martes 14 de junio de 2011  
Alejandra Costamagna, escritora:
"No quiero que mi trabajo sea una carrera por el éxito"
 
Es una de las voces más fuertes de las escritoras nacionales. Publicó su octavo libro, "Animales Domésticos", una colección de cuentos donde perros y gatos son la excusa para relatar la fragilidad humana. Hija de inmigrantes argentinos, Alejandra Costamagna abre las puertas de su intimidad.  

Por Juan Luis Salinas T. 

Unos minutos atrás, antes de que sonara el citófono, Pascual, un gato de pelo anaranjado y actitud seria, arrancó para desaparecer en un lugar perdido entre el patio del condominio en que vive Alejandra Costamagna. El animal prefirió escabullirse ante la posibilidad de encontrarse frente a frente con un desconocido y dejó a su dueña sola. Son las tres de la tarde, en Ñuñoa hay sol, pero el tiempo es frío y el amortiguado ruido de los autos que corren por Avenida Macul rompe la tranquilidad que domina el departamento de Alejandra Costamagna. Ella abre la puerta vestida totalmente de negro, pero en el suéter largo y el pantalón oscuro que lleva puestos hay unos delicados hilos de pelos amarillentos. Es el rastro de Pascual.

-Le tiene miedo a la gente. Le gusta estar solo conmigo -dirá Alejandra más tarde, después de hablar de su gusto por estar sola, del insomnio que la acompaña desde la adolescencia y de "Animales Domésticos", la colección de cuentos que lanzó a fines de abril. Entonces se acordará del gato -que recogió hace dos años de una caja de cartón que estaba tirada en la esquina de San Martín con Catedral, en el centro- y dirá que es su compañero más fiel, el testigo de sus horas de escritura. Y de repente, con tono serio y una risa corta, comentará que conversa con él. Que se acompañan. Que se escuchan mutuamente.

Alejandra Costamagna Crivelli es delgada, habla con calma, su semblante es pálido y su mirada está surcada con ojeras (anoche se acostó cerca de las dos de la mañana). Tiene 41 años, es soltera y no tiene hijos. Es periodista y magíster en literatura, pero desde hace más de quince años es escritora a tiempo completo (aunque no ha abandonado el periodismo y también escribe columnas para revistas como El Malpensante y otros sitios web). Lleva cuatro novelas y cuatro colecciones de cuentos publicadas, y su obra se ha traducido al italiano, al danés y al coreano. Luego de presentar "Animales Domésticos", terminó un texto para una recopilación de perfiles sobre escritores malditos de Latinoamérica, que editará la periodista argentina Leila Guerriero. Un libro que será publicado por la editorial de la Universidad Diego Portales.

-Yo escribí sobre Teresa Wilms Montt. Al principio pensé en Stella Díaz Varín porque fue una poeta con una vida tremenda y bien compleja, pero al final me quedé con Teresa porque tiene que ver con una época en que para las mujeres el oficio de escritora resultaba casi imposible y eso se reflejó en su trabajo -dice Alejandra Costamagna, mientras toma un vaso de Coca-Cola y se acomoda en una de las dos sillas que rodean una mesa de comedor apoyada contra una muralla. Esta mesa se encuentra en la entrada al living, que se ilumina con la luz que entra por un balcón protegido con una malla de plástico transparente. También está al costado de una escalera que lleva al segundo piso de su departamento, donde está la biblioteca y el escritorio. En la mesa, que perteneció a su abuela, hay casi ocho libros apilados (casi todos del escritor y poeta chileno Alfonso Alcalde), una bolsa con pastillas de anís, un monedero de cuero, un frasco café de gotas que dicen "Pascual" y una libreta de apuntes con una frase manuscrita con letra rápida.

-No es nada especial. Sólo una frase que tal vez no termine en nada -dice y apoya el brazo sobre la libreta.
 
 
EN "ANIMALES Domésticos" aparece el cuento "A las cuatro, a las cinco, a las seis". Es el tercero de esta colección de historias en las que perros, loros, tortugas y, muy recurrentemente, gatos, se deslizan en relatos que según la escritora narran "la falta de comunicación, las distorsiones de las relaciones humanas y lo ridículo que todos algunas veces podemos ser". Pero  ese cuento en particular narra la historia de una pareja que llega con su gato herido en una pelea a un hospital público para tratar de que lo curen y terminan cuestionando su relación. Ahí hay un pasaje que dice: "Cuando se emparejaron diez años atrás, ambos transmitían en la misma frecuencia. Hacían listas de razones para no tener un hijo. Dormir ocho horas seguidas. No criar ni malcriar. No esperar aprobaciones ni reprobaciones de la parentela..."

