Hacia Alfa Centauro

por Camilo Marks 

Es indudable que a Jaime Collyer se le dan mejor los cuentos y, por lo tanto, también las novelas de extensión mediana a breve. Su estilo desenvuelto, culto, aplomado y las historias que narra, a veces fantásticas, a veces realistas, originales y enjundiosas, se prestan para el relato sucinto y que enseguida atrapa la atención del lector, porque no hay desparramo verbal y el resultado es armónico y poderoso. Entre nuestros escritores actuales, Collyer ha llevado la narración corta a un nivel cercano a la perfección en sus tres notables y premiadas colecciones - Gente al acecho , La bestia en casa y La voz del amo -, donde una formación intelectual profunda y una certera conciencia literaria están al servicio de una imaginación fructífera y controlada, una sensibilidad innata, una escritura elegante, en ocasiones funcional a la trama, en ocasiones de genuino vuelo poético.

Todas esas características se hallan presentes en Fulgor , su último libro. Por descontado, hallaremos en él algunas de las obsesiones que se manifiestan en la producción previa de Collyer: la tenue capa que separa civilización de barbarie, la coincidencia de vidas muy disímiles, unidas por circunstancias aparentemente fortuitas, el desplome de las certidumbres debido a hechos inesperados o sobrenaturales, el asedio de fuerzas oscuras, inexplicables, amenazantes, la irrupción de elementos enigmáticos envueltos en la cotidianeidad, en fin, la imposibilidad de comprender bien qué es lo que pasa por el rumbo imprevisible que toman los acontecimientos. En Fulgor , estos y otros factores se dan la mano al servicio de un argumento en el que nada es como a primera vista creemos, la ambigüedad preside todo lo que sucede y los recursos a que echa mano el autor -elipsis, repeticiones, cambios de tiempo- subrayan esa atmósfera, repleta de contradicciones: fantasmal y concreta, trágica y cómica, artificiosa y natural.

Fonseca, un meteorólogo que lleva un año estacionado en las cercanías de Valle Escondido, convalece de una operación que lo ha dejado provisionalmente impotente; al menos eso le ha asegurado el médico, sin que sus palabras tranquilicen al paciente. Una noche divisa en el cielo una explosión que nadie había previsto, en la dirección de Alfa Centauro. Se trata de una supernova, estrella veinte veces mayor que el sol, un estallido que tiene que haber ocurrido varios siglos o milenios atrás, situado a años luz de nosotros. Sus esfuerzos por convencer a Riquelme, astrónomo del observatorio La Silla, son vanos, ya que el telescopio de Fonseca carece de capacidad para determinar tales fenómenos. Sin embargo, el protagonista no se da por vencido y continuará intentando fotografiar y otorgar presencia al fenómeno cósmico hasta el final, cuando envía una carta conteniendo sus hallazgos con la petición de que la nueva constelación lleve su nombre.

Mientras tanto, lleva una rutina marcada por la soledad, que se interrumpe con las llamadas a Magda, su mujer, y en los corteses encuentros con el mayor Correa, de Carabineros, quien le advierte del Yeti, un vagabundo que ronda el lugar. Sin embargo, la compañía más importante es la de un simpático quiltro, a quien Fonseca bautiza como Alfa.

Estamos en pleno verano y los centros de esquí han sido abandonados hasta la próxima temporada. El espectral ambiente estimula las divagaciones del científico, quien, en un terreno prosaico, recurre a la oferta pornográfica de internet para ver si su virilidad resucita y, en el ámbito metafísico o autobiográfico, dispone de todo el tiempo para adentrarse en los rumbos de las galaxias o evocar los primeros años de su matrimonio y añorar a su hijo Samuel. No obstante, la proximidad del Yeti se transforma en algo tangible, tan palpable como el aire que respira. Luego entramos en la mente de este individuo, que subsiste de los restos que dejaron los turistas y termina siendo una leyenda maligna.

El procedimiento por medio del cual Collyer une a personajes tan remotos refleja la esencia de su arte prosístico. En sucesivas aproximaciones, que van de lo intuitivo a la revelación fulminante, las antítesis desaparecen para dar paso a nuevas interrogantes, en un ciclo de inquietud y perturbadora incertidumbre.

Así, Fulgor es una extraña alegoría de los opuestos -el firmamento y nuestra insignificancia-, los contrastes extremos -los desechos y el lujo-, las ridiculeces humanas, la enfermedad, la muerte. Y revela a un fabulador nato, en la madurez de sus atributos narrativos.

 


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Fulgor Jaime Collyer Random House Mondadori, Santiago, 2011, 162 páginas. Novela
Fulgor Jaime Collyer Random House Mondadori, Santiago, 2011, 162 páginas. Novela


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