Cardenal Francisco Javier Errázuriz, a las víctimas del caso Karadima:
"Por el sufrimiento que les causé sin quererlo, yo, de verdad, les pido perdón"

El arzobispo emérito de Santiago revisa su participación en el proceso que estremeció a la Iglesia. Revela pasajes desconocidos de su relación con el ex párroco de El Bosque y anuncia que tomará la iniciativa para intentar reunirse con los denunciantes que gatillaron el juicio canónico por abusos sexuales. Por primera vez, les pide perdón.  

Eduardo Sepúlveda M. 

El cardenal Francisco Javier Errázuriz luce sonriente y sereno. Quizás un poco más delgado. Por estos días reside en el Santuario Bellavista de La Florida, de Schoenstatt, su congregación. Está a la espera de que se habilite la nueva casa que albergará a los arzobispos eméritos de Santiago, porque el inmueble en que vivieron sus antecesores, como Raúl Silva Henríquez, ya no existe.

En un comienzo la entrevista transcurre como cualquier otra: con cierta tensión inicial, con el interrogado midiendo cada una de sus palabras, sin sobresaltos. Pero cerca del final ocurre lo inédito: el cardenal, por primera vez desde que estallara públicamente el caso Karadima, pide perdón a las víctimas. Lo hace dos veces, y en la segunda se le llenan los ojos de lágrimas. Luego, dice que tomará la iniciativa para reunirse con ellos, por primera vez. De ahí en adelante la entrevista ya no será igual. Las respuestas se volverán más breves y el diálogo culminará en cuestión de minutos.

Lo que sigue es su relato de cómo vivió él el proceso que ya parece estar culminado en la Iglesia, pero que recién comienza en la justicia civil. No elude ninguna pregunta e incluso se abre, también de manera inédita, a hablar de su áspera relación con Karadima y del modo en que actuó el obispo Andrés Arteaga.

-Esta historia comienza en 2003, con la denuncia de la primera víctima, José Andrés Murillo. ¿Cómo se explica que sólo 7 años después se hiciera público lo que ocurría, y no por la Iglesia, y que sólo un año más tarde hubiese sanciones?

-Las denuncias contra el padre Fernando Karadima nos llegaron gradualmente. Efectivamente, José Andrés Murillo me mandó una carta con un vicario de la Educación; la leí. Yo conocía la fama que tenía el padre Karadima de ser buen predicador, de ser buen director espiritual; además tenía un poco la fama de ser un hombre medio santo y, honestamente, yo no creí. Por otra parte, el derecho canónico me pedía que toda denuncia que yo recibiera tenía que investigarla, si la consideraba fidedigna. Lo malo fue que yo no la consideré fidedigna. Después me arrepentí, porque me di cuenta de que sí era fidedigna. Las siguientes denuncias formales llegaron el 2006 (James Hamilton), el 2009 (Juan Carlos Cruz) y la cuarta que se entregó al promotor de justicia, de Fernando Batlle, llegó en abril de 2010.

-Usted ha dicho que el año 2005 tomó algunas providencias para evitar que el sacerdote Fernando Karadima eventualmente siguiera cometiendo los abusos de los que se le acusaba. ¿Cuáles fueron esas medidas?

-Por una parte, pedirle la renuncia a su oficio de párroco. Ser Fernando Karadima y ser párroco de El Bosque eran la misma cosa, y era ése un poco el pedestal en el cual él estaba y que le daba también una seguridad a su acción. También nombré al primer promotor de justicia para que se abriera el procedimiento canónico. El decreto fue firmado el año 2005.

-¿Cómo tomó Karadima su petición de que renunciara a ser párroco de El Bosque?

-A él le costó dejar de ser párroco. Al principio no quería presentar la renuncia. Le dolió. Finalmente la presentó. Pero les hizo saber a algunos de sus colaboradores que ellos debieron haber intercedido ante mí para que yo no le aceptara la renuncia.

-El año 2006 se le realizó una misa de despedida a Karadima en El Bosque, en la que cuatro obispos concelebraron con él. Usted no asistió...

-Precisamente, no asistí por lo mismo que estaba ocurriendo. Junto a la fama que él tenía, yo también percibía que su dirección espiritual no era acertada, percibía un exceso de autoridad. Había algunos temas, al margen de las denuncias, que uno podía percibir. Además, había una suerte de alabanzas excesivas hacia su persona que me parecían como una adulación que yo tampoco quería apoyar.

-Pero le envió una carta muy elogiosa que fue leída ese día. Eso es contradictorio...

