Narración intempestiva

 

Es difícil considerar Tango en el desierto , de Hernán Valdés (Santiago, 1934), como una novela completamente lograda. La historia, narrada por su protagonista, cuenta la seducción de que es objeto un relegado por la dictadura a un pueblo mítico del norte de Chile, en medio del desierto de Antófaga, por una supuesta tía suya, Cybeles, Barona von Floto, que vive casi recluida en una villa no menos decadente y absurda que fastuosa, la villa El Edén. Cybeles, una mujer algo más que madura pero que lleva muy bien sus años y no ha perdido, en absoluto, sus encantos, fue en sus tiempos mozos una promisoria y graciosa cantante de tangos que sedujo a grandes líderes (desde presidentes hasta dictadores, pasando por sultanes y altos dignatarios) y, de paso, "facilitaba" a su marido, el Barón Bruno von Floto, la conclusión de sus turbios negociados como traficantes de armas.

La historia de esta novela, narrada siguiendo una temporalidad lineal, parece una reescritura, del episodio de Ulises y Circe, en la Odisea de Homero, transportado y transfigurado al desierto chileno, en un tono de un risueño "realismo mágico". Así, Cybeles, la mujer-maga, la mujer-bruja, seductora y letal, que atrapa y devora a sus "sobrinos", es "Antófaga", flor que come, según la falsa etimología que Valdés propone, en referencia visible a los "Lotófagos" de la obra homérica; pero también posee mucho de la extravagancia y calidez de la Giuletta, de "Giuletta de los espíritus", de Fellini.

El mérito mayor de esta novela es su lenguaje. Confirmando el rigor estilístico que ha demostrado en sus otras obras, Hernán Valdés despliega aquí una prosa sólida y concisa, seguramente estructurada, austera en su sintaxis y generosa en su vocabulario. El lenguaje de Valdés es un idioma estrictamente literario, que, en modo alguno pretende una mímesis engañosa de distintos registro de oralidad, flujos desordenados de conciencia o texturas mixtas o polifónicas. Se advierte un trabajo largo de composición y redacción, un oficio y cuidado por la escritura puesto al servicio del relato. La frase de Valdés posee algunos rasgos de lo escultórico y curiosamente, en este libro, quizás por las características casi oníricas del mundo representado y por la fuerza visual de sus imágenes, guarda cierta correlación y parentesco con esas prosas bellamente intempestivas de Adolfo Couve. "Era de suponer -dice el protagonista- que al descender del bote y cruzar el bosquecillo lo primero que vería un visitante venido del mar sería esa sonrisa de Venus, la cara semivuelta hacia atrás, el brazo en alto levantando por la espalda el borde del peplo y dejando ver el acogedor trasero, para así aliviar las penas del destierro y prometer las delicias del nuevo hogar". La descripción, varias veces reiterada, de una copia en bronce de Venus Calipigia ("la de hermosas nalgas") napolitana, que ocupa un papel central en el nudo de la intriga, refleja las cualidades prosística del autor y, a la vez, advierte sobre el carácter sumamente carnal, irresistible y tramposo del tipo de amor que la "tía" Cybeles representa. Un bajo sostenido de la narración, que la hace muy llevadera, y espanta por completo los fantasmas pestíferos de la gravedad, es la sutileza del humor que envuelve a los personajes, historias y atmósferas.

La arquitectura de la obra, armada también con sólido oficio, resiente bastante la transición brusca desde el realismo áspero y duro del capítulo inicial al mundo fantástico en que transcurre el resto de la obra y alcanza un acierto importante en como inserta la figura sombría del Barón Von Floto, que nunca aparece a los ojos del protagonista y, en rigor, tampoco a los del lector, puesto que sólo escuchamos sus diálogos chismosos con Frau Kapinski, su incondicional y siniestra asistente.

Las dudas comienzan para el lector por algo que se puede llamar la falta de "identidad" de la obra, siempre poco clara, indefinida, titubeante, que impide "suspender la incredulidad" y entrar en el mundo planteado por ella. Los personajes son caricaturas, muy estereotipadas, planas, sin un mundo interior significativo, o con un mundo interior que apenas escapa -a veces- a la trivialidad. La inverosímil historia (que podría aceptarse perfectamente como una fábula o alegoría) no profundiza en ningunas de esas direcciones y el desenlace es predecible y poco sorpresivo. Las implicancias políticas del relato son, por otro lado, en extremo superficiales. La estética, deliberada o no, que permea la novela es la estética del tango, la pasión atávica de Cybeles, su arma mayor de seducción. Leída desde ese prisma, sin embargo, Valdés parece quedarse en un punto medio, irresoluto, entre la parodia y una entrega amorosa, desgarrada y culpable a los hechizos del mismo.

La impresión, final, es que en Tango en el desierto hay un desequilibrio importante entre la calidad indudable de la prosa y los demás componentes de la novela.

Tango en el desierto

Hernán Valdés

Editorial Alfaguara, Santiago, 2011, 168 páginas, $11.900

NOVELA

 


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