-Eso parece una declaración de principios suya. ¿Es un relato muy personal?

-Uno inevitablemente escribe desde su visión del mundo. Nadie puede ponerse una capa negra y decir estoy escribiendo ficción. Uno siempre parte de algo: de venir del campo o de la ciudad, de ser mujer o ser hombre, de estar soltero o ser separado. Son condicionantes que están ahí y que pesan, pero también todo eso está atravesado por una construcción, una representación que es la literatura. Me cuesta poder ver cuánto hay de mí y cuánto de esa especie de juguera que se produce al escribir. Probablemente lo que parece más evidente no lo es y lo que parece ficción, sí lo es.

-En este cuento, la protagonista es muy similar a usted. Las dos no son madres, las dos tienen un gato, y una larga relación de pareja...

-Creo que esa idea pasa porque se tiene una mirada simplificadora de la escritura de mujeres, porque se esperan ciertos parámetros en los contenidos desarrollados por escritoras. Eso de que las mujeres son más lloronas y que escriben con más sentimentalismo es un estereotipo que le hace muy mal a la igualdad de géneros. Y eso sucede con las preguntas del deber ser de las mujeres con casarse, tener hijos y formar una familia feliz. La idea de la familia compuesta por madre, padre, hijos, nanas y mascotas me parece súper encasilladora, pobre y conservadora. Más allá de que mi opción personal sea no ser madre, creo que tener hijos es súper bonito, pero hay que entender que el no tenerlos no quita ni pone. No tener hijos es otra forma de encarar la vida. Y en el último tiempo, pese a los avances que se había tenido en términos de amplitud de esa mirada con respecto al rol de las mujeres, ahora se ha vuelto para atrás.

-¿Cómo es eso?

-Es que nuevamente en algunos sectores se ha vuelto a hacer presente esa visión de que lo más importante para las mujeres es la maternidad y hacer familia. De hecho, la idea de un ministerio de la mujer y la familia me parece ofensivo, un retroceso enorme en relación a todo lo que se ha logrado en igualdad en la diferencia. La figura de Bachelet, más allá de que haya sido la primera mujer Presidenta de Chile, me conmovía porque era una mujer soltera con sus hijos y no tenía un "primer damo" presente. Ampliaba la idea de que existen otras realidades, que existen otras formas de ser familia que marcan las diferencias: con hijos adoptados, con padres separados, madres solas, sin hijos.

Termina de hablar y toma el vaso de Coca-Cola. Arriba, en su escritorio, un teléfono suena tres veces. La contestadora empieza a funcionar. Se escucha una voz -su propia voz- que dice que se comunicó con su número, que deje un mensaje. Ella escucha y retoma la conversación.

-Me molestan las visiones unívocas. Creo que en Chile es cada vez más reducido el viejo concepto de familia tradicional. Hay que ir con los tiempos, ser más realista, entender que la sociedad está evolucionando.

De repente se queda en silencio. Las micros pasan rápidas a lo lejos.

-Creo que he dicho demasiado -comenta, esboza amable una mueca y bebe otro sorbo de Coca-Cola.
 
 
ALEJANDRA Costamagna no puede decir que desde niña escribía cuentos, que inventaba poemas o que se imaginaba historias. Sólo tiene claro que en su casa se leía mucho y que sus padres -una pareja de jóvenes profesionales argentinos, que llegó a Chile en 1967 huyendo de la dictadura- quisieron replicar en sus dos hijas la forma como se educaron al otro lado de la cordillera.

-Querían que la formación de sus dos hijas se pareciera a la que ellos tuvieron. Los dos provenían de familias de clase media y de pueblos pequeños que estaban al interior de la provincia de Buenos Aires, pero tenían un nivel de instrucción y de conocimiento muy amplio. Eso es algo que siempre admiré de su idiosincrasia, de mis raíces argentinas.

El padre creció en Campana -una pequeña ciudad industrial, que se ubica a 75 kilómetros de Buenos Aires-, estudió química en la Universidad de Buenos Aires y siempre ha sido un apasionado lector de literatura. La madre nació en Córdoba, pero creció en Santos Lugares -una localidad en la zona oeste del Gran Buenos Aires, donde vivió Ernesto Sábato hasta su muerte-, estudió estadísticas en la universidad; desde niña toca el piano y también pinta. Los dos se conocieron en la universidad y, un año después que el general Juan Carlos Onganía tomara el poder, decidieron venirse a Chile. Aquí comenzaron a trabajar en universidades y se instalaron en la Villa El Dorado, entre las avenidas Vitacura y Kennedy.