-No lo creo, debe haber sido una carta muy cuidada en todos sus términos. Tengo que haber reconocido cosas buenas que él hizo, porque las hizo, pero es claro que por algo no asistí a esa misa de despedida.

"No lo creo ni sabio ni santo"

-¿Cómo era su relación con Karadima?

-Yo le tenía respeto, por ser el director espiritual de muchos sacerdotes, pero no había ninguna sintonía especial entre nosotros. De hecho, más tarde supe que él se refería a mí en privado de forma sumamente negativa. Creo que yo no era en absoluto del agrado de él y yo tampoco tenía en absoluto sintonía con la manera suya de hacer las cosas. Algunos de sus cercanos me echaron en cara que yo no lo creía ni sabio ni santo, y yo, efectivamente, les dije que no lo creo ni sabio ni santo.

-Usted suspendió la investigación a Karadima el año 2005 porque dijo haber sido mal aconsejado por alguien muy cercano al acusado y a usted, quien le desvirtuó la veracidad de las denuncias. Es obvio que esa persona fue el obispo Arteaga...

-Yo nunca quise decir el nombre, porque me pareció que había sido mi responsabilidad pedirle a esa persona una opinión y luego haberla valorado de esa forma. No quise atribuirle a él esa responsabilidad.

-Pero hoy, ¿no cree que el obispo Arteaga, siendo él un colaborador tan cercano suyo, debió haber actuado de otro modo, con más transparencia?

-Es que yo creo que él quiso ser transparente. Yo no creo que los obispos me hayan querido engañar, de ninguna manera. Además, monseñor Arteaga, a quien aprecio mucho, no sólo como intelectual, es un hombre muy bueno. Yo creo que él no quisiera hablar mal de nadie nunca. Y menos hacer leña del árbol caído. No creo que se haya propuesto no decirme algo que él pudiese haber sabido...

-¿Usted cree que el obispo Arteaga nunca supo nada?

-Creo que él se fue formando un juicio, paso a paso. Fue un proceso. Pero sin lugar a dudas, de los peores delitos, nadie fue testigo. Creo que algunos de los cercanos a Karadima pueden haber exculpado algunas cosas menores que pueden haber visto, creyendo que se trataba de signos de cariño o de una persona anciana, quizás un poco "chocha", como un abuelo, etc., pero que vistas hoy demuestran inclinaciones.

-¿Usted podría descartar que haya habido encubrimiento de quienes rodeaban a Karadima?

-Encubrimiento consciente creo que no hubo. Pero sí hubo cosas que se veían, que debieron habérselas dicho al obispo, o a él mismo.

"Me vi en una situación difícil"

-Hay quienes sospechan de que su tardanza en la investigación de las denuncias contra Karadima tuvo como finalidad dejar pasar el tiempo para que estos hechos prescribieran...

-Así lo he escuchado por televisión. Pero es claro que no es así. Efectivamente, los hechos prescribieron. Fue por algunos meses, pero en lo relativo a un solo caso. Pero no había ninguna intención de encubrimiento, porque cuando envío los antecedentes a la Santa Sede, pido que se levante la prescripción de todos los delitos. Lo pido expresamente. Al final, se juzgaron todos los delitos, pese a que algunos estaban prescritos.

-Sin embargo, ha quedado en algunos sectores la sensación de que las denuncias prosperaron cuando se hicieron conocidas en los medios de comunicación. Que a partir de entonces recién se acelera el proceso...

-Hay gente que lo ha pensado así y ha dicho que sólo en vista de que el programa Informe Especial mostró a los cuatro denunciantes, y que luego se abrió el proceso en la justicia civil, la Iglesia comenzó a trabajar en serio este asunto. Pero lo cierto es que el trabajo acelerado nuestro comenzó en agosto de 2009, de manera que en abril de 2010 ya estábamos terminando. Yo de hecho les había entregado toda la documentación a las tres personas que me iban a aconsejar sobre la sentencia que había que tomar.

-Pero es evidente que la publicidad que tuvieron las denuncias provocó un efecto...

-Sí. Tiene una repercusión, y es que personas cercanas al padre Karadima se alejan de él y vienen a conversar conmigo. Un grupo considerable de sacerdotes y algunos laicos se acercaron a mí por primera vez, por ser su obispo, y me manifestaron algunos hechos que no conocía, sobre todo en relación al dominio de personas.

-¿Y por qué usted no ha estado dispuesto a reunirse con la víctimas como sí lo hizo monseñor Ezzati?

