvería a caminar nunca más.

-Estaba mi familia afuera, pero me acuerdo que me sentí muy solo, un vacío que nunca antes había sentido. Una noche me puse a llorar y le tuve que pedir a la enfermera por favor que no se fuera de la pieza. Fue súper duro: me acuerdo que, por la morfina, soñaba mucho en ese tiempo, y cuando me despertaba ahí en la pieza de hospital, decía: qué lata, de nuevo estoy soñando que estoy en la clínica, que no puedo caminar. El bajón me venía cuando me daba cuenta que era realidad. 

Felipe ha sido su propio psicólogo y paciente. Participó de un congreso organizado por la USACh sobre efectos de catástrofes naturales. Ahí, y en todas partes, la pregunta es siempre la misma. ¿Por qué a él? ¿Qué significa todo lo que le pasó?

-Pasé mucho tiempo pensando en qué hubiese pasado si no salía esa noche con ella, si después del teatro me hubiese ido para la casa, si nos hubiésemos puesto tres curvas más abajo, pero no me llevó a nada. Lo que pasó es la cagada que queda cuando se juntan muchas coincidencias y circunstancias. Nada más.

Felipe mantuvo contacto con su amiga; la ayudó a pasar el sentimiento de culpa que la atormentó los meses que siguieron al terremoto. No son pareja; solo amigos.

Está aprendiendo a manejarse en la silla de ruedas y el mes pasado encontró trabajo. Sus papás lo llaman varias veces al día y tienen que movilizarlo a todos lados. Lo que era un regreso temporal a la casa paterna, hoy no tiene fecha de término: viven en Las Condes, en la subida de un cerro. Por razones prácticas, van a cambiarse.

Constitución

Gabriel apoyó los brazos en el colchón, abrió los ojos y pensó en el islote Cancún. La habitación pasó de los sonidos chirriantes a inclinarse de un lado a otro. 

A oscuras, como todos en Constitución, calmó a su mujer y le dijo que de inmediato subieran a lo más alto del cerro.

-Tengo que bajar. Nuestro hijo no va a tener cómo salir del islote, y la mar se puede venir en cualquier momento, le dijo a su esposa. 

A los quince minutos figuraba remando por el Río Maule hacia el mar, en sentido contrario de los que huían. Se juntó con otros dos pescadores que también iban a sacar a la gente que estaba en Cancún.

Cuando llegó a la isla, su hijo lo estaba esperando. Lo llevó de vuelta a Constitución. 

La marea ya estaba endemoniada a las 4: las lanchas chocaban contra los pilares del puente. Gabriel se topó con su hermano mayor en medio del río, avanzando hacia la isla.

-No vayas más pa' Cancún, que esta cosa se va a venir- le dijo. 

La marejada ya era intensa y su hermano gritó algo parecido a un "voy y vuelvo", que se perdió entre el ruido de los tumbos. No lo vio más.

Gabriel alcanzó a poner un pie en tierra, cuando la primera ola del tsunami rugió desde el fondo del agua. La imagen de personas agarradas de los árboles para evitar que las olas se los llevaran no lo dejó tranquilo. Fue a su casa, buscó una cuerda gruesa y se dirigió al puente. Allí, los autos pasaban a cada instante y Gabriel corrió entre réplicas y tsunami. 

-La ola más grande fue de unos diez metros. Era como una sombra, una masa oscura que avanzaba, una muralla de agua negra que se acercaba a la isla.

Cuando Gabriel llegó al tramo del puente que coincide con la isla, algunas personas lo reconocieron y él les tiró la cuerda. Las subió amarrados de la cintura. Se le quemaron las manos con la fuerza y el roce del cordel. Esa madrugada el pescador rescató a ocho personas. El resto de los que acampaban en Cancún o alcanzaron a devolverse a Constitución o formaron parte de los 94 muertos que las cifras del Gobierno adjudicaron a esta zona. Él está seguro que fueron muchos más.

-Sólo hice lo que me dijo mi consciencia, dice.

Ese sábado llovió. A los siete días encontró el cadáver de su hermano. A él no lo pudo salvar.

Santo Domingo

Juan estaba inconsciente en el piso de la discotheque Gabanna de Llolleo. Y aunque su amigo Arturo Ríos pasó por su lado, no lo reconoció: el pedazo de techo que cayó encima de él le cortó la cara, desfigurándolo. Segundos se fijó en su ropa: polera verde con líneas, pantalones grises. Era Juan. Y a Juan le faltaban, desde el antebrazo, las dos manos. Arturo corrió a pedir ayuda, y cuando volvió, Juan ya no estaba.

A las 3:40 de la mañana, cuatro jóvenes, uno de ellos estudiante de segundo año de medicina, lo encontraron y le hicieron un torniquete para detener la hemorragia de sus antebrazos. Lo sacaron afuera, y aunque no lo conocían ni se conocían entre sí, se subieron a uno de sus autos y partieron al hospital de San Antonio. Con un brazo menos, otro colgando y un corte diagonal que pasaba por su ojo derecho, Juan Morandé era uno de los diez heridos que llegan de la Gabbana. 

Sus papás recibieron a las 8 de la mañana un llamado: Juan estaba hospitalizado. Eduardo Morandé partió desde Santiago a ver a su hijo, y cuando llegó a San Antonio, se enteró de que a Juan le habían amputado la mano izquierda y que la derecha estaba perdida. Había otros dos jóvenes con lesiones igualmente graves, todos iban a ser trasladados a la Clínica Las Condes, pero había solamente un helicóptero disponible. Decidieron que primero trasladarían al que estaba en coma, luego al que tenía riesgo de perder la pierna. En tercer lugar a Juan Morandé; en el hospital de San Antonio no había escáner habilitado, así que ignoraban que tenía un coágulo en la cabeza.

