Perfil Testigo de la literatura hispanoamericana:
Pedro Lastra en buena compañía

El escritor Pedro Lastra vuelve a afincarse en el país, ahora como director de la revista Anales de Literatura Chilena, de la Universidad Católica. En su más reciente poemario, Baladas de la memoria (Pre-Textos), evoca a los amigos de siempre: Eugenio Montejo, Enrique Lihn y Óscar Hahn, entre otros.  

Pedro Pablo Guerrero 

Vio. Lo primero que vio fue Quillota, la ciudad de la que se lo llevaron a los pocos meses de nacer, el 3 de marzo de 1932. En Chillán Viejo vio derrumbarse, antes de cumplir los siete años, la casa familiar. Era el terremoto del 39. Vio a un profesor que hablaba de O'Higgins en una escuela donde había estado la casa de O'Higgins. Vio a Nicomedes Guzmán, el autor de La sangre y la esperanza , de visita en la Escuela Normal: un hombre que escribía del mundo obrero y tenía aspecto de obrero. Vio una tarde de 1948 a D'Halmar en la casa central de la Universidad de Chile dictar la conferencia "Recuerdos vivos de amigos españoles muertos". La experiencia lo decidió a venirse a Santiago, donde enseñó a leer en una escuela del barrio San Pablo y luego estudió Letras en el Instituto Pedagógico.

Vio a Allen Ginsberg sentado junto a él en un furgón que lo traía desde el aeropuerto de Santiago, preguntándole dónde vendían marihuana. Vio algo parecido al miedo en la cara de Ricardo Latcham, su maestro, cuando recibió una postal del ensayista venezolano Mariano Picón Salas enviada con motivo del año nuevo de 1965: "A ver si nos encontramos de nuevo en el viaje del mundo". La había escrito días antes de su muerte, que precedió en tres semanas la del propio Latcham. Vio a Joaquín Edwards Bello, severo, reprenderlo durante una entrevista por hacer una anotación en una hoja con membrete fiscal: "Es un bien público. Tome este papelito. Por eso estamos como estamos". Una lección de austeridad que jamás olvidó.

Vio a su amigo Alfonso Calderón cada día, durante nueve años, sentado en el escritorio que compartían en el Instituto de Literatura Chilena, y a quien solía repetir, a manera de broma, el verso de Vallejo: "Alfonso, estás mirándome, lo veo". Anécdota que adquirió otro sentido al ocupar, en mayo, el sillón que perteneciera a Alfonso Calderón en la Academia Chilena de la Lengua.

Todo esto ha visto y escuchado el memorioso Pedro Lastra, provisto de un oído siempre atento a las palabras de otros escritores, en un ejercicio que ha alcanzado su mayor virtuosismo en ese libro ejemplar que es Conversaciones con Enrique Lihn (1980), donde Lastra -nuestro Eckermann- ocupa un segundo plano para dejar hablar al gran amigo y escritor.

Así también es Lastra en cualquier conversación. Prefiere hablar de los otros, no de sí mismo. Hasta el punto de expresar sus ideas citando, con frecuencia, palabras ajenas. "Yo soy un repetidor de cosas, porque se me quedan y las hago parte de mi vida", dice. Frase que hace honor a lo que otro gran amigo suyo, Gonzalo Rojas, llamó "la cortesía del recato".

Adriana Valdés se refirió a esa modestia en el discurso de recepción de Pedro Lastra como miembro de número de la Academia Chilena de la Lengua: "Su capacidad de sintonizar con caracteres y posiciones muy diversos de los suyos propios se ha traducido, en literatura, en obras irreemplazables, hasta en un nuevo género de estudios literarios, basados no en la tentación de embriagarse con el propio pensamiento, sino sobre todo de poner ese pensamiento en progresiva relación, en tensión, en comunión con el de otro cuya obra se admira, se comprende y se hace comprender cada vez más profundamente".

Generosidad epistolar

Hoy Pedro Lastra practica esta generosidad desde la revista "Anales de Literatura Chilena", publicada por la Universidad Católica, que dirige hace dos años. Gracias a este cargo ha podido afincarse paulatinamente en Chile, después de hacer clases por más de veinte años en la New York State University at Stony Brook.

El número de junio de los "Anales" trae un homenaje a Domingo Faustino Sarmiento, el escritor argentino nacido el 15 de febrero de 1811 en San Juan. "Me ha parecido increíble que se cumplieran 200 años y nadie dijera nada, ni una línea. Es algo muy culpable en una figura tan ligada a este país", hace notar Lastra. Este olvido lo motivó a incluir en la revista el artículo "Sarmiento, periodista y costumbrista", escrito en 1954 por Ricardo Latcham. Además de reproducir, gracias a la colaboración de Iván Yaksic, algunas portadas de libros y documentos que pertenecieron al autor trasandino.

