martes 13 de septiembre de 2011  
 
El regreso de Marcela Serrano
 
Es su primera entrevista en años. Cumplió 60 y está lanzando su novela "Diez mujeres". "Me he enamorado del silencio. Tanto del exterior como del interior. Por mí no hablaría nunca. ¡Para eso escribo!", dice en exclusiva.  

Por Ximena Urrejola B.  

Estaba en Lima, sola en el hotel, comenzando una gira de promoción que luego la llevaría a México. Corría el año 2004. De pronto, sintió una ráfaga intensa de palpitaciones; luego, el sudor frío y paralizante: pensó que se moría de un ataque al corazón. El doctor del hotel corrió a socorrerla. Le dijo que no se iba a morir, pero que suspendiera todo y que volviera a Chile de inmediato. Esa noche, antes de partir de regreso, lloró durante ocho horas seguidas. El diagnóstico fue duro: estrés severo. Esa noche, en Lima, Marcela Serrano había sufrido un aterrador ataque de pánico.

-Fue bien terrible. Sobre todo estando sola en un hotel, en otro país -recuerda hoy, siete años después.

De vuelta en Santiago se sometió a todos los exámenes necesarios y ninguno arrojó un problema al corazón, como ella temía. De hecho, no tenía nada físico. Estaba agotada, colapsada. Demasiadas giras, demasiados viajes, demasiadas entrevistas, demasiadas traducciones a varios idiomas que supervisar y programas de televisión, en diferentes países, a los que debía asistir, por la publicación vertiginosa de sus novelas: "Nosotras que nos queremos tanto", "Antigua vida mía", "El albergue de las mujeres tristes", "Hasta siempre mujercitas"...

Hoy está a punto de lanzar su nuevo libro "Diez mujeres" (Alfaguara) y vive un momento especial, porque después de varios años de retiro en el campo, esta novela la trae de vuelta a esa exposición pública de la que quiso alejarse.

-¿Cuánto le costó salir de ese estado?

-Pelearle a un estrés severo es bien difícil, porque se trata de parar, de ponerle freno a todo. Por ejemplo, tuve que disminuir mi cantidad de horas de lectura. Tampoco ver televisión es lo más adecuado porque entrega muchos estímulos, y el estrés severo se va mejorando precisamente con la falta de estímulos. Ahí me puse contemplativa: Tejí mucho. Miraba el jardín, las plantas. Cocinaba. Tuve que disminuir la cantidad de gente a la que veía. Empecé con medicina tradicional china; con acupuntura, que me hizo muy bien.

Cuando comenzó este retiro elegido, uno de los objetivos que Marcela Serrano se auto impuso fue el no aparecer nunca más en una foto de vida social. Era una manera de sintetizar cómo quería vivir su vida hacia adelante. De hecho, nunca más fue a ningún acto, ni público ni privado. Ni siquiera a lanzamientos de libros de sus amigos y amigas más cercanas.

-Ellas saben, y no se enojan. Lo que pasa es que es demasiada la gente de este país que no me interesa ver. Pienso que ese tipo de sociabilidad es una enorme pérdida de energía y de tiempo. Si me pones diez panoramas para elegir, siempre el mejor va a ser instalarme arriba de mi cama, que es una especie de nido, con mi gato, con el libro que estoy leyendo y ojalá con mis hijas entrando y saliendo. Para mí es, por lejos, lo más entretenido.

-¿Cuándo fue que se sobrepuso a ese proceso antipático, por decirlo de alguna manera, que vivió?

-Es que no fue antipático. El 2004 el cuerpo me avisó que parara, y el cuerpo es muy sabio. Fui escritora tardía -comencé a escribir a los 38 y recién a los 40 publiqué mi primera novela-, trabajé compulsivamente durante mucho tiempo y, típico de las mujeres, fui muy aplicada. No me daba ningún lujo. Hacía todo lo que me pedía la editorial, iba a todas las giras, a todas las entrevistas, a todos los encuentros. Y a medida que fui teniendo más lectores eran más países los que tenía que visitar y más giras, más entrevistas, más exposición.

-Por eso colapsó y decidió "retirarse".

-Sí, ahí me guardé, de frentón. Me fui a instalar a Buenos Aires, donde Lucho (Maira, su marido) estaba de embajador. En Buenos Aires no hice nada. Ni siquiera fui capaz de hacerme cargo de la casa. Sólo miré y me miré. Y me di cuenta de lo cansada que estaba, y del poco interés que me producía el gran mundo.

