No despreciemos las formas

Joaquín García-Huidobro 

Unos seleccionados llegan atrasados y bebidos a la concentración. Estudiantes protestan tomándose el monumento a Arturo Prat y los Héroes de Iquique. Antes, otros jóvenes habían interrumpido una reunión en una sede del Congreso. Un grupo de evangélicos grita mientras se debate una ley de la República; meses atrás, los rectores marchaban codo a codo con los estudiantes.

En todos los casos se dice: ¿qué importa? ¿No es uno de ellos un "mago", que en cualquier momento se inspira y hace un pase que termina en gol? ¿No están los rectores y estudiantes convencidos de la justicia de su causa?, ¿no se trata de una ley inicua y frívola, mal pensada y dañina?

Estas situaciones tienen un denominador común: el desprecio por las formas. Pero las formas son importantes. Ellas nos alejan de las cavernas, a las que tendemos a volver con tanta frecuencia.

Precisamente en eso consiste la democracia representativa, en ponernos de acuerdo en ciertas formas, unas reglas mínimas del juego, aunque nuestras estrategias sean muy diferentes, como diría Bobbio. Católicos y masones, conservadores y liberales, ecologistas y tecnócratas, estamos de acuerdo en que no gobernará el capricho de los hombres, sino las leyes, y reconocemos que esas normas son hechas por nuestros representantes en el Congreso. Unos y otros hemos renunciado a imponernos por la fuerza. Probablemente, esto es muy poco para tener una verdadera democracia, pero es un mínimo imprescindible.

Nuestra libertad no se da en estado puro. La libertad sin instituciones, enseña Hegel, es el reino del terror. Necesitamos ciertas formas, entonces, para vivir de manera civilizada. Ahora bien, el respeto a las formas hace que los países sean, inevitablemente, un poco aburridos. Vivir en Somalia es mucho más excitante que pasar una temporada en Zúrich o Montevideo, pero en materias de convivencia social todos preferimos la seguridad a la adrenalina.

Suiza y Uruguay son más aburridos que Somalia porque resultan más previsibles, ya que en ellos hay una forma preestablecida para hacer las cosas. Los juicios, los presupuestos y las decisiones parlamentarias no quedan allí entregados a la inspiración del momento. Ellos han preferido el gobierno de las leyes al de los hombres.

El problema es que los hombres tenemos nuestras pasiones e intereses, y fácilmente caemos en la tentación de saltarnos la ley. A veces es el límite de velocidad, muy adecuado para los demás, pero no para nosotros. A algunos nos gusta que los evangélicos rechacen la injusticia y griten donde hay que estar callados, pero nos molesta que unos estudiantes interrumpan el diálogo entre un ministro y unos parlamentarios. A otros les sucede al revés: piden la fuerza pública contra los evangélicos, pero rechazan emplearla contra los revoltosos cuando son estudiantes de izquierda. Los que encapuchan a don Andrés Bello masacrarían al que se atreviera a encapuchar la estatua del ex Presidente Salvador Allende. Todos queremos jugar con dados cargados, y eso no está bien.

Las formas, ya sea que estén establecidas por la ley o simplemente por la cortesía política, son importantes, porque nos separan de la barbarie. De lo contrario, pasará lo que decía Kavafis en un poema sobre los bárbaros a las puertas de Constantinopla:

"¿Qué esperamos agrupados en el foro?

Hoy llegan los bárbaros.

¿Por qué está inactivo el Senado

e inmóviles los senadores no legislan?

Porque hoy llegan los bárbaros.

¿Qué leyes votarán los senadores?

Cuando los bárbaros lleguen harán ellos la ley".

Los bárbaros, aquí, no son simplemente "los otros". Los bárbaros somos nosotros cuando transformamos nuestros gustos en ley. La esperanza de que los bárbaros mejoren las cosas es vana.

Afortunadamente, todavía quedan personas que, en un determinado momento, están dispuestas a hacer valer las formas, aunque esa decisión les resulte dolorosa e inconveniente.

Al marginar Claudio Borghi a los futbolistas indisciplinados, la selección nacional perdió a un grupo de jugadores importantes y anticipó el fracaso del pasado viernes. Sin embargo, el entrenador evitó que la selección mereciera el desprecio propio y ajeno. Las críticas que merece son sólo futbolísticas. El 81,6% del público respaldó esa dura decisión. En una de esas, allí se encuentra una receta útil para que empiecen a subir los esquivos porcentajes de aprobación que afectan a más de un conglomerado político.

 


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