viernes 22 de julio de 2011  
 
El mundo Wood se expande con Violeta Parra
 
La creatividad del director chileno Andrés Wood ahora crece hacia una frontera que por primera vez se toca en el cine nacional: la biografía de la atormentada e inmortal folclorista Violeta Parra. El crítico de Wikén, Antonio Martínez, enseña cómo al universo de Wood, poblado de los fanáticos del deporte rey de "Historias de fútbol", de los niños de "Machuca" y los ahogados santiaguinos de "La buena vida", ahora se suma esta nueva habitante, dando gracias a la vida y añorando volver a los 17.  

Por Antonio Martínez  

Violeta Parra da algunos recados, no son demasiados, y un par de ellos, es probable, estén dichos como se comentan las cosas en Chile: al tuntún.

Lo responde en una entrevista para la televisión y están dirigidos a los jóvenes o a los que vienen: escriban como quieran y griten en vez de cantar, porque no hay línea recta.

Francisca Gavilán, la actriz que la interpreta con propiedad y talento, lo dice en la película "Violeta se fue a los cielos" de Andrés Wood, que se estrena el próximo 11 de agosto, un jueves y con 17 copias.

Esa mujer pequeña que vivió poco porque así lo quiso -se pegó un tiro a los 49 años en su carpa de La Cañada- es parte de la historia chilena y es fruto del país, mujer tremenda y nativa, ánima campesina y todo lo que se quiera decir, con altura de miras o bien por siutiquería: joya del folklore, comida típica, ángel popular, adobe de la patria y artista múltiple; es la vid, la uva y el vino; una Parra.

En las mejores películas de Andrés Wood, la historia del país se cuela por entre las rendijas, aparece bajo la puerta e ingresa pidiendo permiso y sin querer, como si fuera una presencia espiritual y compartida.

La historia es el come y calla, es el país donde se nació y el lugar inevitable.

Para Violeta Parra es de pajaritos y de viejos arrugados que cantan solos; de huachos, chirigues, guitarras, maquis, borrachos y cuecas.

En el norte chileno, por la pampa, canta una canción y aparecen los primeros planos de los que la escuchan, los rostros de los mineros curtidos por el pique, la poca paga y el clima seco.

Esos trabajadores presienten que esas letras y música les hablan a ellos y les piden que hagan algo, ese algo aún que no está claro: juntar las manos, ponerse de pie, defender lo suyo.

Es el antropólogo y folclorista suizo Gilbert Favré, que en América Latina busca su destino y lo encuentra en Chile, cuando Violeta Parra está de cumpleaños.

Con una quena andina entona la canción típica de la ocasión, para una mujer que odiaba los años y la vejez, y luego, sutilmente, se traslada a otra melodía, que era tan famosa como el Happy Birthday, al menos en esos tiempos: La Internacional.

Y es la mujer que le canta a la alta sociedad y su estirado anfitrión le pregunta si hay hambre. Como la respuesta es positiva le ofrece comida, pero le pide que pase a la cocina y se siente con la servidumbre, en la mesa del pellejo.

Así son ellos, debe pensar Violeta Parra, que es cuando le nacen esos sentimientos de clase, quizás rabiosos, contra los pijes relamidos.

TREPA,

CAMPUSANO. En la película no hay discursos políticos y no se ven las huellas de los procesos sociales. Y no hay ningún rosario de teorías revolucionarias, tanto las fraguadas en serio como las realizadas al tuntún.

En "Violeta se fue a los cielos", el contexto del país es un murmullo lejano y sus ecos apenas se escuchan, pero lo que aparece nítido y tangible, es lo permanente y lo que quedó: las canciones.

Y junto a la letra y música, la vida vagabunda y pobre de la folclorista, con contrato y plata para las Fiestas Patrias, claro que sí; pero el resto del año es con el verso de siempre: si te he visto, no me acuerdo.

La gran historia chilena, aquí, está entre las líneas y semillas del canto popular.

Antes estuvo en el relato de un partido de la Selección Nacional, en la atmósfera contaminada de una ciudad o en el vuelo de un par de aviones supersónicos.

No es tanto el tiempo transcurrido desde "Historias de fútbol" (1997), el primer largometraje de Andrés Wood. Pero ya hay cosas y personas que definitivamente no están porque nada pasa en vano.