En Chile nacieron Alejandra y su hermana menor.

-A diferencia de mis compañeros de escuela, no teníamos más familia acá. Y nos entreteníamos entre los cuatro. Recuerdo que en mi casa siempre había mucha vida de noche. Mis papás leían, escuchaban música, estudiaban con nosotras. Nos dormíamos tarde, pero siempre esperábamos a que mi mamá nos leyera algo de "Las mil y una noches". Creo que desde esa época empezó mi gusto por trabajar en la noche, y ahí se originó el insomnio que me acompaña desde niña.

Alejandra dice que esas lecturas antes de dormir les encantaban, porque siempre su mamá cortaba la historia en el momento preciso y las dejaba, en suspenso, hasta el otro día.

En los veranos, apenas salían del colegio, sus padres las llevaban a visitar a sus familiares a Argentina. Se iban a la casa de su abuelo en Campana. El viaje lo hacían en la citroneta de su padre, a la que llamaban Pascuala. Durante dos días recorrían un paisaje que partía en la cordillera, seguía con largos tramos de pampa y terminaba en una ciudad surcada por la línea de un tren. Para acortar las horas del largo trayecto, Alejandra y su hermana contaban los perros que se cruzan por la carretera y leían libros como Tom Sawyer o Las Aventuras de Tintín.

En Campana las conocían como las nietas chilenas de Costamagna. Y la pasaban bien. La única vez que tuvieron algo parecido a un problema fue en 1978, cuando Chile y Argentina entraron en conflicto por la zona del Beagle y se hablaba de guerra.

-Con mi hermana fuimos a buscar al colegio a una prima que aún no salía de vacaciones y sus compañeros comenzaron a molestarnos porque éramos chilenas. Se armó una batahola, hasta que de repente uno de los chicos apareció con un palo y me golpeó en la cabeza.

El golpe le significó varios puntos para curar la herida y fue la primera y la única vez que ha vivido la odiosidad entre chilenos y argentinos.

-¿Y nunca se cuestionó sus orígenes argentinos?

-Supongo que alguna vez, cuando niña. Pero fue por corto tiempo. Siempre he tenido claro que mi lugar es Chile. Lo mismo les ha sucedido a mis padres. Ellos se separaron, pero han seguido con sus vidas acá. No tienen intenciones de volver.

Alejandra Costamagna reconoce que la tierra de sus padres, los escritores rioplatenses como Macedonio Fernández, Cortázar y Onetti, los paisajes de los pueblos cercanos a Buenos Aires y su historia familiar han marcado su literatura. Varias de sus novelas se sitúan en lugares que se parecen a los pueblos de sus abuelos y tienen personajes inspirados en ellos. La madre del protagonista de su novela "Dile que no estoy", que deja de hablar, está inspirada en su abuelo materno, quien fue oficial de correos en Argentina y después de jubilar decidió que hablaría lo justo. Nada más.

Tal como ella lo hace varias veces durante esta entrevista.
 
 
EL PRIMER acercamiento de Alejandra Costamagna con la escritura fue a través de los diarios de vida que empezó a escribir, intermitentemente, desde los diez años en una libreta con tapas de seda china de color azul. Dice que sólo se trataba de anécdotas, de cosas de niña. Entonces Alejandra quería estudiar zoología. O algo relacionado con las ciencias.

Todo cambió en la adolescencia, cuando se fue a vivir a La Reina y entró al colegio Francisco Miranda. Ahí tuvo un profesor que se llamaba Guillermo Gómez, quien le recomendó leer a Neruda, Mistral, Shakespeare, Chejov y "Crimen y Castigo", de Dostoievski, un libro que hasta hoy marca su escritura. El profesor también fue el responsable de una tarea escolar que ahora recuerda como una suerte de señal de lo que vendría: le encargó una entrevista y ella fue a la casa de su vecino, Nicanor Parra, y le pidió ayuda para su tarea. Alejandra sabía que era poeta, que era hermano de la Violeta de los discos que escuchaba en su casa, y que -como su familia- manejaba una citroneta. Parra y la escolar hablaron de poesía y del insomnio que ambos compartían. Ella le pidió que le hablara despacio para anotarlo en su cuaderno y luego caminaron por el barrio. En el paseo, el antipoeta le aconsejó que hiciera eso mismo todos los días por una hora, porque así viviría cien años.