-Yo no estuve dispuesto antes. Me vi en una situación difícil, en la que entra en contradicción el hecho de ser pastor y de ser juez al mismo tiempo. Un juez tiene que ser imparcial y tiene que guardar una cierta distancia para poder juzgar después conforme a todos los antecedentes que lleguen y no dar señales antes de estar convencido. Creo que lo mejor sería otra cosa, que cuando al obispo le toque un caso así, que delegue en otro el juzgar, y que él se mantenga como pastor.

-El Vaticano demostró gran agilidad para juzgar este caso. De hecho, le bastaron solo 6 meses para dictar sentencia. ¿Por qué no se enviaron antes los antecedentes a la Santa Sede?

-Se enviaron cuando aparece un cuarto acusador, don Fernando Batlle, el cual dice que el abuso, en su caso, ocurrió cuando él era menor de edad. Para los abusos sexuales cometidos contra menores de edad la única instancia que es competente es la Congregación de la Doctrina de la Fe en la Iglesia, y entonces se le deben enviar todos los antecedentes. Esa denuncia aparece en abril de 2010. Yo pregunté a la Santa Sede si era necesario terminar nuestra investigación antes de enviarle los antecedentes; me respondieron que sí y en junio todo se va al Vaticano.

-¿Qué opina usted de la sentencia del Vaticano contra Karadima?

-Estoy muy de acuerdo con el resultado del juicio canónico. Acogió las acusaciones y el sufrimiento de quienes denunciaron; rechazó sin atenuantes el trato vejatorio que recibieron. Incluso, los más duros críticos de la Iglesia tendrán que reconocer que todos los cambios judiciales y comunicacionales del caso tuvieron un punto de inflexión gatillado por el juicio canónico que condenó al padre Karadima. Pero además tendrán que admitir que el fallo de la Congregación para la Doctrina de la Fe tuvo un punto de partida y un sólido fundamento: la investigación que promovimos como Arzobispado de Santiago, con la inteligente, decidida y silenciosa colaboración de los sacerdotes Eliseo Escudero y Fermín Donoso como Promotores de Justicia y de quienes fueron actuarios en la causa.

-Ante los ojos de un laico las sanciones pueden parecer leves...

-Son durísimas; para un sacerdote son muy duras. La Iglesia gracias a Dios no tiene cárceles, eso le corresponde a la autoridad civil, pero alguien que se ordenó sacerdote, para ejercer el ministerio, que no pueda nunca más ejercerlo públicamente, que no pueda ejercer dirección espiritual ni confesar, que no tenga contacto en el futuro con los miembros de su antigua parroquia, con quienes dirigió espiritualmente, con los miembros de la unión sacerdotal, es un aislamiento muy fuerte. Por otra parte, que sea el obispo quien le fije la residencia también es difícil. Es casi lo mismo que dejar de ser parte del Estado Clerical.

-Pero los delitos son también muy graves...

-Efectivamente, la sentencia muestra la gravedad de los hechos.

-¿Es posible para la Iglesia de Santiago garantizar que Karadima cumpla con la sentencia impuesta y que, por ejemplo, no sea visitado por sus antiguos feligreses?

-El mismo arzobispo Ezzati ha dicho que él no es policía y que no puede estar instalado fuera de la habitación del padre Karadima, pero hay una garantía que es muy fuerte y que si no cumple se le pueden aplicar penas mayores, y la máxima es que deje de pertenecer al Estado Clerical. Por lo tanto, lo normal es que cumpla.

-A raíz de los casos de abusos sexuales que se han conocido en el último tiempo, la Iglesia enfrenta una crisis de credibilidad y confianza en la sociedad. En las parroquias y en colegios católicos los padres de familia piden cambios que garanticen la seguridad de sus hijos, etcétera. ¿Qué va a hacer la Iglesia chilena para enfrentar este problema?

-Cuando aparecen casos como éstos se produce un estremecimiento enorme en la Iglesia y en la sociedad. De los sacerdotes se espera mucho, todo, pero se debe reconocer que es una persona de carne y hueso que también puede pecar. En otra época de la historia no era así. Hay cuadros antiguos sobre el purgatorio, donde figuraban un cura, un obispo y un rey, lo que significa que se reconocía que estas personas también podían pecar. Ese aspecto, que es teológico, de que la Iglesia es santa, pero compuesta por personas que también son pecadores. Vamos a pasar por un tiempo de desconfianza en que no se les dé mucho crédito a los ministros, de manera muy injusta, porque muchos de ellos son impresionantes en la manera cómo se donan a la gente, la rectitud con la que viven, su espíritu de servicio, de oración... Pero vamos a pasar por un desierto. ¿Cuánto tiempo va a durar? No lo sé. Pero este será un tiempo de purificación y crecimiento.

