¡No es esto, no es esto!

Carlos Peña 

¿Qué tienen en común los reclamos estudiantiles, las quejas generalizadas contra La Polar y las movilizaciones contra HidroAysén?

En todas ellas se insinúa lo mismo: la gente parece hastiada de que el mercado -esa suma impersonal de voluntades coordinada a través de los precios- acabe decidiéndolo todo ¿Qué carreras se ofrecerán en el sistema universitario? ¿Qué ríos habrá que intervenir? ¿Cómo se financia la educación? ¿Cuánta desigualdad es tolerable? ¿Quién estará arriba y quién abajo en la escala invisible del poder?

Esa suma de preguntas -las preguntas habituales de la vida colectiva- se respondieron las tres última décadas, por la dictadura y por los gobiernos de la Concertación, por la izquierda y la derecha unidas, de una sola forma: debe decidirlo el mercado. Ese mecanismo, se dijo, es el arreglo social que permite mayor crecimiento y el que expresa mejor el dinamismo y la creatividad de los seres humanos.

Y los hechos parecieron avalar esa respuesta. En apenas dos décadas se transitó de cinco mil a quince mil dólares per cápita; se incorporó a todos los niños a una escolaridad obligatoria de doce años; se masificó la educación superior; la vivienda propia dejó de ser una quimera; se expandió el consumo a niveles que, apenas dos décadas atrás, eran inimaginables.

Pero si el bienestar se expandió, si nunca antes los chilenos vivieron más y mejor, si el mercado, como lo había sugerido el mismísimo Marx, despertó el dinamismo, sacudió todas las tradiciones y dejó que se escurriera gota a gota el prestigio de las élites ¿por qué entonces quejarse? ¿cuál es el problema con el mercado?

Hay varios.

El principal parece ser que el mercado expande el consumo; pero no la participación. Favorece el bienestar material, pero no brinda reconocimiento. Amplía la comunicación, pero no estimula el diálogo. Acentúa la individualidad, pero deteriora la vida cívica. Rompe el cerrojo de las tradiciones, pero no entrega nada que las sustituya. Libera de la miseria, pero deja a la intemperie.

En una palabra, confiere libertad de elegir, pero ese regalo va acompañado al mismo tiempo de la impresión de que las alternativas no existen.

Es esa sensación de impotencia -la certidumbre que la propia voluntad importa poco o nada a la hora de escoger la vida que tenemos en común porque ella caminaría guiada por las leyes inexorables del mercado- la que viven esos miles y miles de niños y de jóvenes que salen a las calles y se quejan, por estos días, una y otra vez. No es sólo que quieran una sociedad más justa, anhelan, también, una comunidad en la que cada uno pueda deliberar acerca del destino común.

No deja de ser paradójico que ese malestar con el mercado -la toma de conciencia de los déficits de participación y de igualdad que posee- se manifieste meses después de haberse escogido un gobierno de derecha y que ello nunca haya ocurrido mientras gobernaba la izquierda, a pesar de que, en lo que atinge al mercado, una y otra se parecen. Pero la paradoja es sólo aparente. Durante los gobiernos de la Concertación hubo mecanismos discursivos que permitían eludir esa sensación de impotencia, u olvidarla; pero ellos no están ahora disponibles.

En un gobierno de derecha hay perfecta consonancia entre la estructura de toma de decisiones y la ideología, entre la fisonomía del poder y la historia de quienes lo ejercen. Esa consonancia estricta entre lo que es (el mercado) y lo que aparece (los managers y empresarios que administran el Estado) desploma el velo de la ilusión que, gracias a la maestría de la política, estuvo ante los ojos todos estos años.

No es raro entonces que hoy cunda, especialmente entre los más jóvenes, la desazón por el hecho que no hay, o no parece haber, alternativas entre las que cupiese elegir. Y es que corrido el velo de la ilusión, y puesta a plena luz del día la realidad que sus padres construyeron todos estos años (para bien y para mal una modernización capitalista) no les queda más que gritar, entre desasosegados y descontentos, lo mismo que Ortega cuando advirtió que la segunda república estaba lejos de sus anhelos : "No es esto, no es esto".

 


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