ENSAYO La frustración de un proyecto nacional
La lectura en la crisis de la educación: reconsideraciones para el Bicentenario

Vicente Bernaschina Schürmann, de 28 años, fue ganador de la cuarta versión del Concurso de Ensayos en Humanidades Contemporáneas, que organizan la Universidad Diego Portales, el Goethe Institut y "El Mercurio", y cuyo tema fue el Bicentenario y la crisis. En su ensayo, del cual publicamos un breve extracto, profundiza sobre un diagnóstico y las posibilidades de mejoramiento de las actuales políticas oficiales de fomento.  

Vicente Bernaschina Schürmann Doctor. Washington University Saint Louis. 

La lectura 1874 - 2004

Hace ya más de seis años, entre el 14 de abril y el 30 de mayo del año 2004, se presentó en el Museo de Arte Contemporáneo de Santiago la selección chilena destinada a representarnos en la Cuarta Bienal del mercosur. Mi asistencia a dicho museo, por aquellos años con sede única en el Parque Forestal al costado del Bellas Artes, fue fruto más de una obligación universitaria que de mis personales inquietudes respecto de la escena artística chilena. La tarea, según recuerdo, era elegir una o dos de las obras exhibidas y analizarlas desde las categorías estéticas que estábamos estudiando. No recuerdo bien cuáles, si "lo bello" y "lo sublime" de acuerdo con Kant y Schiller o la idea hegeliana sobre "la muerte del arte". Lo que sí recuerdo era que la tarea implicaba analizar las obras escogidas considerando en su postura crítica el contexto de la postmodernidad contemporánea, lo que me hizo detenerme unos momentos ante la instalación "La lectura" de Pablo Langlois. Entré en la sala donde la exhibían y me dejé llevar por el flujo de gente que se quedaba frente a ella durante unos minutos y volvía a salir a los pasillos del museo. Minutos que no habrán sido más de cuatro o cinco, pero que para mi soberbia juvenil fueron suficientes para desestimar la propuesta. Desde la discusión que fuese, me dije entonces, el análisis resultaba demasiado obvio.

"La lectura" de Langlois ocupaba una sala completa y se presentaba como una maqueta de tres por dos metros del clásico cuadro homónimo de Cosme San Martín, pintado en 1874 y que representa con gran realismo una escena familiar de lectura en voz alta: padre y madre, hijas e hijo, la abuela y una niña distraída, todos sentados a la mesa, reunidos en torno a un libro y su lectura). En vez de esto, Langlois nos ofrecía su disolución y arruinamiento. Hecha con alambres de cobre y alpaca dispuestos sobre una plataforma de vidrio iluminada con una deslavada luz neón verde que surgía desde el piso, la instalación presentaba los restos vaciados de aquella representación visual que alguna vez quiso demostrar el importante lugar -ya fuera un hecho consumado o un ambicioso deseo- que ocupaba la lectura dentro del paradigma familiar de la oligarquía chilena de finales del siglo XIX. La obra conservaba la estructura del cuadro, respetando incluso la disposición de la luz: el neón verde emanaba justo debajo del punto de la mesa donde en el original una de las mujeres de la familia sostenía un libro entre sus manos. Lo mismo sucedía con los detalles. Sobre la mesa, también de alambres, era posible reconocer las siluetas de lo que debía ser el florero que adornaba el centro de la mesa y la forma del mentado libro. De manera que sin los detalles escenográficos del cuadro -principales características del estilo de San Martín y su escuela- se producía un contraste entre las ideas que representaba el original y lo que se transmitía con su ausencia o falta de cuerpo.