"A mí me atacaron por lado y lado"

-En este período, monseñor, usted seguramente ha asimilado que su conducta, su manera de actuar en el caso Karadima, y me refiero a la tardanza, al secretismo que imperó, causó sufrimiento en muchas personas, especialmente en las víctimas, que muchas veces fueron denostadas... ¿Usted asume eso?

-En primer lugar, a mí me atacaron por lado y lado. Me atacaba la gente cercana al padre Karadima, porque no lo defendí públicamente después del programa Informe Especial, y los otros porque no le cortaba la cabeza y no procedía en forma sumaria. Eso es un hecho. En segundo lugar, yo tenía que tener la seguridad de que los hechos que estaban siendo denunciados eran verosímiles, y ahí tuve el problema, ahí me demoré. El año 2009, cuando aparece un tercer caso, y luego un cuarto caso; cuando yo logro que personalidades importantes avalen los dichos de los primeros que han denunciado, cuando logro ir a Roma a conversar con el promotor de justicia de la Congregación para la Doctrina de la Fe, quien me ayuda acerca del procedimiento que hay que seguir, ahí se produce un vuelco y el proceso se vuelve más rápido. Ahora, yo comprendo que, sobre todo las dos primeras personas que acusaron, al ver que esto quedaba en suspenso, tuvieron un gran sufrimiento. Es un sufrimiento que yo no quise causar de ninguna manera, y por el cual yo les pido perdón.

-Usted no había pedido perdón antes, monseñor. Por lo visto, usted comprendió que llegó el momento de hacerlo...

-Yo pensé que a nombre de la Iglesia quienes tenían que pedir perdón eran el presidente de la Conferencia Episcopal, o el arzobispo de Santiago o toda la asamblea de la Conferencia Episcopal, y lo han hecho, y a eso adhiero con toda el alma. Hace bastante tiempo estoy convencido de la culpabilidad del padre Karadima y de la verdad de los que dieron su testimonio. Después de eso, yo pensé: ¿acaso estuvo mal que yo quisiera estar seguro de que eran verosímiles las acusaciones? Creo que era un deber mío y era un deber por el derecho canónico. Y en ese sentido, yo no podía pedir perdón por cumplir ese deber. Pero desde luego, lo que ellos sufrieron yo realmente no lo quise. Me ha estremecido el sufrimiento de ellos; es muy doloroso verlos hablar de estos temas o leer sus testimonios. Por ese sufrimiento que les causé sin quererlo, yo, de verdad, les pido perdón.

-¿A usted le gustaría verlos, monseñor, reunirse con ellos, invitarlos?

-Desde luego.

-¿Quiere aprovechar esta entrevista para invitarlos a reunirse con usted?

-Va a ocurrir...

-¿Va a ocurrir porque ya está previsto que ocurra, o porque usted cree que con el tiempo se dará la oportunidad...?

-No, no, uno tiene que tomar la iniciativa... y eso va a ocurrir.

Supe que él (Karadima) se refería a mí en privado de forma sumamente negativa. Creo que yo no era en absoluto del agrado de él y yo tampoco tenía en absoluto sintonía con la manera suya de hacer las cosas. Algunos de sus cercanos me echaron en cara que yo no lo creía ni sabio ni santo, y yo, efectivamente, les dije que no lo creo ni sabio ni santo". "La ministra en visita me puede tratar como a cualquier ciudadano"El juicio de los tribunales civiles:

-Usted supo del allanamiento que se produjo en la oficina de uno de los abogados de Karadima para conseguir la sentencia del Vaticano que se tramitaba paralelamente a través de un exhorto que estaba siendo revisado por la Corte Suprema. ¿Qué opinión tiene de esa diligencia?

-Es un poco extraño que por medio de un exhorto se pidan unos documentos y por otro se realice un allanamiento para conseguir los mismos documentos de manera simultánea. Creo que se deberá reflexionar sobre los procedimientos mejores para estos casos. Por ejemplo, creo que el exceso de publicidad tanto de las denuncias como de los denunciantes más bien conduce a que no haya denuncias en el futuro. La ley debiera distinguir entre delitos. Cuando se trate de los delitos de abusos sexuales, que le causan a la víctima tanta vergüenza, es necesario que haya reserva.

