40 años de la película La herencia de Ludwig van Beethoven
Música clásica y ultraviolencia en "La Naranja Mecánica"

La novela de Anthony Burgess publicada en 1962 y que fue llevada al cine por Kubrick en 1971 explora el nexo entre música clásica y la ultraviolencia como símbolo de la evolución cultural de Occidente. "Parece ser que el gozo estético y la violencia salvaje están unidos en una cultura que ha perdido su rumbo".  

Cristián Gazmuri Historiador P. Universidad Católica 

Hace 40 años se estrenaba el filme "La Naranja Mecánica ", una de las mejores películas de Stanley Kubrick, basada en un libro genial de Anthony Burgess. Como en Barry Lyndon, Kubrick profundiza aquí en la sicología de su personaje central, aunque a diferencia de Lyndon, que es un fresco y no una persona verdaderamente mala (diríase que hasta simpática), nada hay de positivo en el joven Alex de "La Naranja Mecánica": un rufián peligroso y agresivo. El héroe de Burgess/Kubrick es por lo demás absolutamente espontáneo en su vileza; es cierto que en un comienzo sólo tenía 15 años. En realidad, es una fiera que sobrevive en la selva.

Hagamos un breve resumen de la historia del pequeño Alex: líder de una pandilla de delincuentes juveniles (chicos malos), sale con sus amigos cada noche a dar rienda suelta a su violencia contra el mundo. Sus entretenciones son varias: moler a palos a un viejo borracho, luchar con cadena y navaja contra una pandilla rival, conseguir dinero para sus diversiones atacando el despacho de una vieja, asaltar la casa de un matrimonio y violar a la muchacha delante de su marido maduro, etc.

Se trata de un grupo de jóvenes felices. Pero no se crea que no tienen problemas; el liderazgo de Alex, que es un cheloveco (muchacho) algo raro, es puesto en duda por sus compañeros. Lo que sucede es que Alex, siendo, por una parte, un perfecto truhán, vulgar, ignorante, perverso -un bruto bastardo- como es delicadamente definido en la novela, tiene gustos extraños: ama la música clásica y en particular al "viejo Ludwig van" ( Beethoven). Esto, por cierto, es algo absolutamente incomprensible para sus amigos.

La rareza de Alex origina incidentes que rompen la armonía del grupo, los que van creciendo en magnitud hasta provocar un distanciamiento definitivo. Sus amigos terminan por traicionarlo, entregándolo a la policía, cuando nuestro joven héroe -en un accidente tragicómico, dentro de lo que estaba destinado a ser un simple asalto- mata a una anciana. Alex es condenado a 14 años de prisión.

Y aquí, "¡oh, hermanos míos!, empieza la parte dolorosa y casi trágica de la historia", cuenta nuestro héroe. La prisión -como suele ocurrir- termina por ser el lugar donde Alex se deprava definitivamente. De hecho, la personalidad de Alex se refina en la cárcel. Mata a otro convicto a golpes, pero al mismo tiempo aprende a ocultar su violencia bajo la máscara de la hipocresía y el disimulo. Le hace la pata al capellán, se transforma en soplón y llega a ser encargado de cambiar los discos de los servicios religiosos dominicales de la prisión. Esa labor le permite escuchar música clásica.

El "método Ludovico"

Pero Alex no cumplirá los catorce años de su condena. En su ansia por recuperar su libertad se somete voluntariamente al "Método Ludovico". ¿Qué es el método Ludovico?... Un tratamiento síquico intensivo, basado en el principio de la asociación inconsciente. Se intenta que nuestro héroe automáticamente sienta insuperable malestar físico en cuanto intente o tan solo piense en un acto violento. Malestar físico tal que lo dejará impedido de obedecer a su impulso. ¿En qué consiste el tratamiento? Durante dos semanas se lo obliga a mirar cine "ultraviolento", habiendo sido previamente inyectado con una substancia que le provoca una sensación mortal. En sus palabras: "Catorce años completos de staja (prisión) hubiera sido nada comparado con esto".

Pero nuestro amigo pasa la prueba y queda libre... ¿Libre? La prisión la lleva adentro, el buen comportamiento es obligatorio, no es una consecuencia de una opción moral, sino sólo de un reflejo condicionado. Alex continúa siendo el malvado de siempre, sólo que no puede traducir su maldad en actos. Y así se transforma él en víctima de la misma sociedad, antes víctima de su conducta, la ley de la selva le muestra ahora su otra dimensión, la del débil.

Sin embargo, la más triste experiencia de Alex con el Método Ludovico es que recibe un castigo no deseado por sus "terapeutas". Las películas de ultraviolencia que le muestran van acompañadas de música clásica, en particular Beethoven, "que intensifica bien las emociones", de modo que ésta también queda condenada. "Ludwig Van" produce vómitos.

En fin, la historia concluye con la segunda curación de Alex, quien, transformado en símbolo político, vuelve a ser normal y libre; vale decir, malvado y violento... Pero también puede volver a escuchar a Beethoven y "La Naranja Mecánica" concluye entre los gloriosos sones de la Coral reproducida en un fantástico aparato estéreo.

¿Qué diría Wagner?

¿Es un accidente que en la personalidad de Alex convivan, complementándose, la violencia delictual y la música clásica? Como observa el doctor Brodsky, padre del Método Ludovico, "Siempre es difícil poner limitaciones. El mundo es uno y así es la vida. La actividad más dulce y celestial, participa en alguna medida de la violencia; por ejemplo, el acto amoroso, la música"... ¿Qué diría Wagner?