Agradecido de la casa de estudios que lo acogió, Lastra además ha donado a la Universidad Católica una colección personal de 135 libros: primeras ediciones, autografiadas, de obras escritas, entre otros, por Alejo Carpentier, Ernesto Sabato, José María Arguedas, narradores a los que publicó cuando dirigía la colección "Letras de América", en Editorial Universitaria.

Hace años ya se había desprendido de la valiosa correspondencia que mantuvo con García Márquez, Vargas Llosa, Lezama Lima y Octavio Paz, entre muchos otros autores. "En ese tiempo todo el mundo escribía cartas", recuerda, y, desde el año 50, guardó las que recibía, con gran cuidado y orden.

"Seleccioné 960 cartas que ahora están en Iowa. En algunos casos dejé copia, en otros ni siquiera. Uno es dueño del objeto, pero no del texto. Las de José María, que se publicaron en Lom, se las regalé a la Biblioteca Nacional de Lima. Las de Enrique Lihn que no mandé a Iowa están aquí. Son unas cincuenta. Camilo Brodsky va a hacer un libro con eso. Las cartas chilenas, en general, las regalé a la Biblioteca Nacional. Pero las cartas de Gonzalo Rojas, que eran cerca de cien, están en Iowa. También las de Óscar Hahn. Él fue el que me animó a esto".

-¿Por qué deshacerse de esas cartas?

-Lo hablé con mis hijas y con Irene: las cosas se dispersan. Imagínese lo que es haber perdido el archivo Latcham, que estaba en mi escritorio el 73, cuando fue allanado el Instituto. Nunca más se supo de él. Íbamos a hacer una publicación cuando volviera de Estados Unidos. Había incluso cartas de Mariano Azuela. Esa experiencia me ha penado. Cuando una de mis hijas que vive allá me preguntó qué hacer con ellas le dije: "Tenemos que hablar seriamente. Yo no soy inmortal. ¿Qué te parece si las paso a un archivo que las quiere comprar? Ellos las cuidan, las clasifican". Y así ha sido. Quedaron en buena compañía. Hasta hicieron una exposición. La experiencia de la carta era muy importante. Se ha perdido. Pensé en eso también: es otra era.

El riesgo del silencio

Como dice en su "Canción del pasajero", dedicada a Eugenio Montejo: "Me despido del siglo/ que nos llenó de ruidos y de máquinas/ y desterró el silencio/ y alargó nuestros días/ sobre asolados campos". Los poemas de Lastra conservan las voces de escritores amigos y dialoga con ellos en sordina. No sólo están en los epígrafes y dedicatorias de su más reciente antología, Baladas de la memoria (Pre-Textos) -que incluye ocho poemas inéditos-, realizada por su mujer, Irene Mardones, y Miguel Gomes, uno de sus ex alumnos de Stony Brook. También en poemas breves, corregidos y disminuidos de una edición a otra, Lastra se dirige a sus seres queridos en voz baja, casi les susurra, como se supone que debe hablarse con los muertos.

Gomes indica en un ensayo que esos versos eluden "las tentaciones de lo estentóreo". Tienden a la elegía, pero también al epigrama. "Y eso tiene un riesgo", admite Lastra: "El del silencio". La suya, reconoce, es una poesía "contenida". Ya en su primer libro, publicado por Carmelo Soria, La sangre en alto (1954) -título "tremendista" del que hoy se arrepiente- Gonzalo Rojas reparó en que el novel escritor procedía por elusiones y alusiones. "Me sentí bien leído", recuerda Lastra. Y a partir de ese comentario nació una larga amistad que lo llevó a ser secretario de Rojas en los Encuentros Internacionales de Concepción. Gonzalo, como prefiere llamarlo, también le transmitió la lección de Martín Fierro : "Acostúmbrense a cantar en cosas de fundamento".

No es extraño que los últimos libros de Lastra posean nombres musicales: Canción del pasajero (2001) y Baladas de la memoria (2011). Como todo profesor normalista, Lastra debía aprender un instrumento. Eligió el violín. "Después lo dejé porque era un ejecutante mediocre", opina. "Yo quería ser músico y siento una gran admiración por los músicos: ahí no hay posibilidad de impostura, se descubre en seguida. Tengo muchos amigos músicos. Me interesa su mundo: la noción de armonía y la tonalidad rítmica me han guiado al titular esos libros".

