Reportaje: De Cervantes a Kerouac
Se busca: cuando los escritores son los delincuentes

La novela negra vive hoy un interesante auge, como lo demuestran los millones de ejemplares de diversos autores, liderados por la trilogía Millennium de Stieg Larsson. Pero ¿qué pasa cuando los autores (y no el mayordomo) son los asesinos o ladrones o estafadores? Inocentes o culpables, aquí están los expedientes de figuras como Verlaine, Jack London, Álvaro Mutis o Althusser.  

NURIA AZANCOT El Cultural/El Mundo 

Imaginen la escena: un juez abrumado, la sala desbordada de curiosos y en el banquillo unos desconocidos llamados, por ejemplo, Cervantes, Jack London, Verlaine, Jean Genet, Althusser, Álvaro Mutis o Jack Kerouac... Imaginen el grosor de los expedientes, sin tener en cuenta, además, los que pudieran hacer referencia a cuestiones políticas ni sexuales. No se trata, en este caso, de censura ideológica ni de amores que no se atreven a decir su nombre. Imaginen también el miedo, la ingenuidad de algunos acusados y la maldad de tantos rivales literarios que celebran el mal ajeno. La sala se va llenando, y el juez pide silencio, mientras sube al estrado el primer acusado, primus inter pare s en todos los sentidos: Miguel de Cervantes (1547-1616), encarcelado en dos ocasiones por supuesta estafa.

Marcado por la desdicha, tras años de calamidades y nada ligero de equipaje -Lepanto, cinco años de cautiverio en Argel, un matrimonio desdichado y numerosas pendencias literarias-, en 1587 Cervantes fue designado comisario real de abastos (recaudador de especies) para la Armada Invencible. Y su suerte no cambió: en 1592, en Castro del Río fue encarcelado acusado de vender parte del trigo requisado, y en 1597, siendo recaudador de impuestos, volvió a dar con sus huesos en la trena de Sevilla durante cinco meses. ¿La causa? Simón Freire, el banquero que custodiaba lo que el escritor recaudó, quebró según unas fuentes o huyó con el dinero, según otras.

Fue entonces cuando comenzó a escribir el Quijote , en esa "cárcel donde toda incomodidad tiene su asiento". Cervantes acabó demostrando su inocencia, algo de lo que no podía presumir, en ningún caso, François Villon, el mejor poeta francés del siglo XV. ¿Cargos? El asesinato del religioso Philippe Sermoise, un rival de amores, en 1456. Poco después participó en el hurto del Colegio de Navarra y prosiguió sus fechorías en el valle del Loira, donde fue encarcelado en 1461. Liberado meses después, volvió a París y escribió Le Testament, pero fue arrestado de nuevo en 1462 y condenado a la horca. En 1463 se le conmutó la pena por 10 años de destierro de París. Lógicamente, no se volvió a saber de él...

Si Cervantes fue acusado de desfalco y Villon y Jonson de asesinato y robo, lo de Thomas Chatterton (1752-1770) no pasó de un juego literario tan precoz como genial: con once años falsificó su primera obra maestra del medievo, la égloga Eleonure y Juga , asegurando que se trataba de un viejo manuscrito del siglo XV de un supuesto monje medieval llamado Thomas Rowley. Después vendrían poemas, baladas, biografías y dramas. Para hacer más creíble el embuste, Chatterton avejentaba el papel untándolo con ocre y restregándolo contra el piso de ladrillo, pero pronto comenzaron las sospechas de fraude y el falsario acabó envenenándose con apenas 18 años.

Verlaine, preso por amor

Dos años menos, dieciséis, tenía Arthur Rimbaud cuando fue a vivir con Paul Verlaine y su mujer, embarazada, en 1871. Los poetas huyeron a Londres y Bélgica, pero en 1873, en Bruselas, Verlaine dio fin a esta atormentada relación amorosa disparando en la muñeca a Rimbaud, y fue condenado a dos años de prisión, que cumplió en Bruselas y en Mons.