Pero la intención de Burgess no es simplemente conectar música y violencia, su novela es un juicio histórico. Cierto es que Burgess no hace alusión directa alguna a la historia en su libro. Pero el nexo entre música clásica y ultraviolencia lo concibió como símbolo de la evolución cultural de Occidente. Alex es un ser "en estado de civilización"; correlato antinómico de la famosa invención de los filósofos iluministas; "ama la agresión y ama la belleza", como lo dice el propio Burgess y se encarga de mostrarlo Kubrick con una maravillosa fotografía. Es un salvaje, un producto de la civilización que ha conformado en su inconsciente, depurados, dos aspectos extremos de su legado, por lo demás -como dice Brodsky- fácilmente relacionables: música y violencia. Alex es un salvaje urbano, pero no un "noble salvaje".

Una violación con Beethoven

A lo largo de todo el libro se da esta dialéctica entre música y violencia, el ángel y la bestia, unidos indisolublemente por la civilización.

Observemos, en la perspectiva vital del propio Alex, cómo se conectan música y violencia: "Tenía tiempo para ir la disquería... y ver si había llegado la obra pedida y prometida hacía mucho tiempo, la Número Nueve de Beethoven, Coral, en estéreo, registro Masterstroke por la sinfonía Esh Sham, conducida por L. Muhawir. Y para allí marché hermanos".

Una vez en la disquería Alex no sólo adquiere la Novena, sino que conoce dos "jóvenes ptitsas (muchachitas) que sorbían helados". Las muchachitas, de unos 10 años (en la película parecen mayores), le preguntan por su compra y entonces -confiesa nuestro héroe- "se me ocurrió una idea, y la angustia y el éxtasis casi me voltean, ¡Oh hermanos míos!, de modo que durante algunos segundos no pude respirar".

Alex invita a su casa a las ptitsas para escuchar los discos, que había comprado. Una vez allí, les ofrece "un joroscho escocés" bien mezclado con drogas... "Hermanos, no necesito describir lo que hicimos esa tarde pues todos pueden imaginarlo fácilmente. Las dos fueron desplatiadas en un instante, mientras smecaban (reían) como locas, y les parecía que la diversión más bolche (fantástica) era videar al viejo papá Alex, todo desnudo y erecto, empuñando la hipodérmica como un doctor y aplicándose en la ruca (brazo) el viejo pinchazo de secreción de gato montés. Entonces saqué de su funda la hermosa Novena, de modo que ahora Ludwig Van también estaba nago y apliqué la aguja silbante en el último movimiento, que era puro éxtasis. Y ahí estaban, las cuerdas del contrabajo y luego la voz de hombre entrando y proclamando a todos la alegría, y la frase hermosa y extática acerca de la alegría que era una chispa gloriosa brotaba del cielo, y entonces sentí los viejos tigres que brincaban en mí, y me arrojé sobre las dos jóvenes ptitsas . Esta vez no les pareció nada divertido, y tuvieron que someterse a los extraños y peculiares deseos de Alex el Grande que con la Novena y el pinchazo de la Hipo eran muy exigentes, o hermanos míos. Pero las ptitsas estaban muy, muy borrachas, de modo que difícilmente hayan sentido mucho.

"Cuando el último movimiento terminó por segunda vez, con todo, el estrépito y los crichos acerca de la alegría, alegría, alegría, las dos jóvenes ptitsas ya no se hacían las damiselas sofisticadas. Bueno, si no querían ir a la escuela de todos modos tenían que educarse. Y lo habían conseguido."

El bien y el mal crecen juntos

¿El mejor arte de Occidente convertido en afrodisíaco para un violador? Sí, pero como ya lo dijimos hay más, justamente el mensaje de Burgess y Kubrick parece ser que el gozo estético y la salvaje violencia están unidos en una cultura que ha perdido su rumbo. La herencia de Occidente es un demiurgo incontrolable. Burgess nos hace recordar la famosa frase de Maritain: "El bien y el mal no están separados en la historia humana, ellos crecen juntos". Tan juntos según Burgess que cuando se pretende actuar contra el mal (Método Ludovico) se liquida también al bien. También la música clásica queda prohibida a nuestro protagonista. Quizá el trozo más patético de la novela es el grito de Alex, sufriendo en el infierno del Ludovico: " Grasnos, brachnos... (malditos) no me importa lo de la (película de) ultraviolencia y toda esa cala (mugre). Puedo aguantarlo. Pero no es justo meterse con la música. No es justo que me enferme cuando estoy escuchando al hermoso Ludwig Van, Hendel y otros, todo lo cual demuestra que ustedes son un perverso montón de sodos (insulto irreproducible) y nunca los perdonaré".

En definitiva, no es con ingeniería psíquica que se pude salvar a Occidente. El problema para Burgess está justamente en el triunfo de la técnica que ha transformado al hombre en un salvaje (en el sentido peyorativo, no rousseauniano del término) urbano, una fiera en la selva de la civilización. La represión científica y brutal no liquida "ese" mal, sino que lo alimenta. Lo que sí hace es liquidar al bien que, mezclado indisolublemente, también está allí. Al intentar matar bestialmente a la bestia se mata al ángel y aquella pervive bajo otra faz. Todo el sistema resulta pues absurdo, tan absurdo como una naranja mecánica. Kubrick llevó ese drama al cine, con genio.

 


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