sábado 24 de septiembre de 2011  
 
Nostalgia de la luz
 


Ascanio Cavallo 

Nostalgia de la luz

Dirección: Patricio Guzmán. 90 minutos.

Esta es una de las películas más esplendorosas que jamás se haya filmado en Chile. La belleza de sus imágenes iniciales es tan deslumbrante, que por mucho rato cuesta decidir si se está ante un cine poético o un cine ensayístico. Es posible que en el balance final sea algo de ambas cosas, pero no cabe duda de que en la segunda mitad predomina el carácter ensayístico.

Patricio Guzmán ha refinado su estilo hasta niveles que es difícil superar y ya parece que es el documentalista chileno que mejor se incrusta en esa maciza tradición que va de Joris Ivens a Chris Marker. Hay continuidad y también distancia entre la combativa trilogía La batalla de Chile, reconstrucción mastodóntica del gobierno de la Unidad Popular y el golpe de Estado de 1973, y la delicada y poética evocación personal de Salvador Allende, su mejor película hasta ahora.

Nostalgia de la luz conecta de manera inesperada tres elementos dispersos: los grandes observatorios que escudriñan el cosmos en el desierto de Atacama, los vestigios de actividades humanas remotas (desde los incas hasta las salitreras) y la búsqueda por las mujeres familiares de detenidos desaparecidos de los pequeños restos aún dispersos. Los puntos de encuentro son este desierto "donde no existe ni un gramo de humedad" y la circunstancia de que todos trabajan sobre el pasado, porque, de acuerdo al astrónomo Gaspar Galaz, en realidad "el presente no existe".

El pasado es el tema de esta película. El del cosmos, pero también el de Chile e incluso el de Guzmán. El cuarto elemento en la dinámica de Nostalgia de la luz es precisamente la interpretación de Guzmán sobre la historia reciente del país. Es una visión personal y legítima, pero también constituye su lado más autorreferente, el punto donde el documental se da vuelta hacia dentro y empieza a hablar de otra cosa, de algo que tiene otro tono, como cuando en un ensayo irrumpe abruptamente la palabra "yo".

Guzmán describe al Chile anterior a los 60 -el de su infancia- como "un remanso de paz aislado del mundo". Esa tranquilidad se acabó con "el viento revolucionario" de los 70 -los de su juventud- y luego vino el golpe de Estado (visualizado con una de las metáforas más bellas de la película, un viento de partículas flotantes), que Guzmán trata casi como si se tratase de un mito fundante, un acontecimiento que además de cambiarlo todo, no ha terminado de ocurrir.

"El pasado no pasa", decía el narrador (Guzmán) en Salvador Allende. Esa idea parece multiplicarse hasta el infinito en Nostalgia de la luz. Sólo la contrarían, paradójicamente, las mujeres buscadoras, que se sienten cerca de la extinción.

Hay mucho que decir acerca de los supuestos y las derivaciones de esta película. Pero lo primero es lo primero: es tan hermosa como provocativa.

 

Ascanio Cavallo.

   
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