Consejos para no escribir memorias

Se diría que a veces las memorias, diarios, recuerdos personales o familiares o políticos se toman como un género literario al que cualquier plumífero puede aspirar.  

Por Ignacio Valente 

Me llamó la atención un título de este diario: "Consejos para escribir memorias". ¡Y escribirlas en edad juvenil, como aconsejaba García Márquez (porque más tarde se olvida el pasado)! Yo daría con gusto unos consejos para resistir la tentación de escribirlas. Porque ya hay demasiadas de ellas que no interesan a nadie (salvo a su propio autor, y quizá a algunos parientes).

No son muchas las grandes obras del género memorial, incluso si se toma éste en su sentido más amplio. Dos clásicos universales son las Confesiones de San Agustín en el siglo V, y en el siglo XVI el muy castizo Libro de la vida que Santa Teresa escribió sin pretensión alguna, por pura obediencia a sus confesores, sentando el precedente más alto de las letras castellanas. Más cerca de nosotros, y muy a vuelo de pájaro, recordaré a Benvenuto Cellini, Rousseau, Chateaubriand, Kierkegaard, Keyserling, nuestro Vicente Pérez Rosales, Chesterton, León Bloy, Gide, J. Greene, Churchill, Isak Dinesen, Sartre, Neruda por los pelos... y un etcétera no muy largo.

Se diría que a veces las memorias, diarios, recuerdos personales o familiares o políticos se toman como un género literario al que cualquier plumífero puede aspirar si tiene las suficientes ganas de hacerse el interesante o el importante. Pero el primer requisito previo es haber vivido una vida de veras interesante, que valga la pena de ser contada, por intensa, variada, profunda, curiosa, amena: toda una existencia memorable, y por eso mismo "memoriable". Y ¿quién puede presumir de tenerla? Pocos, muy pocos.

Hombres que suponemos tan "vividos" como C. S. Lewis, con todo su bagaje de ensayista y novelista, no triunfaron en el intento. A Alfonso Calderón, por lo visto, lo más interesante que le ocurrió en su vida fue leer libros y oír música a granel; por eso a los varios tomos de sus diarios como lector y auditor les falta vida propia. La de José Miguel Varas, rica en acontecimientos, parece muy digna de ser relatada; pero aun él, el excelente narrador, declaró con su modestia característica que en vez de memorias publicaría, a lo más, una recopilación de textos más o menos autobiográficos ya escritos en ocasiones anteriores, y eso, seguramente, en forma breve. Él no se erigía a sí mismo en un héroe de la letra.

Es asombroso el número incontable de grandes escritores de vida apasionante, o bien de grandes personajes de buena pluma, que no hicieron intento alguno de carácter autobiográfico.

El peligro más terrible que acecha al género es la vanidad, el narcisismo, el contemplarse entre líneas el ombligo, estar mirando con el rabillo del ojo al posible lector, a la posteridad, al propio yo en el espejo: el querer presentar -"representar"- cierta imagen muy sublimada -¡falsa!- de sí mismo, cosa que al lector le suele resultar tan notoria como insufrible. Por mucho que se disimule tras los presuntos "hechos", la autocomplacencia (que puede tomar la forma de la autojustificación) es corrosiva, mientras que la sinceridad plena -con los demás y consigo mismo- es un requisito indispensable. Pienso en un Sartre maduro (y ateo) que tuvo la franqueza de relatar aquel momento de su adolescencia cuando atisbó la realidad de Dios (y la negó). Pienso en la sencillez de nuestro González Videla que, en la primera página de sus memorias, reconoce haber tenido la ambición de llegar a ser Presidente de la República desde su más tierna infancia.

Y obviamente, cosa que no ocurre con González Videla, para escribir unas buenas memorias hay que escribir bien a secas, hay que tener ojo de novelista, hay que manejar todos los recursos del género narrativo. Si no, aun la más interesante de las vidas es letra muerta al ser contada.

Por estas muchas razones, la escritura memorial es una empresa reservada a muy escasas personas. No hace falta andar estimulando a la gente a emprenderla, porque ya la ingenuidad y la vanagloria de la condición humana se encargan por sí mismas de hacerlo, y en demasía.

 


Herramientas Reducir letras Aumentar letras Enviar Imprimir
<p> </p>

 


Foto:ALFREDO CACERES

[+] Vea más fotos


Servicios El Mercurio
   Suscripciones:
Suscríbase a El Mercurio vía Internet y acceda a exclusivos descuentos.
   InfoMercurio:
Todos los artículos publicados en El Mercurio desde 1900.
   Club de Lectores:
Conozca los beneficios que tenemos para mostrar.


Otros Servicios
   Defunciones
   Ediciones anteriores
   Propiedades
   Suscripciones
   Empleos
   PSU@El Mercurio
   Contratar publicidad
   Club de Lectores
   Clase Ejecutiva
   El Mercurio - Aguilar
 


Buscador emol.com Ir al demo interactivo Buscador emol.com
0  
Versión Digital

  • Revistas
    El Mercurio
  • PSU@ElMercurio.com Ediciones Especiales