-Como el expediente del Vaticano salió de la esfera de la Iglesia y se ha comenzado a filtrar, ya se habla de que habría más casos, no conocidos por la opinión pública, que involucrarían incluso a un sacerdote. Quizás sería bueno escuchar de su boca frente a qué estamos: ¿hay casos recientes, hay menores involucrados?

-De partida, yo no guardé ningún documento. Todo lo envié hace tiempo ya al Vaticano, por lo que no he podido revisar recientemente los antecedentes como para poder tener al menos una respuesta interior, personal a eso. Pero no recuerdo casos recientes, de los últimos años. La sentencia de la Santa Sede habla de varios abusos a menores, cuestión que yo no recordaba. Recordaba con claridad lo declarado por Fernando Batlle, pero no de otros. Pero cuando se hizo pública la sentencia, monseñor Ezzati dice que partieron hacia Roma los antecedentes recogidos por nosotros, pero también otras denuncias de personas que directamente las enviaron a la Santa Sede. Esas yo no las conozco.

-¿Usted fue citado a declarar por la ministra en visita Jéssica González?

-No, pero evidentemente me puede tratar en eso como a cualquier ciudadano.

"Desde la reunión de Aparecida tenemos una orientación muy clara de cómo seguir creciendo"Su complejo período y su legado

-A usted le tocó la desgracia de culminar su carrera como arzobispo en medio de esta grave crisis y de entregarle el cargo a monseñor Ezzati en medio de uno de los peores momentos de la historia de la Iglesia.

-Primero, me tocó la gracia de entregarle la conducción de la Iglesia a monseñor Ezzati, que está trabajando muy bien. Es una alegría para mí cada día que leo noticias sobre lo que está haciendo como pastor. Por otra parte, es Dios quien fija los tiempos, las personas, y si a Él le pareció conveniente que yo hiciera la investigación y que la enviara a la Santa Sede, y que eso fuera de los últimos actos públicos del ministerio mío, bien, Él tenía que elegir a alguien, le pareció bueno elegirme a mí y así lo hizo. No voy a tener ninguna queja ante Él por ese hecho y también era normal que lo hiciera. Yo en Roma fui secretario de la Congregación de Religiosos y a nosotros llegaban todas las denuncias de religiosos que terminaban expulsados de sus órdenes en todo el mundo y quizás por eso era posible que en algunos aspectos yo comprendiera mejor el problema, si bien con demora, porque esa vacilación mía al comienzo es muy clara. Pero cuando se va configurando la verdad, cuando se va despejando esa protección que yo creo que existía, muy fuerte, cuando llegan hasta mí personas que habían estado cerca del padre Karadima y me hablan del tema, sobre todo después de que las víctimas aparecieron en televisión, el proceso se agiliza.

-Mirando para atrás en este período, se ve que la Iglesia también sufrió otras pérdidas. No logró conseguir sus objetivos en los debates valóricos, tuvo que casi deshacerse de su canal de televisión, que era líder y modelo en el mundo, también de su red nacional de radios. Da la impresión que la Iglesia en los últimos años perdió la voz influyente que alguna vez tuvo...

-Hay verdad en eso. En los dos decenios o tal vez tres, la Iglesia perdió un número de católicos, hay personas que han perdido el contacto con comunidades vivas de la Iglesia, pero al mismo tiempo no hay que dejar de ver otra casa; nuestra Iglesia está llena de movimientos apostólicos que tienen mucha vida, que tienen una liturgia muy hermosa, que tienen un grado de formación muy grande, una cercanía a las escrituras extraordinaria, y en eso estamos creciendo. Desde la reunión de Aparecida tenemos una orientación muy clara de cómo seguir creciendo.

-¿Si usted tuviera que hacer un balance de su gestión, qué aspectos destacaría?

-Eso que lo hagan otros... Pero miro con mucha alegría cómo se han acogido, por ejemplo, las conclusiones del episcopado en Aparecida; cómo todas las expresiones de religiosidad popular en Chile crecen, que muestran una fe muy profunda que crece; veo con alegría cómo se siguen fundando colegios católicos; también con satisfacción cómo las universidades católicas tienen gran prestigio y hacen cosas muy buenas... En fin, hay cosas que producen también satisfacciones.



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<p><b>Viernes a las 9:30 horas<br/></b>El cardenal Errázuriz en el Santuario Bellavista de La Florida, de Schoenstatt, su residencia temporal.</p>

Viernes a las 9:30 horas
El cardenal Errázuriz en el Santuario Bellavista de La Florida, de Schoenstatt, su residencia temporal.


Foto:Juan Eduardo López

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