La idea que se me vino a la cabeza entonces era que la instalación de Langlois resultaba poco sutil en su validación desde las categorías predilectas de la postmodernidad, tales como la fragmentación de la sociedad y la caída de los grandes relatos. La maqueta no parecía hacer mucho más que compartir y reafirmar este diagnóstico. En efecto, el texto crítico que introducía y justificaba el perfil de la selección, escrito por Francisco Brugnoli, enfatizaba precisamente esta dimensión de la obra. A partir del fracaso de la representación y de la reproducción de un modelo, se manifestaba una posición ambigua: "primero aparece la parodia, como opción crítica al referente [el cuadro de San Martín y sus ideales, se entiende] y luego una suerte de empatía melancólica respecto de una pérdida irreparable". En otras palabras, el duelo por la disolución de los ideales ilustrados que fundaron la nación; su paradójico fracaso en la promoción de abusos y desigualdades en lugar de la consecución de las promesas de un "futuro esplendor".

Dada mi poca afición a las artes plásticas, lo que entonces yo no podía saber, y que es algo que hoy me permite reevaluar la centralidad del problema de "La lectura" en nuestra actualidad, es que, durante ese mismo año y en ese mismo lugar, se había expuesto una fotografía de la joven artista María Paz Zamorano también llamada "La lectura". Como es de suponer, su obra parodiaba el mismo original de San Martín, aunque con algunas diferencias sustanciales de la que hacía la de Langlois. Zamorano, quien exhibía dentro de un colectivo compuesto por otras fotógrafas jóvenes -Mónica Bate, Loreto Ledezma y María Francisca Montes- llamado Sociedad Titular, presentó una impresión digital de las mismas dimensiones que el original de 1874, aunque actualizando el escenario y los personajes decimonónicos con su propia casa y familia. De tal modo, con el medio fotográfico mantenía, e incluso exacerbaba, la composición realista del cuadro y se permitía a su vez mostrar las transformaciones que la vida moderna ha impuesto sobre la preciada actividad de la lectura y sus relaciones con aquel importante núcleo productivo. No sólo la sala en la que se efectúa la lectura es más pequeña y menos lujosa, sino que la escena aparece mucho más rígida. Al estar desprovista de toda naturalidad, la fotografía provoca la sensación de ser un vano esfuerzo por replicar y reproducir un modelo, no en ruinas o en disolución, como sería el caso de Langlois, sino su impostura.

En el cuadro de San Martín, la luz enverdecida por los colores del decorado emana desde el lugar de la lectura y parece combatir enérgicamente las sombras que retroceden hacia la esquina superior derecha del salón. La lectura, entonces, difundida en voz alta por parte de una de las mujeres de la familia y vigilada por la mirada paterna a un costado, cautiva, deslumbra y alumbra, en mayor o menor medida, al resto de los integrantes de la familia; salvo por la niña pequeña, quien, hasta que no llegue la edad de su educación formal, debe entrenarse, como lo dice Alberto Blest Gana en "El ideal de un calavera", en las "mil ficciones de cariño que desempeñan un papel importante en el juego de las muñecas".

Encarando este modelo y en contraste con la instalación de Langlois, "La Lectura" de Zamorano no sólo preserva los actores y la escenografía, sino que los moderniza y parece buscar una trasposición de la escena en el tiempo. Claro que la expresión de sus caras y el mensaje de sus posturas ha cambiado, además de la luz. Esta ya no proviene del libro sino de la ventana y sugiere así que el poder ilustrador de la comunidad asoma desde otra parte y ya no de esa distribución lineal y vigilada presente en la pintura de San Martín.

Hoy, esta coincidencia en la reapropiación de "La lectura" de 1874 no deja de sorprenderme. No sólo reitera la centralidad que ocupa el problema de la lectura en la sociedad chilena en general, sino además permite reevaluarlo a la luz de las transformaciones experimentadas por la educación y cultura chilenas en las últimas décadas. (Fragmento)

CRISIS Y BICENTENARIO

Cuarto concurso de Ensayo en Humanidades Contemporáneas, Ediciones Universidad Diego Portales, 2010, 190 pp.

 


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<p>Instalación La Lectura, de Pablo Langlois (en la foto), una reinterpretación de la obra de San Martín.</p>

Instalación "La Lectura", de Pablo Langlois (en la foto), una reinterpretación de la obra de San Martín.


Foto:YASNA KELLY

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