Se murieron y desaparecieron: el escritor y coguionista René Arcos, y el Gordo Campusano, de nombre Carlos, conocido por eso del "trepa, trepa" y porque en la película relató un partido inexistente.

Para más precisión: fue en "Alargue: pasión de multitudes", el último episodio de la película, cuando en Chiloé, y en la casa de dos solteronas ganosas, ocurrieron dos hechos cruzados.

El joven Francisco fue iniciado sexualmente, justo cuando Gustavo Moscoso, puntero de la selección de Chile, le empataba a Alemania en el Mundial de 1982 y con eso pasaba a la segunda ronda.

Las imágenes en la televisión eran del partido que se jugó en Gijón, donde Moscoso convirtió un gol, los alemanes metieron cuatro y Campusano recreó con su relato un resultado distinto e inexistente.

Un empate que no fue y, quizás, podría haber sido.

Un relato fantasmal para que la gran historia del país se pegara a la personal y a la pequeña. Una unión que es con engrudo, cola fría o escupo, porque está hecha de verdades y mentiras.

Un poco después de esa película y en otro Mundial, el de Francia en 1998, una masa de chilenos del país y del exilio, ahora en la realidad, se unieron por el fútbol y fueron pasión de multitudes.

LA HISTORIA

RASANTE. Son sentimientos, emociones y nostalgias, que a veces calzan y a veces se despegan, y de esa mezcla entre historia íntima y el cuento del país quizás surge lo más notable del cine de Andrés Wood.

Algo que está en "Violeta se fue a los cielos" y en "Machuca" (2004), su película más vista: 700 mil espectadores.

La historia del país en esa película también está a la distancia y en el centro de la ciudad, hacia donde vuelan como flecha los Hawker Hunter. Es cosa de seguir el ruido ensordecedor y rasante.

En las cercanías permanece la rutina diaria de los niños y las enseñanzas de los curas.

La desilusión por los mayores y los primeros escarceos del amor.

Y también una recreación de época y un diseño de arte por las calles, los objetos y los signos de una época, cuyas presencias se agigantan con el tiempo, y lo que queda, lo único, son emociones y estados de ánimo.

Ya no hay ideología ni son los mil días de la UP, pero queda la dirección de arte. Es decir, la nostalgia y una irrompible memoria sentimental.

Los recuerdos que existen no son por los líderes y tampoco por los enormes discursos, sino que está en lo mínimo y cotidiano, y por eso, en consecuencia, la dirección de arte es el dato de la causa.

Algo que Andrés Wood, ahora como productor ejecutivo, extendió a la serie de televisión "Los 80".

Para algún chileno, por ejemplo, una cajetilla de cigarrillos Monza, aunque esté vieja y carcomida, contiene más afectos y recuerdos que las palabras finales de Salvador Allende.

Más cariño y memoria por una lata abollada de chancho chino o por un tarro de leche condensada, que por el día de la Nacionalización del Cobre.

Y hay más nitidez emotiva por un programa de televisión de jóvenes y baile, que por los profesores y sus cursos de materialismo histórico.

Bajo los lienzos, la tristeza y la represión, que existen y se ven, lo que aparece en "Machuca" es la buena vida de ese entonces.

El recado histórico de la película, si es que lo hay, es el mismo que está en una canción de Violeta Parra: ya no se pueden descifrar los signos y tampoco retroceder un siglo. Ya vino el musgo, creció la hiedra, todo es enredadera y nadie vuelve a los 17.

NATURALEZA MUERTA. El país de "La buena vida" (2008) es urbano y el sitio es Santiago de nuevo.

Son varios personajes y la mayoría yacen desconcertados y tristes, porque algo los supera en peso y presencia: es la sociedad chilena y la manera en que se construyó después de casi 20 años de democracia, y no de dictadura.

Es la ciudad de "Machuca" transformada en el tiempo. Y lo que desprenden las calles y edificios son corrientes de malestar y desilusión.

La película podría haber estado dedicada a don Enrique McIver y su famosa frase, que bien pudo ir al comienzo o al final: "Me parece que no somos felices".

La falta de relato, el norte oscuro y esa gente triste y aplastada por inanición.

En una lectura política irritante, alguien podría decir que, para la Concertación, en "La buena vida" y en esa ciudad estaba el prólogo y el anuncio de la derrota que venía, porque ya eran naturaleza muerta.

