Ballet
Drácula: todo por un mordisco

Carmen Gloria Larenas 

El Vampiro de Transilvania voló hasta el Teatro Municipal de Santiago, desde Estados Unidos, en una lucida producción concebida por Ben Stevenson, artífice del Ballet de Houston, coreógrafo de vasta experiencia y viejo conocido de la compañía chilena.

Precedido por todo tipo de promesas tecnológicas, el muy acertado vestuario diseñado por Judanna Lynn, tanto en sus colores, formas y texturas, y la eficiente escenografía de Tom Boyd enmarcan una historia atractiva en su génesis, pero simplificada al máximo, con personajes que sólo encuentran por momentos un peso dramático real. Y ése es el talón de Aquiles de la obra.

Los anunciados vuelos entretienen, sobre todo en el comienzo, porque resultan novedosos. Sin embargo, es la aparición de Drácula, conjunción de luz, sombras, humo y movimiento, en medio del desplazamiento de tumbas, el efecto especial más logrado, casi perfecto. Podría haber durado unos segundos más. Y... eso es el primer acto: un baile eterno de las novias de Drácula -interesante por momentos-, un vampiro actor más que bailarín, muy bien interpretado y aprovechado por Rodrigo Guzmán, y una mordida a la expresiva Andreza Randisek (Flora). El tono resulta plano, y uno concluye que ese acto debió ser un prólogo.

Con el segundo se imprime un nuevo impulso a la obra. El coreógrafo encuentra su tempo creativo, el humor, los personajes queribles y traviesos -incluso nos recordó a Coppélia-, y por fin, conecta con el público. Emergen los pas de deux a la Stevenson -con desplazamientos y lifts , además de movimientos creativos que a veces mezclan el folclor con el ballet-, y la danza del personaje de Natalia Berríos (Svetlana) y de Lucas Alarcón (Frederick), ambos de muy buen desempeño; él dejando ver sus múltiples progresos, aún con camino por recorrer en cuanto a limpieza y el control en el escenario. Las danzas de grupo, con cintas o bastones, inyectan el entusiasmo y la energía que los muertos vivos del primer acto mezquinaron. Al final, con el rapto de Svetlana en la carroza del terror y los seudocaballos de la muerte, el acto cierra arriba.

Y llega el último, con Drácula, Flora y Renfeld, este último bien interpretado por Esdras Hernández, armónicamente conectados los tres en su oscuridad, con danzas donde el gesto se une al movimiento. Delatan por primera vez esa mezcla humana de sombra y luz que todos llevamos dentro, logrando Randisek el mayor lucimiento. Entonces, los visos dramáticos se asoman. Pero ya es el final, y todo termina de manera creativa, con Drácula colgando de una lámpara y su desesperado sirviente, en un correr circular sin fin. El único efecto que no estuvo a nivel fue la explosión final muy poco mágica y sofisticada.

La música, de Franz Liszt y Johan Lanchbery, una leyenda en la adaptación de partituras para ballet, no logró ser un puntal de la obra, pero fue bien interpretada por la Orquesta Filarmónica de Santiago.

Un espectáculo que, más allá de algunas debilidades, vale la pena disfrutar.

 


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Foto:SERGIO LÓPEZ


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