"Cobra" El último libro del escritor inglés
Frederick Forsyth contra el narcotráfico

La nueva novela del autor de "Chacal" y "El afgano" entrega iguales dosis de intriga y violencia. Esta vez, su asunto es una guerra declarada contra la droga.  

Patricio Tapia 

Así como hay una perspectiva que ve una escalada de empeoramiento en el consumo de ciertas sustancias -el jovencito que comienza con excesos alcohólicos pasará luego a la marihuana y, más temprano que tarde, terminará tirado en las calles entregado a las drogas duras-, hay también una más alentadora teoría "evolutiva" de la lectura: si alguien comienza leyendo El código Da Vinci , de Dan Brown, en algún momento cederá a La dama de blanco , de Wilkie Collins para acabar, más tarde que temprano, tirado en su cama entregado a El hombre sin atributos , de Musil. Curiosamente, en el cruce de estas dos hipótesis se encuentra la última novela de Frederick Forsyth: un best-seller cuyo asunto es el tráfico de la cocaína.

De Chacal a Cobra

Por cuatro décadas, Frederick Forsyth (1938) ha mantenido el pulso acelerado y las uñas cortas de tanto mordérselas a millones de lectores con sus novelas de espías, terroristas, traficantes de armas, secuestradores y asesinos políticos. La primera, y quizá más lograda, Chacal (1971), gira en torno al intento de asesinato del presidente francés Charles de Gaulle y el espeluzno de esperar la captura del asesino antes de que mate a su objetivo. No es la única novela en la que incluye como personajes a personalidades políticas reales. Así, en Odessa (1972) aparece la búsqueda del real comandante de las S.S., Eduard Roschmann, y el caza nazis Simon Wiesenthal.

En Cobra , su último libro, el presidente de los Estados Unidos -al que no se nombra, pero se indica que tiene un padre keniata y madre estadounidense, criado en Hawai y tiene una esposa llamada Michelle-, conmovido y furioso por la muerte del nieto de una sirvienta de la Casa Blanca por una sobredosis de cocaína, se desvela y llama de madrugada al director de la agencia antidrogas, DEA (en la novela proliferan las siglas y abreviaturas, al punto de figurar una lista de ellas al comienzo). "Quiero saberlo todo acerca de la cocaína", le dice el Mandatario y le pide un informe breve y preciso sobre todos los detalles de ella. En tres días, el director no come ni duerme y entrega su informe de 10.000 palabras, 5 páginas del libro, que no dice mucho más de lo que cualquier enciclopedia, pero que es elogiado y leído por otras autoridades, incluso más allá de los Estados Unidos ("Impresionante", es el juicio del Primer Ministro británico). El Presidente ha decidido acabar con la industria de la cocaína. Pero, ¿cómo lograrlo?

Le sugieren contactar a un oficial retirado de la CIA, Paul Deveraux, conocido como "la cobra" por su implacabilidad. Deveraux es un "ascético erudito" que, después de semanas de estudio, señala estar convencido de que el tráfico de cocaína no puede ser eliminado por tierra, ni en Colombia ni en ninguna otra parte (Estados Unidos y Europa sobre todo, como mercados principales), sino por mar: atacando los barcos y aviones de los carteles de la droga. Para lograrlo hace algunas exigencias: debe dársele al tráfico de cocaína una clasificación como acto de terrorismo. Exige carta blanca para hacer lo que sea necesario, absoluta reserva y un presupuesto de nada menos que dos mil millones de dólares.

Los hechos

En un artículo reciente, Forsyth comentaba que lo importante de un thriller está en los hechos. Él, que fue periodista de investigación en sus inicios, siempre ha destacado por su labor de investigación y acopio de datos reales. En Cobra nos informa más de lo que quisiéramos sobre la plantación, producción, transporte y venta de la droga, además del funcionamiento de los puertos y aduanas europeos, las islas Chagos, cierto tipo de aviones y una infinidad de otras cosas. Esta información se alterna con, en un primer momento, la formación por parte de Deveraux de una fuerza destinada a destruir la industria de la cocaína y, después, con las acciones de esta destrucción, que culminará en una guerra sangrienta contra el narcotráfico, que se escapará de las manos de todos y... bueno, es mejor no contar más de los hechos y arruinar así la lectura del libro de Forsyth.

Lo importante, entonces, son los hechos, por poco creíbles que algunos parezcan. Tal vez por eso, los personajes están débilmente delineados. El equipo de Deveraux está formado por viejos estandartes: además del propio Cobra, muy activo y principal es un abogado, Carl Dexter, cuya hija fue violada y asesinada; también Jeremy Bishop un genio informático, entre otros, que a ratos parecen sombras. A ellos se suman oficiales de diversas instituciones de seguridad, especialmente estadounidenses y británicos. Algunos de ellos, como ciertos pilotos destinados a destruir naves, no son asesinos a sangre fría. Pero, por suerte, los "brasileños" sí están dispuestos. No queda claro por qué los pilotos brasileños son capaces, pero el ex comandante de la fuerza aérea del país, João Mendoza, movido quizá porque su hermano menor murió por la cocaína, no tiene problemas en derribar cuantos aviones de la droga le sean indicados.

A pesar de lo anterior, hay una suerte de división muy marcada entre buenos y malos. Los buenos pueden matar, lo mismo que los malos, sin misericordia alguna, pero también son patriotas y valientes. Los malos, en cambio, son cobardes, viciosos y paranoicos. Una vez iniciada la "guerra", los buenos son capaces de desconectar las comunicaciones, manejar la tecnología más avanzada, mientras los malos no tienen idea de lo que está pasando, no obstante regentar una industria con beneficios "tan enormes que Gates y Buffet parecían vendedores ambulantes".

Forsyth se mofa de la "corrección política", pero muchas veces parece encarnar una versión de ella. También se burla reiteradamente de la obsesión por los derechos civiles y los derechos humanos de los narcotraficantes (un juez holandés que libera a uno es descrito como "un fanático declarado de los derechos civiles que, en privado, apoyaba la legalización de la cocaína, que él mismo consumía").

 


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