La historia del país, en la obra de Andrés Wood, son corrientes de aire, sentimientos colectivos y quizás aparece la intuición del artista que palpa, presiente y relata lo que puede, que muchas veces coincide con lo que viene.

Y por eso los recados de Violeta Parra para los chilenos, cuando responde en una entrevista un par de cosas: escriban como quieran y griten en vez de cantar, porque no hay línea recta.

En "Violeta se fue a los cielos" de Andrés Wood, está la biografía de una mujer que con pena siente el alma y compone unas canciones por donde brota y amanece el país prometido, pero jamás cumplido.

 Violeta: canción por canción

 "Qué pena siente el alma". Francisca Gavilán debió aprender guitarra y mejorar sus dotes vocales para cantar como Violeta Parra. "Fueron varios meses, desde enero a octubre de 2010, de lecciones", cuenta. En las secuencias iniciales de "Violeta se fue a los cielos", vemos a la cantante buscando a cantores populares para investigar y guardar sus rimas. "La canción 'Qué pena siente el alma' es parte de esa recopilación. Y fue la primera que aprendí a tocar para el filme", dice la actriz.

"Y arriba quemando el sol".Antes de debutar en el cine cantando como Violeta Parra, Francisca Gavilán probó como una de las vocalistas de la banda de rock Nex Mormex en los años 90. Esa experiencia fue útil para su desplante cuando canta a viva voz, armada sólo con un bombo, la preciosa "Y arriba quemando el sol". "En la película esa escena es tremenda porque es cuando Violeta decide separarse del grupo que tenía con su hermana y ser solista. Además, le canta a unos mineros poderosas letras como éstas: 'Cuando vi de los mineros, dentro de su habitación, me dije: mejor habita en su concha el caracol'. En el set se produjo una emoción inmediata cuando la entoné", recuerda.

"El sacristán" y "Rin del angelito". "El sacristán", cuenta Gavilán, la escuchó varias veces de una grabación que fue reproducida casi igual en la película. Violeta está en Polonia, ha sido invitada a cantar frente a un público que no habla español y ella ha dejado en Chile a su guagua de nueve meses, Rosa. "Reproduje ese momento tal cual. Violeta le explica al público que va a tocar las palmas, nadie le entiende y ella se pone a cantar". Fue durante ese viaje que ocurre una de sus grandes desgracias: su hija Rosa fallece. Ahí la demoledora canción "Rin del angelito" se sale de pantalla. "Es un momento de gran dolor. Es una canción muy sentida porque ella no veló a esta niñita, no estuvo con ella cuando murió, se quedó en Europa".

"El día de tu cumpleaños" y "Volver a los 17". "A Violeta Parra no le gustaba el 'Cumpleaños feliz'", dice la actriz sobre un momento de la cinta en que ella se rehúsa a celebrar su aniversario con esa melodía "gringa" y opta por su propia canción: "El día de tu cumpleaños". "Esa canción sirve para mostrar su coquetería: en ese cumpleaños conoce a su gran amor, Gilbert Favré". Un hombre más joven que se encadena con "Volver a los 17", el clásico de Violeta.

"Run Run se fue pa'l norte" y "Maldigo del alto cielo". El doloroso quiebre con Favré se refleja en "Run Run se fue pa'l norte". Suena en una conversación entre Violeta y su hija adolescente. "Ella está con todo el dolor", dice, y el malestar sigue con la intensidad de "Maldigo del alto cielo": "Es una canción llena de rabia. Se le llueve la carpa, nadie la está escuchando, se siente incomprendida, mal pagada, Gilbert se fue...".

"El gavilán" y "Gracias a la vida"."Cuando hice el casting, uno de los requerimientos era cantar 'Maldigo del alto cielo' y 'Rin del angelito', pero yo canté 'Él gavilán"', dice sobre una canción que resulta uno de los leitmotiv de esta película con su lírica de corazones rotos: "Mi vida, se me par..., se me parte el corazón, mi vida, del verte..., del verte tan embustero". Y sobre "Gracias a la vida", la pieza cumbre de Violeta Parra, la actriz cuenta: "La grabé recién el lunes pasado. Es cerrar el ciclo de esta película. Además, fue muy raro cantar esa canción tras recuperar el 100% de mi voz después de tener cáncer a la tiroide".

Por Antonio Martínez.

   
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