Al mediodía, Arturo Ríos fue junto a unos amigos a la Gabbana: la misión era encontrar la mano que faltaba. Allí se encontraron a la policía registrando el lugar; tenían el brazo de Juan en una bolsa con la etiqueta de "evidencia". Lo pusieron en hielo y partieron en ambulancia. 

Recién a las 15.15 Juan Morandé llegó a Santiago en helicóptero. Llevaba casi doce horas sin su brazo. Mientras unos doctores le abrían la cabeza, otros dos cirujanos intentaban reconectar los músculos y los nervios de su mano al brazo derecho. Su familia rezaba. La operación duró ocho horas.

Cuatro días después, Juan despertó en la UTI de la Clínica Las Condes. Medio inconciente, pensó que aún estaba en San Antonio. Vio su brazo izquierdo con vendas y pensó que tenía una fractura. Luego vio que el otro brazo estaba igual. Su hermana estaba en la pieza. Él le preguntó qué pasaba, ella fue a buscar a su papá.

-Juan, hubo un terremoto en Chile. El país está muy mal, hay mucha gente sufriendo y tú tuviste la mala fortuna de perder tus manos en un accidente en Gabbana- le dijo Eduardo Morandé a su hijo.

-Te prometo que voy a hacer todo lo posible por tu recuperación. 

-Despertarse de un día para otro sin brazos fue fuerte. Me di cuenta que sería un discapacitado - dice Juan-. Pensé que nadie me iba a mirar, que hasta se podían reír de mí. Pero con el tiempo me di cuenta que no tiene por qué ser así, que la vida sigue.  

Estuvo tres meses en la clínica, trabajando con kinesiólogo y en terapia ocupacional. Hoy sigue en rehabilitación. La mano derecha fue reimplantada con éxito. En la izquierda tiene una moderna protesis. Dejó el periodismo por la ingeniería comercial y retomará sus estudios el próximo mes. 

Y sobre esa noche, Juan Morandé piensa:

- Fue mala cueva. Yo ese día iba a ir sí o sí, porque lo pasaba increíble.

Gabanna no volvió a abrir.

Santiago

Las cosas volaban en la casa de Maipú de los Galleguillos.

-Papi, tengo miedo.

Juntos, abrazados, esperaron a su mamá y a su hermana menor. En la planta principal circulaba el agua por todos lados, un pedestal del baño se corrió. Sonaban vidrios quebrados. El segundo piso seguía crujiendo, como si la casa fuese a desmoronarse en cualquier minuto.

Pasaron los 165 segundos de terror y no se desmoronó.

La Villa Los Héroes se quedó sin luz. Durante los cuatro días y noches que sucedieron al terremoto los vecinos se organizaron en las calles, montando guardias, con fogatas, ante los rumores de saqueos. Illary no estaba convencida de la amenazas. Pese a las reconvenciones de su mamá, fue a las esquinas a conversar con los vecinos, a tranquilizarlos. Más que Maipú, le preocupa el sur. En las visitas a la casa de una tía, que sí tenía electricidad, pudo ver las noticias en televisión: la impactó la cantidad de gente con las casas en el piso. Le pidió permiso a sus papás para ir a ayudar junto a su pololo. Le dijeron que no.

El cinco de marzo volvió la luz a la casa. Lo primero que hizo fue meterse a su mail: había una cadena de correos, buscando voluntarios para la Campaña Chile Ayuda a Chile, coordinada por la Teletón. Le pidió permiso de nuevo a su mamá. Ella lo pensó unos minutos y le dijo que sí. 

Al día siguiente, Illary se despertó a las ocho de la mañana. Tomó un jugo de naranja y se comió un pan antes de salir. Su mamá, de vacaciones, se quedó en cama, viendo, al fin, las noticias, desgracias ajenas. Illary se fue a la Teletón. Media hora más tarde llamó a su mamá.

-Me mandaron a La Reina. Te llamo después.

Illary Galleguillos debía repartir panfletos a la salida del metro Príncipe de Gales. Junto con sus compañeras ese día decidieron que llegarían a más gente si lo hacían en la calle. No alcanzó a entregar ni diez volantes en el cruce de Avenida Ossa con Tobalaba: al segundo semáforo un auto la golpeó en la cadera y la hizo volar varios metros, azotándose la cabeza en el asfalto. El chofer tenía todos sus papeles al día, iba sobrio y no violó ninguna ley del tránsito.

Tras estar 27 horas agonizando en el Hospital Salvador, murió. Sus familiares y amigos alcanzaron despedirse. Illary no alcanzó a empezar a ingeniería, nunca pudo entrar al edificio de Beuchef como alumna regular y no llegó a la audición del ballet folclórico. Fue la última víctima del terremoto.

"Pasé mucho tiempo pensando en qué hubiese pasado si después del teatro me hubiese ido para la casa, si nos hubiésemos puesto tres curvas más abajo."

"Se me pasó como si fuera un recreo de treinta segundos. Sentí que mi alma estaba reviviendo al estar libre, fuera de la cárcel".

"Juan, hubo un terremoto en Chile. El país está muy mal, hay mucha gente sufriendo y tú tuviste la mala fortuna de perder tus manos", le dijo eduardo morandé a su hijo.

"La ola más grande fue de unos diez metros. Era como una sombra, una masa oscura que avanzaba, una muralla de agua negra que se acercaba a la isla".

 

Por Rodrigo Fluxá y Ana Callejas.

   
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