Discriminación y dignidad

Carlos Peña 

El proyecto de ley contra la discriminación desató las quejas de los conservadores (que se persignaron o golpearon el pecho al enterarse). Carlos Larraín (uno de los que se persignó) manifestó sus temores:

"El proyecto -dijo- se predica sobre la noción de igualdad absoluta (...) puede surgir la posibilidad de tener que permitir que personas del mismo sexo contraigan matrimonio"

Larraín se equivoca. El proyecto no establece la igualdad absoluta. Simplemente prohíbe la discriminación.

Para entenderlo es imprescindible dar un rodeo.

Cada ser humano -incluido el senador- está provisto de múltiples características. Tiene un aspecto físico, un origen familiar, confía en un determinado Dios, proviene de una etnia, cuenta con una orientación sexual, posee una vocación, ejercita una conducta. La suma de eso constituye su identidad. Cada uno es así una amalgama de varias cosas: algunas son fruto de circunstancias que no logra controlar, otras son resultado de decisiones voluntarias que afectan sólo a quien las adopta, otras el fruto de decisiones voluntarias que atingen a terceros.

¿Qué características de todas esas que configuran a un ser humano deben tomarse en cuenta a la hora de distribuir oportunidades o recursos escasos como un trabajo, una posición de prestigio?

Si atendemos a las prácticas sociales -la manera en que de hecho se producen las relaciones sociales en Chile- los rasgos involuntarios parecen ser los predominantes: su apellido, las redes familiares con que cuente, el aspecto que posea, el tono de su piel, la etnia a la que pertenece, y cosas de esa índole, todas involuntarias, son las que influyen en el trato que usted recibirá. Así si usted reúne un puñado determinado de características involuntarias -su aspecto o su origen- será bien tratado. Si en cambio no las reúne -ellas están ausentes- será mal tratado.

¿Es correcto tratar así a la gente? Por supuesto que no.

Tratar con respeto a los seres humanos consiste en ser ciego a sus cualidades involuntarias y sensible, en cambio, a su desempeño, a la conducta que él elige ejecutar. Esto viene exigido por el concepto de dignidad. Los seres humanos tienen dignidad -y no precio, como explica Kant- porque son el fruto de sus propias decisiones y no en cambio el resultado de voluntades ajenas a la suya. Si cada ser humano es un evento único (nunca hubo nadie como yo antes que yo existiera y nunca habrá nadie como yo, cuando me vaya, dijo Capote) ello se debe a que cada individuo es el fruto de su voluntad, el resultado de la suma de sus decisiones.

¿Significa entonces que todas las elecciones que realizan las personas deben ser tenidas en cuenta a la hora de decidir cómo tratarlas?

Tampoco.

Dentro de las múltiples decisiones que una persona ejecuta, algunas le atingen sólo a él y otras, en cambio, dicen relación con los demás. Cómo viva cada uno su vida sexual, qué Dios adore o qué sustancias consuma a la hora de escapar del tedio de la existencia, es algo que sólo atinge al sujeto que tomó esa decisión. En cambio, qué disposición tenga una persona a cumplir la ley, honrar sus compromisos o proteger a los más débiles, es una decisión voluntaria que atinge a terceros.

¿Qué aspectos de los tres que se acaban de ver -rasgos involuntarios, elecciones voluntarias que sólo afectan a quien las toma y elecciones que afectan a terceros- deben ser tenidas en cuenta a la hora de distribuir oportunidades y recursos en la sociedad?

No cabe duda que de los tres sólo deben importar las elecciones de cada uno relativas a sus relaciones con terceros: la disposición a cumplir los deberes, a respetar la ley, a colaborar en las tareas comunes. Y estas características, como lo supone la ley recién aprobada, son independientes de la orientación sexual de las personas, su origen racial o cosas semejantes.

Prohibir la discriminación no es imponer la igualdad absoluta, como teme Larraín. Se trata de establecer diferencias; pero en base al desempeño, no en base a la orientación sexual, la etnia o el origen. Aunque ello conduzca -horror exclamará el senador-- al matrimonio entre homosexuales.

 


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