En ese tiempo, Marcela Serrano ya había comprado su campo en Quillota y se pasaba entre Buenos Aires y los prístinos cielos de esa localidad en la V Región.

-Entre estos dos lugares empecé a vivir una intimidad muy rica con mis lecturas, conmigo misma, con mis perros, con mis hijas, con mis pocos amigos. Comencé a vivir en un mundo, más que protegido, diría que elegido, con un ritmo muy elegido. Y, en ese sentido, fue un tiempo muy bueno. Me he enamorado del silencio. Tanto del exterior como del interior. Por mí no hablaría nunca: no tengo nada que decir. ¡Para eso escribo!

-¿Y por qué vuelve ahora, sabiendo que no es lo suyo la exposición pública?

-Escribí decenas de novelas cuando era chica, todas las boté. Y desde que comencé a publicar, no he podido dejar de hacerlo. Además, las novelas son como los hijos, hay que tomarlas de la mano el primer tiempo. Yo pensaba que (la novela) podía andar sola, pero no se puede. Uno tiene que hacerse cargo. Ahora, estoy dispuesta a hacerme cargo bien poquito tiempo y después volver a mi silencio.

 Marcela Serrano calla, mira a su alrededor en su cómodo departamento en Providencia, un viernes de agosto en la tarde. Toma aire y dice, muy resuelta:

-¿Sabes también por qué volví? Porque me da lo mismo. Al final es eso. Me da lo mismo, no tengo ningún rol que jugar. Mi juego es la escritura, son mis novelas. Y ahora, después de estar mucho tiempo recluida, salí al mundo a observar en qué estaban las mujeres. Así fue como estas diez historias de mujeres me llenaron la cabeza. Pero yo no soy lo que los gringos llaman public intellectuals, escritores integrales, que opinan de todo y que saben desde economía hacia arriba. Cuando uno está en los medios -como yo estuve mucho tiempo- de alguna manera siempre te están presionando para que tengas opinión sobre todo. Yo tengo una gran cantidad de opiniones -mis amigos se ríen por lo vehemente que soy-, pero no es mi forma de relacionarme, no es mi oficio. En este momento me estoy haciendo cargo de mi novela, para que nazca. Y quiero disfrutarlo, por lo acotado que va a ser: mínimas entrevistas, ir a la Feria del Libro a firmar algunos ejemplares y nada más. Pero, por favor, que quede claro: no soy una malagradecida. Agradezco de corazón a cada persona que lee mis novelas, pero, sencillamente, no me interesa ese espacio. Quizá me estoy poniendo budista.

-¿Será por timidez, quizá, esto de querer alejarse del mundo?

-No soy tímida. Para nada. Además, estuve 13 años metida en la vorágine. Tiene que ver con el sentido de mortalidad, que es muy importante. Una de las cosas que me dan sentido de mortalidad es la lectura. Te digo de qué manera: si me entusiasmo con un autor determinado puedo comprar todo lo que ha escrito. Y cuando miro el estante me da pavor no alcanzar a leer todo lo que quiero leer. Si mi felicidad máxima es estar con mis animales, leyendo, ¿por qué tengo que hacer otra cosa? Si los seres humanos no son tan entretenidos. Las aventuras y los vericuetos a los que ingreso cuando estoy leyendo son mucho más entretenidos. Hay un punto en la vida en que hay que elegir lo que uno quiere hacer, de otra manera la vida te lleva y te va comiendo.
 
La vida juntos, pero no revueltos

En Quillota tiene varias hectáreas con paltos y un parque antiguo con árboles de más de cien años. Esa imagen de la sombra de los árboles añosos fue lo que la atrajo a este lugar, alejado de las tierras que siempre ha habitado su familia, en Mallarauco, en la comuna de Melipilla. Dice que en Mallarauco le correspondía construirse esa casa de descanso que siempre soñó. Porque allá viven sus primas, sus tías, incluso su madre, quien ya tiene 85 años y no está nada de bien. Pero el refugio que soñaba para sí desde sus años en México calzaba mejor con este otro lugar, incluso lejos de sus parientes.

-¿Qué le dijo su familia?

-Mis primas me dicen ¡es el colmo! ¡Cuando seamos todas viejas te vas a arrepentir, vas a estar sola en Quillota! Bueno, tal vez en algún momento regrese, pero hasta ahora no estoy para nada arrepentida. Además, me encanta esa mezcla de urbano y rural que tiene el lugar. O sea, puedo ir al supermercado, lo que es muy rico, porque paso temporadas muy largas en el campo. Incluso tengo internet, con lo que puedo quedarme largos tiempos trabajando. Estoy feliz.