Después de eso, escribir se convirtió en algo interesante, en algo que le tomaba más tiempo. Entonces aparecieron las libretas -ahora perdidas en el tiempo y los cambios de casa- en las que anotaba ideas sueltas, sus opiniones de libros y posibles historias. La zoología ya estaba en el olvido.

Al terminar el colegio pensó estudiar teatro (lo desechó porque no tenía personalidad para subirse a un escenario) y literatura (pero no se veía haciendo clases). Al final se quedó con periodismo, carrera que ha ejercido intermitentemente. La escritura -que comenzó a ejercitar en los talleres literarios de Guillermo Blanco y Antonio Skármeta- terminó por imponerse.

Desde esa época de aprendiz, Alejandra inició su estrecha relación con las libretas y los papeles de cualquier tipo en los que ha manuscrito pasajes de historias que devinieron en cuentos (o intentos de cuentos que han mutado en novelas), párrafos que quedaron en una línea (o palabras sueltas que han articulado libros), y la mayoría de las veces, notas sueltas que han terminado en nada.

-Las libretas las guardo casi todas -dice antes de subir las escaleras rápido hacia el segundo piso de su departamento. Ahí está su biblioteca. Vuelve con una decena de libretas y las pone sobre la mesa. Tienen tamaños y formas distintas, a muchas le quedan hojas en blanco. Entre ellas también hay dos sobres de carta en los que guarda hojas arrancadas de cuadernos, trozos de papel y servilletas con apuntes.

-Cuando se me vienen ideas necesito escribirlas para no perderlas. Tengo que hacerlo, aunque muchas veces no queden en nada. Es una costumbre. Hubo un tiempo en que hasta ocupaba los boletos de las micros.

-¿Con qué escritoras mujeres chilenas siente afinidad?

-Es que creo que no tengo mucha cercanía con ninguna en la actualidad. Siento más afinidad con autores hombres. Con Alejandro Zambra, porque estamos en el mismo rango generacional. Con Bertoni, que pertenece a otro grupo, también tengo cercanía porque su trabajo es cercano al mío en cuanto a escribir de lo cotidiano, de historias simples, de cosas comunes que tienen un trasfondo más profundo de lo que aparentan.

-Tiene fama de escritora de culto, un público fiel y ha ganado premios internacionales como el Anna Seghers en Alemania, en 2008, al mejor autor latinoamericano del año. ¿No le molesta no tener un éxito masivo, un golpe editorial?

-No, ni siquiera me lo cuestiono. A mí me gusta que mi vida siga siendo normal, que escribir y publicar sea mi felicidad. Que se mantenga mi vida cotidiana, porque a partir de eso escribo. Esa es mi inspiración. Si eso se empezara a distorsionar lo lamentaría. No quiero que mi trabajo se convierta en una carrera por el éxito, tener que responder a una expectativa editorial gigante. No me veo así. Aunque he tenido la suerte de contar con editores que han respetado eso -como Melanie Josh, con quien trabajé mi último libro- y que creen en el valor artístico, en hacer un buen catálogo más que en los éxitos masivos. Eso me gusta porque ayuda a mantener mi tranquilidad, escribir sin presiones y tranquila en mi casa.

-Al parecer pasa muchas horas del día sola.

-Sí, me gusta. Me gusta este silencio medio contaminado por el ruido de los autos, de la ciudad que se mete a lo lejos. Es como estar sola, pero acompañada. Y si necesito hablar, tengo a Pascual, mi gato. Pero me gusta estar en silencio. No hablar demasiado.

"Eso de que las mujeres son más lloronas y que escriben con más sentimentalismo es un estereotipo que le hace muy mal a la igualdad de géneros. Y eso sucede con las preguntas del deber ser de las mujeres con casarse, tener hijos y formar una familia feliz", dice la escritora.

"A mí me gusta que mi vida siga siendo normal, que escribir y publicar sea mi felicidad. Que se mantenga mi vida cotidiana, porque a partir de eso escribo. Esa es mi inspiración".

"La idea de la familia compuesta por madre, padre, hijos, nanas y mascotas me parece súper encasilladora, pobre y conservadora. Más allá de que mi opción personal sea no ser madre, creo que tener hijos es súper bonito".

 

Por Juan Luis Salinas T..

   
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