Nuestro siguiente culpable ha pasado a la historia como "pintor, escritor y asesino". Admirado por los más selectos círculos intelectuales ingleses de principios del XIX, Thomas Griffiths Wainewright (1794-1847) fue conocido como el envenenador de Londres: celebrado por la élite cultural de la época, hizo un seguro de vida a su cuñada por 18.000 libras meses antes de que muriese, por casualidad, envenenada. El problema fue que le encontraron considerables dosis de estricnina y la policía acabó descubriendo que había asesinado también a su hermano, a un tío y a su suegro.

Mucho más inocente resultó Henry David Thoreau (1817-1862), que pasó un día en la cárcel, el 23 de junio de 1846, por negarse a pagar los impuestos dedicados a sufragar la guerra contra México. La guerra le parecía injusta, por lo que proclamó que "bajo un gobierno que encarcela a cualquiera injustamente, el lugar en el que debe estar el hombre justo es la prisión".

A veces los escritores-delincuentes tienen mucho cuento, y se convierten, como en el caso de O'Henry, en maestros del género tras su paso por la prisión. Su verdadero nombre era William Sydney Porter (1862-1910) y simultaneaba su trabajo en el First National Bank con el alcohol, sus escritos en un semanario humorístico llamado The Rolling Stone, y una desdichada vida familiar. Acusado en 1895 de desfalco, no ayudó mucho a sus defensores al huir en julio de 1896 rumbo a Honduras. La noticia de que su mujer estaba agonizando le hizo regresar a Estados Unidos, donde fue juzgado y condenado a cinco años de cárcel, aunque sólo cumplió tres por buena conducta: mientras, escribía los relatos a los que debe su fama.

Sólo tres años después, en 1894, el novelista Jack London (1876-1916) pasó un mes en la cárcel de Erie County en Buffalo (Nueva York) por vagabundeo. Una experiencia traumática porque, como escribió en The Road , "La manipulación del hombre fue solo uno de los menores horrores no aptos de mención, para evitar ofensas morales, de la penitenciaría".

Quien nunca renegó de sí mismo ni tuvo que reinventarse fue Jean Genet (1910-1986), "rebelde absoluto" y ladrón precoz desde los diez años. Para él, "lo sagrado era el sacrilegio contra los valores ensalzados por la moral y su inspiración, el crimen, la homosexualidad y la traición, trinidad en torno a la cual", según apunta Javier Memba, "gira su obra". Genet consideraba el robo como una vocación sagrada y, fiel a sí mismo, fue encarcelado en numerosas ocasiones por robo, prostitución y pederastia.

Anne Perry: 45 golpes

Otra grandeza siniestra, muy distinta, muestra Edward Bunker, que desperdició gran parte de su vida entre rejas. A los 17 años se convirtió en el preso más joven de San Quintín y pasó las dos décadas siguientes entrando y saliendo de diversas cárceles, mientras, comenzaba a leer y a escribir. Sus libros autobiográficos lo han convertido en autor de culto, y autores como William Styron y James Ellroy o Quentin Tarantino se declararon fervientes admiradores suyos.

Los últimos años del siglo XX nos han castigado con asesinos en serie, pero pocos comparables al austriaco Jack Unterweger (1951-1994), escritor y asesino en serie de prostitutas a las que mataba estrangulándolas con el cinturón. Condenado a cadena perpetua en 1974, su talento literario, reflejado en piezas como La comedia infernal , estrenada por John Malkovich, hizo que escritores y artistas exigieran su liberación. Poco después de lograrla, en 1993, una revista americana lo contrató para escribir sobre un asesino en serie estadounidense. Unterweger aprovechó su visita a la otra orilla del Atlántico para volver a asesinar en serie. Sentenciado a cadena perpetua, prefirió suicidarse con su propio cinturón.