A sus hijas les dejó claro que a Quillota sólo podían llegar invitadas por ella y que se olvidaran de llegar llenas de amigos.

-En algún momento hay que delinear las cosas con los hijos. Mis casas siempre han sido muy abiertas, muy llenas de gente, pero quería que aquí fuera diferente. Quería decidirlo así. Y Lucho: ¡Siempre estaba siendo embajador en alguna parte, mientras yo hacía todas estas cosas! Todo el trabajo de la casa de Quillota lo hice sola, y ahora que no es embajador recién está gozando la casa, nos vamos juntos y le encanta.

-¿Está contenta de que su marido ya no sea embajador?

-Sí. Me encanta la idea de que por fin podamos estar los dos solos en el campo. Pero él sigue trabajando mucho fuera de Chile: ¡nunca está! Es tanto lo que viaja que no cuento demasiado con él, en términos de presencia física. Pero cuando está y se va conmigo al campo es glorioso para mí.

-Bueno, además ustedes nunca han vivido juntos.

-Así es. Ahora vive en el piso de abajo.

Marcela Serrano y el político Luis Maira llevan 25 años juntos y nunca han vivido bajo el mismo techo, salvo cuando él se desempeñaba como embajador en México y Argentina. Primero tuvieron una casa antigua de dos pisos en Ñuñoa. La compraron y la dividieron en dos.

-La parte grande con la lavadora, la secadora y la nana, obviamente era la mía. La parte que era un loft espléndido y silencioso era de Lucho, no cabe duda, ¿cierto? Esa fue nuestra casa durante muchos años, donde nació mi hija Margarita Maira. La dejamos cuando nos fuimos a México.

Después tuvieron una casa enorme de estilo francés en Pocuro, y cada uno vivía en un piso.

-Y ahora que nos hemos modernizado, porque no viviría nunca más en una casa, él vive en el piso quinto y yo en el sexto. Pero lo más importante de todo es que él tenga su cocina y yo la mía. Es más, si tuviera que vivir en la misma casa con él tendría dos cocinas.

-Pero ¿por qué?, generalmente la cocina une, es un espacio de intimidad.

-Tienes toda la razón: cuando estamos en la casa del campo, donde la cocina es gigante, nos pasamos la vida ahí. Pero Lucho es un gran cocinero y yo no. Para él, el concepto de cotidianidad tiene que ver con el refrigerador; para mí, no. Me encanta juntarme con él a comer, que me convide, lo que es bien distinto que tener que hacerme cargo de una cocina para un hombre difícil en esos términos.

-¿Él no le reclama?

-No, pero, en el fondo, a él le hubiera encantado que yo fuera una gran cocinera, como su mamá y su abuela. Así de simple. Entonces creo que las cocinas separadas es lo más sabio que puede haber cuando tienes un marido gourmet. Si comiera arroz con carne daría lo mismo. Creo que es súper inteligente esta opción: nos evitamos taaantas peleas.

-Tampoco comparten el dormitorio.

-La cama es el espacio en que uno está más horas. Si ni siquiera ese espacio puede ser solamente de uno, ¿qué es de uno en la vida? Nada. Creo que es muy bueno visitarse, y creo que es muy malo dar por sentado al otro. Porque todos tenemos necesidades muy distintas. Por ejemplo, yo leo en la noche, y Lucho ve televisión. Olvídate las peleas que tenemos en los hoteles: Él prende la televisión y yo le digo que la apague, que estoy leyendo. Yo fumo, y Lucho no lo hace ni por broma, entonces me paso abriendo ventanas y botando colillas para que no me rete. A mí me gusta la luz prendida, a Lucho la luz apagada... no se puede.

-Encontraron su propia manera de convivir.

-O sea, llevamos más de 25 años conviviendo. No me cabe duda de que ha sido una buena idea. De todas maneras, Lucho es mi tercer marido: eso significa que aprendí. De alguna manera, cuando lo conocí, hice una lista con todas las cosas que no me podían volver a pasar.
Marcela Serrano se casó por primera vez en noviembre de 1973, con Eugenio Alberto Llona, y con su marido se fue al exilio, a Roma. Al poco tiempo se separó, sin hijos. La segunda vez se casó con el escritor Antonio Gil y tuvo un muy buen matrimonio, hasta que se terminó, dice.