No aspira a ningún tipo de gloria por ellos. "Me siento feliz de tener pocos lectores, porque eso me permite conocerlos a todos", comenta sonriendo. "Es bueno el escepticismo. Cuando la gente lo pierde y empieza a tener demasiada confianza, está perdida. Le echa con la olla y eso produce cosas indignas".

La única vez que participó en un concurso literario, los Juegos Florales de 1956, Lastra no obtuvo ningún premio. "Justificadamente", cree. Enrique Lihn sacó el primer lugar con sus "Monólogos". Todavía recuerda lo que le comentó Teillier -que llegó segundo-, un día que caminaban por Macul, a la salida del Instituto Pedagógico: "Qué admirable es la facultad verbal de Enrique". Y a Lastra le pareció una formulación certera: "Lihn era brillante en el diálogo y en la manera tan rápida de tejer su argumentación".

El trato con buenos escritores es algo que siempre ha intentado transmitirles a sus alumnos y a los poetas jóvenes: "En este mundo de múltiples opciones, ¿por qué leer o ver o escuchar cosas que son fugaces, pasajeras, y no atender a lo que es más permanente? Traten de andar en buena compañía, les digo. Pero tampoco tienen por qué hacerme caso".

 Sus lecturas de hoy: de Rafael Rubio a Cynthia Rimsky

Según Adriana Valdés, Pedro Lastra posee "una visión del conjunto de la literatura de América que nadie tiene, actualmente, en Chile".

Sobre los poetas nacionales que hoy tienen más presencia en el extranjero, Lastra no vacila: "Me consta que Óscar y Gonzalo son realmente los poetas, más que Nicanor, de mayor proyección entre la gente con quien uno se trata en otros lugares. Su influencia es impresionante entre los estudiantes de Sevilla, Salamanca, Estados Unidos, Perú, Colombia".

-¿Ve una línea de continuidad entre Gonzalo Rojas, Hahn y algún poeta de las nuevas generaciones?

-Podría ser. Yo diría, cambiando lo que hay que cambiar, que hay dos poetas muy llamativos en este momento: Juan Cristóbal Romero tiene un rigor que a ratos me parece considerable, y Rafael Rubio, que está en la línea de su abuelo, con un despliegue y una gran audacia también, felizmente expresada. Otro poeta que me ha interesado últimamente es Christian Formoso. El cementerio más hermoso de Chile es un bello libro.

-¿Y en narrativa?

-Gonzalo Contreras me interesa mucho. Por eso prologué sus cuentos. No sé hasta dónde ha sido valorado con justicia. El gran mal me parece una notable novela de artistas y en sus relatos hay un mundo inquietante. Alguien me dijo el año pasado que era muy joven para recibir el Premio Nacional. ¡Cómo va a ser joven una persona de 50 y tantos años! ¿Quieren que llegue arrastrándose? También me gusta lo que hace Cynthia Rimsky. La encuentro muy desplegada, por la gráfica, el mundo del viaje y el rigor de su prosa. Es una escritora considerable. Además, tiene una mirada amplia, necesaria en este país tan insular, que vive mirándose el ombligo.

Lastra asegura que no buscará el Premio Nacional de Literatura del próximo año. "Nunca he postulado. Ni siquiera al Premio Municipal. Tengo una relación bastante ácida con ese mundo de reconocimientos. Un escritor no debe pensar en eso".

-¿Entonces va a apoyar a alguien?

-Si es necesario, sí. Lo malo es que si me nombran jurado, no quiero inhabilitarme. Es preferible no estar marcado. Pero usted sabe por quién votaría...

-¿Se ha rendido también a la lectura de Bolaño?

-Por supuesto. Es un escritor fundamental, logró cosas realmente significativas. No todo lo de Bolaño, hasta donde he leído, me impresiona por igual, pero hay momentos sorprendentemente logrados. Me pareció deslumbrante 2666 . Tengo, en cambio, una pequeña discrepancia: creo que se excede en el regusto por la mención de situaciones vinculadas al mundo literario, que escapan tal vez al interés de otro tipo de lectores. Ahora, como poeta, pienso que es prescindible.

-¿Y qué poeta no lo es?

-Maquieira. Yo tengo la impresión de que él sí va a perdurar. Me dio mucho gusto encontrar en el Diario de Alfonso Calderón dos anotaciones sobre él. Decía: "Este sí es un poeta, nos enterrará a todos".



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Foto:FRANCISCO JAVIER OLEA

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