Culpable sin alegaciones ni descargos resultó Anne Perry, autora de novelas de detectives y seudónimo de Juliet Marion Hulme (1938), que asesinó a la madre de su mejor amiga, Pauline Parker, cuando ambas supieron que aquella iba a divorciarse y que su amiga iba a ser enviada a Sudáfrica. A finales de junio de 1954 las adolescentes condujeron a la víctima a un camino solitario y la golpearon 45 veces con piedras hasta matarla. La edad de las asesinas compensó la brutalidad del crimen y ambas pasaron cinco años entre rejas, con la única condición de no verse nunca más. Juliet, convertida en Anne Perry, ha logrado numerosos éxitos como escritora sin ocultar jamás sus antecedentes ni su historia, que acabó siendo carne de película gracias al filme Criaturas celestiales (1994), protagonizada por Kate Winslet.

Ninguno de los casos revisados por este tribunal tiene nada que envidiar al de Krystian Bala, demasiado ficticio para ser verdad. Pero lo fue: el 10 de diciembre de 2000, el cuerpo de un empresario apareció flotando en el río Oder, en Polonia, sin que se encontrase al asesino. Tres años después, un escritor de poca monta, Krystian Bala, publicaba la novela Amok , con una historia muy similar de celos y crímenes. La policía, mientras tanto, recibió mensajes desde Corea y Singapur de alguien que presumía de haber perpetrado el crimen perfecto, con datos que tenían demasiado que ver con el crimen. El problema fue que más tarde se descubrió que la mujer de Bala había mantenido una relación sentimental con la víctima, y que los mensajes los había enviado el propio Bala desde su móvil, en sus vacaciones en el sureste asiático.

Mutis y Althusser

En 1956, el escritor colombiano era entonces jefe de relaciones públicas de la petrolera Esso, que fue la que lo denunció por una presunta malversación de fondos. Mutis logró refugiarse en México, con la ayuda de Octavio Paz y Luis Buñuel, pero en 1958 el gobierno de su país solicitó su extradición y fue encarcelado durante quince meses en el penal Lecumberri. Allí nació Diario de Lecumberri , en el que narra sus experiencias en la cárcel mexicana, "testimonio parcial de una experiencia y la ficción nacida en largas horas de encierro y soledad. La ficción hizo posible que la experiencia no destruyera toda razón de vida".

Los expedientes se acumulan, pero es imposible no mencionar al menos uno más. En noviembre de 1980 Hélène Legotien le pidió a su marido, Louis Althusser, que le diera un masaje en la espalda. El entusiasmo del filósofo, ya seriamente enfermo, acabó con el estrangulamiento mortal de su mujer, pero no fue juzgado y acabó recluido en el hospital psiquiátrico Sainte-Anne hasta 1983. Murió en París siete años más tarde.

 

>b>Los beats y la cárcel

Mención especial merece la generación de poetas beats que revolucionó la literatura del siglo XX: ninguno de sus miembros más destacados se libró de la cárcel. El primero en subir al estrado ahora es Jack Kerouac (1922-1969), acusado de encubrir a Lucien Carr, compañero de cuarto de Allen Ginsberg (1926-1997) en la Universidad de Columbia en los años 40 y que conoció a Kerouac a través de la novia de Jack, Edie Parker. Carr asesinó a puñaladas a David Kammerer en 1944, y se declaró culpable. Kerouac fue condenado por encubridor, pero, tras pagar una fianza de 2.500 dólares, recuperó la libertad. Años más tarde Ginsberg era detenido al encontrar la policía material robado en su piso. El poeta pudo eludir la cárcel pero no el psiquiátrico y descubrió que sí, que "los abismos son reales".

William Burroughs (1914-1997) fue declarado culpable de haber asesinado en 1951, en Ciudad de México, a su mujer, Joan Vollner, jugando a ser Guillermo Tell. El autor de El almuerzo desnudo disparó sobre la manzana que sostenía en la cabeza su mujer, pero hizo diana en su frente. En su declaración afirmó que fue una muerte accidental, los forenses mexicanos avalaron su versión y, pocos días más tarde, regresó a Estados Unidos sin exceso de equipaje ni sentido de culpa. Su gran amigo Kerouac llegó a escribir: "Bill es grande, y Joan le ha hecho aún más grande que nunca".



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Foto:FRANCISCO JAVIER OLEA


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