-Además, tuve a la Elisa, mi hija mayor, una maravilla. Hay gente que entiende el término de un matrimonio como un fracaso, y no es así: terminó una relación, así como terminan tantas cosas en la vida. Uno cambia de profesión, cambia de trabajo: las cosas tienen su fin. Ahora, no soy católica ni creo en el matrimonio para toda la vida. Sí creo que uno tiene derecho a pelear eternamente hasta encontrar EL hombre, EL lugar y EL espacio donde uno ¡por fin! pueda ser contenida. A pesar de eso, reconozco que mis dos separaciones fueron las cosas más dramáticas que me han pasado en la vida. No paré de llorar... no hay nada más desgarrador que separarse.

-Usted dice que no cuenta mucho con la presencia física de su marido, pero también fue una opción suya. ¿No le ha jugado en contra esto de ser tan independiente?

-Al revés, Lucho me ha cuidado cualquier cantidad, sobre todo después del colapso que sufrí en Lima. Precisamente me fui a Buenos Aires para que Lucho me cuidara. No, no echo en absoluto de menos el vivir de una manera más cercana, porque en la práctica es muy cercana. Yo puedo bajar a su casa cuando quiero. Él es de una generosidad infinita, además, en el sentido de estar siempre dispuesto, si está en Chile. Pero la casa de Lucho es como mi casa, entro y salgo, tengo llave, puedo llegar a las cuatro de la mañana a su casa y meterme a su cama porque me desvelé, circulo por el edificio en pijama y me da exactamente lo mismo... Estamos muy, muy cerca.

-Amigos que los conocen de cerca dicen que él a usted la adora.

-Típico de los amigos de Lucho, siempre dicen eso porque no saben lo pesado que es a veces... No, en serio, Lucho es un amor. Además, cuando lo comparo con los machos de su generación, ¡Dios mío!: Maira es un lujo asiático. No me ha jugado en contra esta manera de vivir: siempre es rico encontrarse, visitarse, verse. Además que cuántas parejas viven bajo el mismo techo y en la misma cama y entre ellos hay una distancia enorme.

-¿Qué viene ahora Marcela, además del silencio del que habla?

-No sé qué viene, creo que es inútil preguntárselo ya que al final siempre manda el cuerpo. Con esto quiero decir que cuánto "esté fuera" depende de la energía. Sobre el futuro inmediato, terminando la presentación de "Diez mujeres", me abocaré a un libro de relatos que llevo trabajando hace un tiempo y que me tiene entusiasmada. Como lugar, el campo es permanente. Sobre el largo plazo: No tengo planes preconcebidos, aparte de ciertos viajes. Vislumbro un futuro de bastante placidez, si los dioses me lo permiten.

"En Buenos Aires me di cuenta de lo cansada que estaba, y del poco interés que me producía el gran mundo".

"La cama es el espacio en que uno está más horas. Si ni siquiera ese espacio puede ser solamente de uno, ¿qué es de uno en la vida? Nada. Es muy bueno visitarse". 

 "Isabel se merecía el premio"

-¿Cómo vivió el Premio Nacional de Literatura de Isabel Allende?W -Lo sentí como un triunfo enorme, y me la jugué por ese premio. Yo, que vivo en el silencio, trabajé por ese premio: escribí artículos, firmé y reuní cartas. Por eso, cuando se lo sacó fue como si me lo hubiera ganado yo. Me parece de una justicia inmensa. (Con Isabel) Nos hemos encontrado muy poco en la vida, no hemos coincidido mucho, pero la última vez que vino convidó a almorzar al grupo de amigas que trabajó en su campaña. Fue muy rico sentarse en el suelo y conversar con ella de las mismas tonteras que uno conversa con una amiga. Ella es encantadora. Soy pro Isabel absolutamente.

-¿Qué le parece cuando los críticos hablan de "literatura de mujeres" al referirse a sus libros y a los de Isabel Allende, entre otras?

-Que basta de estas descalificaciones de los críticos, y de toda esta cosa misógina: hasta cuándo, francamente. Y eso vale por la Isabel, por mí y por todas. El mundo literario es absolutamente machista, de partida, cuando a uno le preguntan que por qué escribe sobre el mundo femenino. ¿Tú crees que a algún escritor le han preguntado alguna vez el por qué da cuentas del mundo masculino? Y yo lo único que he tenido que responder desde el día uno es por qué doy cuentas del mundo femenino. Con eso respondo todo. Que lo universal sea siempre lo masculino es tan cansador, tan cansador, es como vivir pidiendo que se reconozca que existe esta otra mirada. ¡Es una pelea agotadora!

Por Ximena Urrejola B..

   
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